La barca, los peces y el corazón de Andrea

 
Andrea llegó a Jaén una mañana luminosa de otoño. Venía de una gran ciudad, donde había aprendido muchas cosas, donde las clases eran largas, los libros abundantes y los debates nunca se acababan. Por eso, cuando entró por primera vez en su nueva escuela, sintió algo extraño en el pecho: no era miedo, ni tristeza… era una sensación de estar fuera de lugar.
En su clase de religión, la profesora hablaba de Jesús, de Pedro, de la barca y de los peces. Los demás compañeros escuchaban con atención sencilla, pero Andrea sentía que todo era demasiado básico, demasiado lento, demasiado pequeño para todo lo que ella había vivido y aprendido.
—Aquí nadie hace preguntas —pensaba—. Nadie quiere ir más allá.
Así que se callaba. Observaba. Escuchaba. Y en su interior crecía una inquietud.
Un día, la profesora leyó el pasaje del Evangelio donde Jesús sube a la barca de Pedro.
—Pedro había pescado toda la noche y no había conseguido nada —explicó—. Estaba cansado, frustrado… pero Jesús le dijo:
“Rema mar adentro y echad las redes”.
Andrea levantó la mirada.
Pedro obedeció, aunque no entendía. Y cuando echó las redes, los peces fueron tantos que casi rompían la barca.
Entonces la profesora añadió:
—Pedro descubrió que cuando Jesús entra en tu barca, tu vida cambia.
Andrea sintió que esas palabras no eran solo para Pedro. Eran para ella.
Aquella tarde, se quedó sola en la capilla del colegio. Miró el sagrario y susurró:
—Jesús… yo siento que no encajo aquí. Siento que sé más, que quiero más, que necesito más. Pero no quiero sentirme superior, ni distante. Solo quiero aprender contigo.
Y en su corazón escuchó una respuesta suave:
“Andrea, no todos los mares son profundos, pero en todos puedo enseñarte a amar.”
Entonces comprendió algo importante:
Jesús no la había llevado allí por casualidad.
Jesús la había llevado para que fuera luz, no para que se escondiera.
Para que ayudara, no para que se aislara.
Para que acompañara, no para que juzgara.
Al día siguiente, Andrea levantó la mano en clase. Hizo una pregunta. Compartió una reflexión. Ayudó a un compañero a entender una parábola. Y poco a poco, la clase empezó a despertar.
Descubrió que no estaba allí para recibir menos, sino para dar más.
Que no estaba fuera de lugar, sino en el lugar exacto donde Jesús quería subir a su barca.
Y entendió que ser amiga de Jesús no es solo aprender de Él, sino amar como Él.
Desde entonces, cuando alguien le pregunta qué hacer cuando uno se siente diferente, Andrea responde:
—Haz como Pedro. Confía. Echa las redes. Y deja que Jesús transforme tu barca en un milagro.
 
A veces Dios nos coloca en lugares que parecen pequeños para enseñarnos a ser grandes por dentro.
A veces el nivel no es pobre: simplemente es una oportunidad para sembrar.
Porque Jesús no busca alumnos brillantes.
Busca corazones dispuestos.
Y Jesús… siempre es nuestro amigo.
 

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