Mujer en el umbral

Anoche soñé con una mujer
que caminaba descalza sobre el mapa de España.
No llevaba bandera,
solo una llave antigua
colgada al cuello.

Cada paso abría una puerta.

De una salían acentos distintos,
de otra, manos morenas y claras
amasando el mismo pan.
Había ojos de desierto
y ojos de olivares,
y en todos ardía la misma pregunta:
¿dónde podremos descansar?

La mujer no hablaba.
Pero cuando respiraba
el aire se llenaba de nombres
que antes parecían lejanos.

Entonces comprendí
que no era una mujer cualquiera:
era el tiempo mismo
mirándonos de frente.

Porque hay momentos
en que un país despierta
como quien se mira al espejo
y descubre que su rostro
ya no es el de ayer.

En el sueño,
la mujer se detenía en una plaza blanca
donde los niños corrían
sin preguntarse de dónde venía el otro.

Y allí,
en medio de tantas lenguas y risas,
clavaba su llave en la tierra.

La tierra se abría
como una grieta luminosa.

Y de ella brotaba algo nuevo:
un árbol de raíces entrelazadas,
donde cada rama tenía un color distinto
y ninguna quería ser más alta que la otra.

La mujer me miró entonces
como si supiera
que el sueño también era una pregunta.

Porque toda frontera
es solo un instante del camino,
y todo pueblo
un corazón que aprende.

Quizá el futuro —susurraba el viento—
no sea elegir quién entra
o quién se queda.

Quizá el verdadero umbral
sea aprender a vivir
en una casa más grande.

Y cuando desperté
aún sentía bajo los pies
la tierra tibia de aquel árbol,
creciendo despacio
en el sueño de todos.

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