
No sabía
que alguien podía importarme así
hasta que el miedo
entró en su casa
con bata blanca
y olor a hospital.
No sabía
que su pena iba a dolerme
en un lugar que no tiene nombre,
que su silencio
iba a hacer ruido
dentro de mí.
Yo pensaba: es un amigo.
Solo eso.
Una palabra cómoda,
segura,
sin vértigo.
Pero entonces
la vida apretó donde duele
y entendí
que hay personas
que no se quedan en la orilla.
Él dice que no estamos enamorados.
Y quizá tenga razón.
El amor no siempre sabe decir su nombre.
A veces solo se manifiesta
como una urgencia callada:
que no sufra,
que no se vaya,
que no esté solo.
Me importa.
Y me importa de una forma
que no pide permiso
ni promesas.
Me asusta pensar
que si su madre se apaga,
él se irá con ella un poco,
y yo me quedaré
con esta verdad recién aprendida:
que hay ausencias
que empiezan
mucho antes de la despedida.
No quiero que se vaya de mi lado.
No porque sea mío.
Sino porque hay presencias
que, cuando tiemblan,
revelan
que ya eran hogar.