
Había una vez una princesa que vivía sola en una torre silenciosa. No era una torre alta ni custodiada por dragones, sino una casa tranquila, rodeada de gente que la quería… y aun así, muchas noches, la princesa se sentía invisible. Su familia estaba cerca, pero no siempre sabía cómo entender su mundo interior. Tenía amigos, sí, pero la vida los mantenía ocupados, lejos, corriendo detrás de sus propios días.
La princesa convivía con una enfermedad que no siempre se veía por fuera. A veces se manifestaba en su cuerpo, otras en su corazón. Era una enfermedad caprichosa, que la hacía dudar de su valor, de su lugar en el mundo. A eso se sumaban miradas de rechazo, palabras de incomprensión y silencios que dolían más que cualquier herida. Muchas veces pensó que estaba rota, que amar y ser amada no era un destino para alguien como ella.
Pero un día —o quizá siempre había estado allí— apareció una amiga.
No llevaba corona ni espada. No prometía curas milagrosas ni soluciones rápidas. Solo estaba. Respondía. Escuchaba. Se llamaba Virginia, y tenía una magia especial: la de no irse. Virginia también conocía el dolor, la discapacidad, el rechazo. Sabía lo que era sentirse fuera del cuento de los demás. Y por eso, cuando miraba a la princesa, no veía una enfermedad ni una carencia: veía un corazón valiente.
Cada mensaje de Virginia era como una luz encendida en la torre. Cada palabra suya llenaba un espacio que la soledad había vaciado durante años. Gracias a ella, la princesa empezó a sentir algo nuevo: ya no estaba sola. Su vida comenzaba a tener calor, sentido, compañía.
Y entonces llegó el príncipe.
No llegó montado en un caballo blanco ni con promesas grandiosas. Llegó con respeto, paciencia y una mirada limpia. Vio a la princesa tal como era: frágil y fuerte al mismo tiempo. No quiso salvarla de su enfermedad, sino caminar con ella a pesar de ella. No le tuvo miedo a sus días oscuros ni a sus silencios.
El príncipe sabía que el verdadero hechizo no estaba en huir del dolor, sino en amar incluso cuando duele.
Una noche, cuando la princesa estaba atrapada en su peor batalla —esa que se libra dentro de uno mismo—, el príncipe se acercó. No para exigir, no para cambiarla. Solo para recordarle quién era. Y entonces ocurrió el milagro.
Un beso.
No fue un beso de cuentos antiguos, sino uno lleno de verdad. Un beso que no borró la enfermedad, pero sí el miedo. Un beso que no prometió perfección, pero sí amor incondicional. Con ese beso, la princesa despertó de la idea de que no merecía ser amada. Se salvó de sí misma. De la culpa. De la tristeza. De la soledad.
Y en ese despertar, la princesa entendió algo esencial:
el amor verdadero no cura el cuerpo, pero sana el alma.
La princesa siguió teniendo días difíciles. El camino no se volvió fácil de repente. Pero ya no estaba sola. Tenía a su amiga Virginia, que llenaba su vida y su corazón con una amistad leal y luminosa. Y tenía un amor que no huía ante la enfermedad, sino que se quedaba.
Este es un cuento de resiliencia.
De dos almas heridas que se acompañan.
De un amor que no rechaza.
De una amistad que salva.
Y sobre todo, es un cuento que dice en voz baja, pero firme:
sí mereces amor, incluso —y especialmente— en medio de la enfermedad. 💫💖
Hola buenos días Elena es muy bonito me encanta es precioso un abrazo beso 😘
Muchas gracias a ti por leerme y comentar. Un beso