
Hay mañanas en las que despierto y siento que algo dentro de mi cabeza no está en su sitio. No es exactamente vértigo, aunque se le parezca. No es que la habitación gire como en las películas. Es más bien una sensación de que mi equilibrio se ha desajustado, como si mi cuerpo hubiera olvidado por un momento cómo mantenerse firme en el mundo.
Entonces aparece la inseguridad. Caminar por la calle sola se vuelve una pequeña hazaña. Cada paso necesita más atención, más conciencia, más paciencia. Y en esos momentos no queda mucho más que hacer que esperar. Esperar a que el cuerpo vuelva a encontrarse a sí mismo, a que el equilibrio regrese lentamente.
En mi caso, esta sensación tiene que ver con mi historia neurológica: la parálisis cerebral y la hemiparesia derecha, que afectan al cerebelo, una parte del cerebro encargada precisamente de coordinar el equilibrio y los movimientos. Cuando el cerebelo se altera o se fatiga, el cuerpo puede sentirse inestable, como si el suelo no fuera del todo fiable.
Muchas veces a cualquier sensación de inestabilidad se le llama “vértigo”, pero en realidad existen diferencias importantes.
El vértigo de oído, por ejemplo, suele tener un origen en el sistema vestibular del oído interno. En este caso sí aparece la sensación clara de que todo gira alrededor. Puede acompañarse de náuseas, sudor frío o dificultad para mantener los ojos abiertos. Es muy típico en problemas como el vértigo posicional.
El vértigo de origen cervical, en cambio, está relacionado con la tensión o los problemas en las vértebras del cuello. No suele haber sensación de giro intenso, sino más bien mareo, pesadez en la cabeza, inseguridad al moverse o al cambiar de postura.
Y luego está la inestabilidad de origen cerebeloso, que se parece a lo que yo siento. No es tanto que el mundo gire, sino que el cuerpo parece perder momentáneamente su referencia de equilibrio. Los movimientos se vuelven más inseguros, la cabeza puede sentirse “ligera” o desajustada, y caminar requiere más concentración.
Quizá la palabra más adecuada no sea vértigo, sino inestabilidad o desajuste del equilibrio.
Vivir con esta sensación implica aprender a escuchar al cuerpo. A reconocer cuándo necesita pausa, cuándo necesita apoyo y cuándo simplemente necesita tiempo. Porque muchas veces, igual que llega, también se va.
Y cuando finalmente pasa, el equilibrio vuelve como algo que casi habíamos olvidado: ese gesto invisible que nos permite caminar por el mundo con naturalidad. Para muchos es automático. Para otros, como yo, es también una pequeña victoria cotidiana.