
La borrasca Leonardo cayó sobre Jaén
y también sobre mí.
Llovía sin pausa,
como si el cielo hubiera decidido no irse
hasta vaciarlo todo.
Yo miraba por la ventana
y sentía que algo dentro
también necesitaba desbordarse.
El agua corría por las calles
igual que los pensamientos cuando no encuentran sitio.
Había miedo —sí—,
pero más hondo aún
había una especie de consuelo extraño:
la certeza de que no era la única
empapada por dentro.
Los olivares, pacientes,
recibían el peso del agua sin protestar.
Me enseñaron a quedarme,
a no huir,
a confiar en que incluso lo excesivo
puede alimentar.
A ratos la lluvia se volvía silencio,
y ese silencio pesaba.
Pensé en todo lo que se acumula
cuando no se dice,
cuando se aguanta demasiado tiempo.
Quizá por eso algunos ríos se salen,
como el corazón cuando ya no puede más.
En la sierra, la lluvia fue nieve.
Aquí abajo, fue espera.
Esperar a que amaine,
a que pase,
a que algo encuentre su cauce.
Leonardo no solo trajo agua.
Me recordó que también yo
necesito mis tormentas,
mis límites,
y aprender —como esta tierra—
a dejar pasar sin romperme
Hola Elena buenas tardes es muy bonito y el vidio es precioso gracias