
A Iván se le antojó un kebab
—cosas del embarazo, dijo riendo—
y yo acepté sin pensarlo,
aunque la borrasca Leonardo
arañara las calles
y Martina ya viniera de camino.
Fuimos detrás de casa,
con el viento empujando la noche
y el papel caliente entre las manos.
Ni la lluvia pudo parar el hambre
ni las ganas de estar ahí,
sin heroicidades.
Pusimos música,
rescatamos chistes antiguos
y malos de YouTube
—de esos que dan risa
porque sí, porque no—
y dejamos que el tiempo pasara
sin pedir nada a cambio.
Y entonces fue evidente:
no hay nada como un viernes así,
con un amigo,
sin prisa,
sin presiones,
sin la obligación absurda
de que el cuerpo tenga que justificar
que somos hombre y mujer.
Existe la amistad pura y blanca,
la que se sienta a comer kebab
mientras afuera ruge la tormenta,
la que se alimenta de risas
y de silencios cómodos.
Y entonces, entre bocado y bocado,
cuando la noche ya estaba servida
y no hacía falta nada más,
ella rió y dijo:
—Y un bocaito a lo que no es el kebab, jaja.
Y el mundo siguió girando,
tranquilo,
sin necesidad de explicarse.