Recuerdo de mi Cursillo 332 y mi primera Ultreya en Andújar: cuando Dios me salió al encuentro

Hay experiencias que no se explican del todo.
Se viven.
Se lloran.
Se atraviesan por dentro.
Y después, aunque una quiera volver a la normalidad, ya no puede regresar siendo la misma.

Eso es lo que me ocurrió con mi Cursillo de Cristiandad 332 y con mi primera Ultreya en Andújar, en San Eufrasio, en octubre de 2023.

No fue simplemente asistir a un retiro.
No fue solo “ir a convivir unos días con gente de Iglesia”.
Fue mucho más.

Fue sentir que Dios me estaba esperando desde hacía mucho tiempo.
Y que, por fin, yo había llegado al lugar donde Él quería hablarme con claridad.

Paralizada por tu amor, Señor

Si tuviera que resumir lo vivido en una sola frase, sería esta:

Estoy paralizada por tu amor, Señor.

Así me sentí.
Paralizada.
Sobrepasada.
Invadida por un amor inmenso que no era mío, que no venía de mí, sino de Él.

Un amor que no juzga.
Que no humilla.
Que no exige perfección.
Que no me pidió primero estar curada, fuerte o resuelta.

Simplemente me abrazó.

Durante mucho tiempo he sentido a Dios en mi vida. He sabido, de una manera muy honda, que nunca me soltó de la mano. Incluso en los momentos más difíciles, incluso cuando yo me alejaba, incluso cuando mi vida era confusión, cansancio o herida. Él estaba.

Pero en el cursillo lo sentí de una forma distinta.
Más fuerte.
Más clara.
Más viva.

Como si el Señor me hubiera dicho al corazón:

“Aquí estoy. Nunca me fui. Ahora déjate amar.”

Y eso, cuando una lleva dentro tanto peso, tanta lucha, tantas cicatrices, no es una experiencia pequeña.
Es una sacudida del alma.

Una experiencia profundamente sanadora

Llegué al cursillo con mi historia.
Con mi mochila.
Con mis heridas visibles e invisibles.
Con mis limitaciones.
Con mi cuerpo marcado por el dolor, por las revisiones, por la dependencia de espacios accesibles, por la necesidad constante de adaptación.

Pero también llegué con el alma cansada.

Y allí, en medio de la sencillez, de las charlas, de la oración, del acompañamiento y del cariño humano, sentí algo muy profundo:

que Dios no solo me amaba, sino que quería sanarme.

No hablo de una sanación mágica o superficial.
Hablo de esa otra sanación más honda, la que empieza por dentro.

Porque hay heridas que, aunque cicatricen, dejan marca.
Y creo que eso fue una de las cosas más importantes que entendí:

Dios perdona, Dios sana, Dios restaura… pero las cicatrices forman parte también de nuestra historia redimida.

Yo llevaba muchas.
En el cuerpo y en el alma.

Y en esos días, entre lágrimas, oración y silencio, sentí que el Señor hacía en mí una especie de cirugía interior.
Como si me dijera:

“No voy a borrar tu historia. Voy a entrar en ella.”

Y eso cambió muchas cosas dentro de mí.

El perdón: el gran milagro interior

Si hay un momento que quedó especialmente grabado en mí, fue el descubrimiento del perdón.

No solo del perdón de Dios hacia mí, que ya intuía desde niña.
Sino de algo todavía más difícil:

el perdón hacia mí misma.

Porque muchas veces creemos en la misericordia de Dios, pero seguimos siendo durísimos con nosotros mismos.
Nos convertimos en nuestros peores jueces.
Nos condenamos por errores antiguos, por decisiones equivocadas, por heridas mal cerradas, por no haber sabido vivir, elegir o defendernos mejor.

Y allí entendí que también tenía que aprender a mirarme con la misma misericordia con la que Dios me mira.

No es fácil.
Todavía no lo es.

Pero aquel día supe que el perdón también era para mí.
Y que la vida espiritual no consiste en fingir que no dolió, sino en dejar que Dios entre justo ahí donde dolió más.

La fe no se vive sola

Otra de las cosas que más me removió del cursillo fue esta certeza:

la fe no se vive en solitario.

Durante años he vivido mi relación con Dios de una manera muy interior. Muy verdadera, sí, pero también muy sola muchas veces.

He rezado, he meditado, he leído el Evangelio, los salmos, he buscado a Dios en el silencio interior. He intentado vaciarme por dentro para llegar a ese Todo que es Él.

Y eso forma parte de mi camino.

Pero en el cursillo entendí algo esencial:

no solo se busca a Dios dentro de una misma, también se le encuentra en la comunidad.

Y eso, para mí, fue casi una revelación.

Porque al mudarme a Úbeda, me sentí muy desligada de la comunidad que había vivido años atrás en Sevilla: mi parroquia, Acción Católica, Equipos de Nuestra Señora, tantas vivencias compartidas que fueron importantes para mí y que, con el tiempo, se fueron dispersando.

Y aquí, durante mucho tiempo, me faltó eso:
una comunidad donde compartir la fe sin sentirme fuera de lugar.

En el cursillo encontré algo que llevaba mucho tiempo necesitando y quizá no sabía nombrar del todo:

acogida.

No compasión.
No lástima.
No sobreprotección.
No distancia.

Acogida de verdad.

Sentirme una más.
Mirada de igual a igual.
Querida sin explicaciones.
Acompañada sin invadirme.

Y eso, cuando una ha conocido el rechazo o la incomodidad de no encajar del todo en muchos espacios, es un regalo inmenso.

La Iglesia dejó de ser una idea y se volvió rostro

Una de las cosas más bonitas que me regaló esta experiencia fue volver a comprender lo que significa realmente la Iglesia.

Porque la Iglesia no es solo un edificio.
No es solo una misa.
No es solo una institución.
No es solo el sacerdote.

La Iglesia somos todos.

Somos tú y yo.
Somos los que caminan.
Los que caen.
Los que vuelven.
Los que dudan.
Los que lloran.
Los que sirven.
Los que aman a Dios con torpeza y con hambre.

Y en el cursillo yo vi Iglesia.

La vi en las miradas.
En los silencios compartidos.
En los abrazos.
En las palabras justas.
En los testimonios.
En la capilla.
En la gente sencilla.

Vi a Dios reflejado en los demás.

Y cuando una ve a Dios en los otros, se derrumba.
Porque ya no puede esconderse detrás de teorías o costumbres religiosas.

Entonces solo queda una verdad:

Cristo está vivo. Y sigue saliendo al encuentro de las personas.

La llamada: la gran pregunta que se me abrió dentro

Hay algo que el cursillo removió especialmente en mí, y fue una pregunta que no ha dejado de resonar desde entonces:

¿Qué quieres de mí, Señor?

No como frase bonita.
No como recurso piadoso.
Sino como una pregunta real.
Dolorosa.
Seria.

Porque aquella experiencia me abrió de nuevo una inquietud antigua: la posibilidad de una llamada más radical.

Volvió a mí esa intuición profunda que alguna vez sentí de joven.
Ese susurro interior que siempre estuvo, aunque muchas veces no supe si era de Dios, de mi deseo de refugio, de mi necesidad de paz o de mi cansancio de la vida.

Y entonces me vi preguntándome cosas muy grandes:

  • ¿Me llamas a una vida consagrada?
  • ¿Tengo que dejarlo todo?
  • ¿Quieres que te sirva desde dentro del mundo o fuera de él?
  • ¿Es esto una llamada real o una búsqueda de solución a mi dolor, a mis dificultades, a mi necesidad de sentido?

No son preguntas pequeñas.

Y no quise engañarme.

Porque discernir no es dejarse llevar por una emoción intensa sin más.
Discernir también es ser honesta con una misma y preguntarse:

“¿Esto viene de Dios o de mi necesidad de huir?”

Y ahí sigo.
Con esa pregunta abierta.

Pero algo sí aprendí:

la llamada de Dios no se responde con prisa. Se responde con verdad.

Y quizá ese fue uno de los frutos más importantes del cursillo: no darme una respuesta inmediata, sino ponerme en disposición de escuchar mejor.

El trípode que sostiene mi cuarto día

En aquellos días se habló del trípode de Cursillos:

oración, formación y acción.

Y sentí que ahí había una brújula muy clara para mi vida.

Oración

Porque sin oración me disperso, me pierdo, me lleno de ruido.
Necesito volver al silencio, al Evangelio, al salmo, a la respiración serena, a la presencia de Dios en lo pequeño y en lo escondido.

Formación

Porque no quiero hablar de Dios solo desde la emoción.
Quiero formarme.
Quiero conocer mejor mi fe.
Quiero aprender.
Quiero poder expresar lo que creo con más fundamento, más verdad y más humildad.

Acción

Porque lo vivido no puede quedarse en una vitrina.
No quiero guardar la cosechadora montada y bonita solo para admirarla.
Quiero usarla.
Quiero que esto se traduzca en servicio, en presencia, en palabras, en acompañamiento, en apostolado, en una vida más entregada.

Sé que no me resultará fácil.

Soy una persona introspectiva, muchas veces solitaria, con dificultades para expresarme y para transformar lo interior en acción concreta.
Pero también sé que el Señor no me ha mostrado todo esto para que lo deje en un cajón.

Mi primera Ultreya en Andújar: la confirmación de que no camino sola

Y entonces llegó mi primera Ultreya en Andújar, en San Eufrasio.

Y fue como volver a respirar el mismo aire del cursillo.
Como reencontrarme con una familia espiritual que apenas empezaba a descubrir y que, sin embargo, ya sentía cercana.

Ver de nuevo a personas de mi cursillo y conocer a otras fue una alegría inmensa.

Y sí, como no podía ser de otra manera…

eché mis lagrimitas.

Porque hay lugares donde el alma reconoce casa antes que la cabeza.

Y eso me pasó allí.

Escuchar la reflexión sobre la Iglesia, sobre la misión, sobre el servicio al Reino, sobre preguntarnos sinceramente:

  • Señor, ¿qué quieres que haga?
  • ¿Dónde quieres que trabaje?
  • ¿Qué quieres que cambie?
  • ¿Qué quieres que aporte?

…fue como si el Señor volviera a tocar la misma puerta interior.

Y sentí que aquella Ultreya no era solo “una reunión más”.
Era una confirmación.

Una manera de decirme:

“Esto que has vivido no terminó. Ahora empieza tu cuarto día.”

Lo que Cursillos me ha regalado

Si tengo que decir con sinceridad qué me ha dado Cursillos de Cristiandad, diría esto:

Me ha regalado:

  • un lugar de acogida
  • una experiencia profunda de amor de Dios
  • una vivencia de Iglesia real
  • un camino de sanación
  • una invitación a la comunidad
  • una llamada a la formación
  • y un deseo renovado de servir

Me ha recordado que Jesús no es una idea ni un recuerdo de infancia.

Jesús está vivo. Y sigue caminando conmigo.

Sigue llevándome en brazos cuando no puedo más.
Sigue hablándome en el silencio.
Sigue sosteniéndome en mis fragilidades.
Sigue llamándome por mi nombre.

Y yo, con todas mis dudas, mis límites, mis cicatrices y mis torpezas, solo puedo responderle algo que nace de muy dentro:

Señor, aquí estoy.

No sé todavía cómo.
No sé todavía hasta dónde.
No sé todavía por qué camino exacto.

Pero aquí estoy.

Quiero seguir formándome.
Quiero seguir creciendo.
Quiero seguir haciendo comunidad.
Quiero seguir aprendiendo a amar mejor.
Quiero seguir descubriendo qué quieres de mí.

Y si algo deseo de verdad, es que todo esto que he vivido no se quede encerrado en un recuerdo bonito.

Quiero que se note en mi vida.
En mis gestos.
En mi forma de mirar.
En mi forma de hablar.
En mi forma de sostener el dolor.
En mi forma de acompañar a otros.

Porque lo que Dios hace dentro de una persona, si es verdadero, termina desbordándose hacia fuera.

Y yo solo puedo dar gracias.

Por el Cursillo 332.
Por mi primera Ultreya en Andújar.
Por cada persona que Dios puso en mi camino.
Por cada lágrima.
Por cada abrazo.
Por cada palabra.
Por cada silencio.

Y por este regalo inmenso de volver a sentirme parte de algo más grande que yo:

la familia de Dios.

De Colores 🌈

1 comentario en “Recuerdo de mi Cursillo 332 y mi primera Ultreya en Andújar: cuando Dios me salió al encuentro”

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