
Aquí,
donde tu frente toca la mía,
no hace falta decir nada.
El amor ya llegó
antes que las palabras.
Tus ojos no me miran:
me reconocen.
Como si supieran
todas mis versiones
y aun así eligieran quedarse.
Hay una calma antigua en este gesto,
una ternura que no necesita fuego
para arder.
Nos basta el calor compartido,
la risa que asoma sin ruido,
la certeza de estar
exactamente donde debemos.
No somos promesa ni urgencia,
somos presente.
Dos vidas que se inclinan
una hacia la otra
con cuidado,
con gratitud,
con verdad.
Y si el mundo se volviera incierto,
yo volvería aquí:
a este instante pequeño
donde tu amor
me sostiene
sin pedir nada.