Andújar, de colores: crónica de una Ultreya y de un día redondo

Hay días que parecen escritos desde antes.
Días que no solo suceden, sino que se revelan.
Días que empiezan siendo una cita en el calendario y terminan convertidos en una pequeña memoria del alma.

Salimos con la ilusión sencilla de quien sabe que va a encontrarse con hermanos de camino, pero sin imaginar del todo la hondura y la belleza que iba a regalarnos la jornada. A veces la gracia tiene esa forma discreta: no hace ruido al llegar, pero luego deja una luz que permanece.

Desde que entramos en la parroquia de San Eufrasio, todo tuvo un aire de casa. No solo por la acogida, sino por ese modo en que la fe compartida vuelve familiar hasta lo que no conocíamos. Allí nos reunimos muchos, sí, pero sobre todo nos reunimos como lo que somos: personas necesitadas de Dios, de comunidad y de verdad.

La Ultreya fue oración, escucha y encuentro.
Fue palabra encendida.
Fue testimonio.
Fue ese recordatorio sereno de que el “cuarto día” no se sostiene solo en los grandes impulsos, sino en la fidelidad cotidiana: la oración, la formación y la acción.

Escuchar a otros hablar de su fe con sencillez siempre me conmueve. Porque cuando alguien habla desde la vida, no desde la teoría, algo se mueve dentro. Y así transcurrió la mañana: entre la hondura y la alegría, entre el recogimiento y la fraternidad, entre la certeza de que Dios sigue pasando por nuestras vidas con delicadeza.

Pero si la Ultreya fue hermosa, lo que vino después fue de una ternura inesperada.

El regalo de ser acogidas

Al terminar, Juanjo y Encarni, del grupo Andúxar, nos regalaron algo que no siempre se tiene y que, sin embargo, es de lo más valioso: tiempo y corazón.

A mi amiga Inma y a mí nos acogieron con una generosidad preciosa hasta la hora de nuestro autobús. No se limitaron a acompañarnos: nos hicieron sentir queridas. Y eso, en un mundo donde tantas veces todo va deprisa, tiene un valor inmenso.

Tomamos un café, compartimos conversación y nos llevaron a conocer rincones de Andújar con esa manera tan bonita que tienen algunas personas de enseñarte una ciudad: no como quien da datos, sino como quien te abre un pedazo de su historia y de su afecto.

Y así, Andújar dejó de ser solo un lugar al que fuimos para una convivencia.
Se volvió rostro.
Se volvió memoria.
Se volvió cariño.

Andújar: piedra, fe y memoria

Pasear por Andújar fue entrar en una ciudad donde la fe y la historia aún dialogan en sus calles.

Uno de los lugares que visitamos fue la Iglesia de San Miguel, considerada una de las más antiguas de la ciudad. Su presencia sobria y antigua tiene algo de raíz, algo de permanencia. Frente a ella, una siente que hay lugares que no solo han resistido el paso del tiempo, sino que lo han recogido en sus muros.

También pudimos contemplar otros templos y rincones del casco histórico, donde cada piedra parece guardar una oración antigua. Andújar posee un patrimonio religioso muy rico, con templos como la Iglesia de Santa María la Mayor, la Iglesia de San Bartolomé, la Iglesia de Santa Marina o la propia parroquia de San Eufrasio, que no son solo edificios, sino huellas de una fe encarnada en la historia de un pueblo.

Y entre paseo y paseo, nos adentramos también en el barrio de la Judería, con sus calles estrechas, su sabor antiguo, sus fachadas calladas y esa belleza discreta que solo poseen los lugares donde la historia aún no se ha ido del todo.

Me gusta pensar que hay ciudades que no se visitan:
se escuchan.

Y Andújar, ese día, tenía mucho que decir.

Lo pequeño también sostiene la vida

A veces creemos que un gran día se construye con grandes acontecimientos. Pero no siempre es así. Muchas veces un día se vuelve inolvidable por la suma de pequeñas cosas:

una conversación tranquila,
una risa compartida,
un paseo sin prisa,
una mano tendida,
una ciudad mostrada con amor.

Y eso fue también aquella tarde.

No hubo espectacularidad.
Hubo verdad.

Y quizá por eso fue tan hermoso.

De Andújar a Úbeda: la vida aún tenía más

Cuando parecía que el día ya estaba completo, aún quedaba un último regalo.

Regresamos a Úbeda y allí nos unimos a nuestra amiga Virginia para asistir al concierto de Luis Cortés en la Plaza de Toros.

Y fue precioso cerrar así la jornada.

Después de un día tan lleno de interioridad, de fe y de encuentro, la noche nos regaló música, ambiente, juventud, emoción y amistad. Como si la vida quisiera decirnos que también la alegría compartida, la celebración y la belleza forman parte del camino.

Allí estábamos, después de una Ultreya, después de las calles de Andújar, después del café, después de la acogida, después de tanto bien recibido… terminando el día entre luces, canciones y rostros amigos.

Y pensé algo muy simple:

qué importante es dar gracias cuando la vida, por un día, encaja.

Un día redondo

Hay jornadas que pasan.
Y hay otras que permanecen.

Esta fue una de las que permanecen.

Por la Ultreya.
Por lo vivido en comunidad.
Por la hondura de la fe compartida.
Por la acogida de Juanjo y Encarni.
Por la compañía de Inma.
Por el reencuentro con Virginia.
Por Andújar.
Por Úbeda.
Por la música.
Por la amistad.
Por Dios, que a veces se hace presente justo así: en lo sencillo, en lo humano, en lo compartido.

Volví a casa con esa sensación limpia de haber vivido algo bueno de verdad.

Y pensé que quizá la fe también es esto:

un día cualquiera que, tocado por el amor, se vuelve inolvidable.

¡De Colores! 🌈

La Ultreya terminó en el reloj, pero no en el corazón.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *