Solo Dios basta

En la raíz secreta del silencio
donde el musgo sueña con la lluvia,
allí pronuncia el viento un nombre antiguo
que no sabe callar ninguna boca.

Dios es semilla y es también el árbol,
es savia que recorre lo invisible,
es luz que en la penumbra se hace canto
y en lo pequeño cabe incontenible.

Lo nombran quienes dudan, sin saberlo,
en el temblor del “¿por qué?” que no descansa;
lo niegan con palabras que lo buscan
como sed que reniega de la fuente.

Y quienes lo aman, arden sin medida:
se nos llena la boca de su fuego,
de gratitud, de cielo derramado
en cada gesto humilde de la vida.

Dios es el mar que sueña con tus pasos,
la noche que florece en tus pupilas,
el átomo que danza con estrellas
y el número que ordena la armonía.

Cabe en la ciencia como en la poesía,
en fórmulas y en fábulas respira;
es ley, misterio, música y latido
que al universo entero unifica.

Dios está en todo: en ti, también en mí,
en quien lo busca y quien lo ha rechazado;
porque su amor no entiende de fronteras,
ni de credos, ni nombres, ni de labios.

Y al final, cuando todo se disuelve,
cuando el sueño y la tierra se entrelazan,
queda solo una voz, clara y sencilla:

Solo Dios basta.

1 comentario en “Solo Dios basta”

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