El Ogro y el No

Había una vez, en un valle rodeado de montañas negras, un ogro malo llamado Grum, temido por aldeanos y bestias por igual. Grum era enorme, de piel áspera y voz de trueno. Pero lo más peligroso no eran sus colmillos, sino su idea fija: él se creía un caballero.
—Un caballero verdadero —se decía— toma lo que ama y lo protege.
Con esa certeza torpe y equivocada, Grum puso sus ojos en la princesa Elara, que vivía en una torre clara como el amanecer. Elara amaba las palabras suaves, las canciones al caer la tarde y los poemas que hacían temblar el aire. Nada de eso sabía Grum.
Una noche, el ogro llegó a la torre con pasos que hacían temblar el suelo.
—Elara —rugió—. He venido a reclamarte. Serás mía. Te cuidaré. Haré las cosas bien.
Elara, firme como una llama pequeña, respondió desde el balcón:
—No. No quiero. No eres un caballero por decirlo. Y no se ama a la fuerza.
Ese no fue como una espina en el pecho de Grum. Cuanto más claro lo decía ella, más se enfurecía él, convencido de que la resistencia era un error que debía corregir.
—¡No entiendes! —gritó—. Los caballeros ganan a las princesas.
—Los caballeros escuchan —dijo Elara—. Y saben cantar, o escribir, o tocar algo que no sea el miedo.
Grum quiso probar. Tomó una pluma… y la rompió entre sus dedos. Intentó un laúd… y las cuerdas se cortaron. Abrió la boca para cantar… y salió un bramido que hizo huir a los pájaros. Cada intento fallido avivaba su rabia, porque no sabía hacer nada de lo que Elara amaba. Y, peor aún, no quería aprender: quería imponer.
—¡Entonces te llevaré! —amenazó, dando un paso.
Elara no retrocedió.
—No puedes obligar a alguien a quererte —dijo—. Y aunque me encerraras en cien torres, seguiría diciendo no.
Ese no fue distinto. No sonó a desafío, sino a verdad. Grum sintió, por primera vez, algo parecido a vergüenza. Miró sus manos grandes, su sombra enorme, y entendió —tarde y mal— que nunca había sido un caballero. Solo un ogro que confundía deseo con derecho.
Furioso consigo mismo, Grum se marchó al bosque oscuro. Allí, lejos de la torre, la rabia se le fue cayendo como barro seco. No se volvió bueno esa noche, ni aprendió a cantar de repente. Pero dejó de llamarse caballero.
Elara siguió en su torre, escribiendo poemas y cantando al amanecer. El valle aprendió una lección sencilla y dura: el amor no se conquista con fuerza, y ningún título, por grande que suene, vale más que escuchar un “no”.
Y así, el ogro malo siguió siendo ogro, y la princesa siguió siendo libre. Porque en los cuentos que importan, la libertad siempre gana.

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