Martes Santo en Úbeda: lágrimas, silencio y noche del alma

El Martes Santo en Úbeda tiene una hondura especial. No es un día de estridencias, sino de paso interior, de emoción contenida, de fe que se derrama por las calles antiguas de la ciudad como si la piedra renacentista supiera, desde hace siglos, guardar el eco de cada oración.

Es una jornada que no se impone: se insinúa.
Llega con paso lento, con una emoción que no necesita ruido, con una forma de religiosidad que se vuelve íntima y profunda. La devoción deja entonces de ser únicamente una tradición heredada para convertirse en experiencia viva: incienso suspendido en el aire, cera temblando en la noche, túnicas avanzando lentamente y un pueblo entero que no solo mira, sino que acompaña.

Entre la piedra dorada del casco histórico y el latido silencioso del pueblo, dos cofradías dibujan el alma de esta noche: la juventud emocionada de Nuestra Madre y Señora de las Lágrimas y la hondura ascética del Cristo de la Noche Oscura.

Dos maneras de rezar.
Dos formas de atravesar la noche.
Una misma fe.

Nuestra Madre y Señora de las Lágrimas: la ternura del dolor compartido

La Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestra Madre y Señora de las Lágrimas y San Nicolás de Bari es una de las más jóvenes de la Semana Santa ubetense. Fue fundada en 2012, en el seno de la comunidad parroquial de San Nicolás de Bari, lo que le otorga desde su origen un carácter profundamente cercano, casi familiar, muy unido a la vida de barrio, a la parroquia y al corazón del pueblo.

La imagen titular de la Virgen es obra del imaginero cordobés Alfonso Castellano Tamarit, realizada también en 2012. Desde su bendición, la Dolorosa ha ido despertando una devoción creciente, no basada en la antigüedad de los siglos, sino en algo más hondo: la capacidad de conmover desde la verdad del sufrimiento.

Y quizá ahí radica gran parte de su fuerza.

Porque las lágrimas de María, en esta advocación, no son un adorno piadoso ni una simple expresión estética. Son un lenguaje espiritual. Hablan del dolor acompañado, del sufrimiento compartido, de la ternura que no huye ante la cruz. Son lágrimas que no solo pertenecen a la Virgen, sino también a tantos hombres y mujeres que, al verla pasar, sienten que María conoce de cerca el peso de sus propias heridas.

Túnicas, color y simbolismo

En Semana Santa nada es casual. También el color habla.

Los nazarenos de esta hermandad visten túnica de cola azul marino, con bocamangas granates, capirucho granate y faja de esparto. Una combinación sobria y elegante que envuelve la procesión en una atmósfera de recogimiento y belleza silenciosa.

El azul oscuro evoca la profundidad del dolor contenido; el granate, la pasión que arde sin estridencia. Todo en esta cofradía parece pensado para hablar sin necesidad de palabras.

En cuanto al manto de la Virgen en este 2026, más allá de la combinación concreta que luzca en su salida, lo verdaderamente importante es lo que representa: no solo una pieza de ajuar, sino un símbolo de amparo, una extensión visual de esa maternidad dolorosa y amorosa que la ciudad contempla con emoción.

Recorrido: Úbeda acompañando a una Madre que llora

La cofradía realiza su salida desde la Iglesia de la Santísima Trinidad, recorriendo algunas de las calles más queridas del centro de la ciudad hasta llegar a San Nicolás de Bari, donde realiza estación de penitencia.

Y ese momento tiene una belleza especial.
Porque no se trata solo de una parada en el itinerario: es, en cierto modo, un regreso al origen, un reencuentro con la raíz espiritual de la hermandad.

El discurrir de la Virgen por Úbeda convierte la procesión en algo más que un recorrido devocional. Las plazas, los balcones, las fachadas nobles, la piedra antigua, la luz tenue de la noche… todo parece disponerse para acompañar el paso de una Madre que llora.

Una Virgen que ha calado en el pueblo

La Virgen de las Lágrimas ha encontrado muy pronto un lugar en el corazón de Úbeda.
Quizá porque todos, de un modo u otro, entienden sus lágrimas.

No hay estridencia a su paso, sino una emoción muy humana, muy cercana, muy verdadera. Es una Virgen que no se contempla desde la distancia, sino desde dentro. Una de esas imágenes ante las que uno no solo se detiene a mirar, sino que también siente el impulso de confiarle lo que duele, lo que pesa, lo que no encuentra palabras.

El Cristo de la Noche Oscura: la mística del silencio

Si la Virgen de las Lágrimas pone rostro al dolor acompañado por María, el Santísimo Cristo de la Noche Oscura introduce a Úbeda en una dimensión todavía más honda: la del silencio interior, la prueba del alma y la búsqueda de Dios en la oscuridad.

La cofradía fue fundada en 1966, y la imagen del Cristo es obra del escultor Francisco Palma Burgos, uno de los nombres más importantes de la imaginería andaluza del siglo XX.

Hablar del Cristo de la Noche Oscura es hablar de una devoción que no necesita demasiadas explicaciones, porque entra por los ojos y desciende directamente al corazón. Su nombre ya lo dice todo: la noche del dolor, de la prueba, del aparente abandono… pero también la noche en la que Dios obra en lo escondido.

Su advocación remite inevitablemente a la espiritualidad de San Juan de la Cruz, a esa experiencia mística en la que la oscuridad no es ausencia, sino camino; no es vacío, sino tránsito; no es solo sufrimiento, sino posibilidad de encuentro con Dios.

En este Cristo no hay solo dramatismo. Hay también serenidad, abandono y misterio.

Austeridad, silencio y contemplación

La cofradía de la Noche Oscura ha ido construyendo con el tiempo una personalidad muy marcada dentro de la Semana Santa de Úbeda: austeridad, sobriedad, hondura espiritual y una puesta en escena profundamente simbólica.

Aquí todo invita a la contemplación.
No hay distracción posible.
Solo el Crucificado avanzando lentamente en la noche.
Solo el sonido leve del paso.
Solo el alma enfrentándose a lo esencial.

No es una procesión que se vea solamente.
Es una procesión que se experimenta por dentro.

Úbeda convertida en oración

Cuando las cofradías del Martes Santo salen a la calle, Úbeda deja de ser solo ciudad para convertirse en escenario sagrado.

Las calles del casco histórico, las plazas nobles, los rincones de piedra dorada, los silencios entre balcones y faroles… todo parece preparado para el tránsito del misterio. El paso por el casco monumental adquiere una fuerza especial, porque allí la belleza arquitectónica no compite con la fe: la enmarca, la abraza, la eleva.

Hay momentos que el pueblo espera con especial intensidad:

  • la salida, siempre cargada de emoción contenida;
  • los tramos de silencio más sobrecogedor;
  • el encuentro visual de los pasos con la piedra antigua de Úbeda;
  • y ese regreso final en el que la madrugada parece quedar suspendida entre cansancio, fe y gratitud.

Porque procesionar por Úbeda no es solo recorrer calles.
Es atravesar la memoria religiosa de un pueblo.

Mística y fervor popular: dos formas de rezar lo mismo

Quizá una de las cosas más hermosas del Martes Santo en Úbeda es que en él conviven dos maneras de vivir la fe que, lejos de oponerse, se abrazan profundamente.

Por un lado, está la mística: el silencio, la contemplación, la belleza austera, la mirada que se queda prendida en el rostro del Crucificado o en los ojos de la Virgen. Esa vivencia íntima, callada, casi interior, que no necesita demasiadas palabras.

Y por otro, está el fervor popular: la gente aguardando en las esquinas, las familias enteras saliendo al encuentro de la procesión, los mayores recordando otros años, los niños aprendiendo sin saberlo el lenguaje de la devoción, las emociones compartidas que pasan de generación en generación.

Eso es lo grande de la Semana Santa: que la fe del pueblo puede ser al mismo tiempo profunda y sencilla, elevada y cercana, silenciosa y multitudinaria.

El Martes Santo como espejo del alma

Hay procesiones que se ven.
Y hay procesiones que se viven por dentro.

El Martes Santo de Úbeda pertenece a estas últimas. No se queda solo en la retina; deja poso. Porque cuando la Virgen de las Lágrimas atraviesa la ciudad y el Cristo de la Noche Oscura avanza entre sombras, no solo pasan dos cofradías: pasa el misterio del dolor acompañado por la esperanza.

Y quizá por eso emociona tanto.

Porque todos, en algún momento de la vida, hemos conocido también nuestras propias lágrimas, nuestra propia noche, nuestro propio silencio. Y al contemplar estos pasos comprendemos, aunque sea por un instante, que la fe no siempre evita la oscuridad, pero sí la atraviesa con una luz distinta.

Úbeda lo sabe.
Lo sabe su piedra.
Lo sabe su pueblo.

Lo sabe el corazón de quien, cada Martes Santo, vuelve a mirar al cielo entre cirios y campanas y descubre que también en la oscuridad, Dios sigue pasando.

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