
Andalucía gotea.
No es solo la lluvia:
son techos cansados,
paredes que ya no pueden más,
casas que escuchan al cielo
con miedo.
En la mía,
las goteras marcan el tiempo
mejor que cualquier reloj.
Cada gota recuerda
que no todo está a salvo.
Afuera, las borrascas tienen nombre.
Adentro, la incertidumbre.
Y aun así,
Javier dijo kebab.
No como broma,
no como huida,
sino como quien dice:
sigamos aquí.
Lo comimos despacio,
mientras el viento golpeaba las ventanas
y la lluvia insistía en entrar.
No era una celebración,
era resistencia sencilla.
Porque incluso cuando todo se filtra,
cuando el agua encuentra grietas
y la preocupación pesa,
el cuerpo también pide cuidado.
Un antojo no siempre es capricho.
A veces es ancla.
Un gesto pequeño
para no hundirse del todo.
Y ese día,
entre goteras y tormenta,
comer un kebab
fue decirle a la vida:
todavía.