La bruja Elvira y el hada de los sueños

En lo más profundo de un bosque antiguo, donde los árboles susurraban secretos al viento y los animales vivían en paz, habitaban dos hermanas muy diferentes.

La mayor se llamaba Elvira. Era una bruja de corazón duro, mirada seca y palabras que pinchaban más que las zarzas. Siempre estaba enfadada con el mundo, pero sobre todo con quienes no encajaban en su idea de belleza. Se burlaba de las personas rellenitas, las hacía llorar y les ofrecía pócimas amargas para que adelgazaran.

—¡Bébela! —les decía con voz áspera—. Así dejarás de ser como eres.

Pero la gente del bosque y de los pueblos cercanos ya la conocía bien. En cuanto la veían aparecer con sus frascos y sus malas maneras, huían de ella. Algunos escupían las pócimas en cuanto se alejaba; otros, incapaces de soportarlas, las vomitaban.

Nadie la quería.

Nadie… salvo su hermana pequeña.

La hermana de Elvira se llamaba Rebeca, y era conocida por todos como la maga de los sueños.

Rebeca tenía una voz suave como el musgo y unos ojos brillantes como las estrellas en una noche clara. Le encantaba contar cuentos a los niños, y cuando lo hacía, parecía que hasta las luciérnagas se detenían a escuchar. Todos la querían: los pequeños, los mayores, los pájaros, los ciervos, los conejos, los zorros y hasta las mariposas.

Porque Rebeca amaba a todos los seres tal y como eran.

Nunca se reía de nadie. Nunca juzgaba a nadie.

Y los animales del bosque eran sus grandes amigos.

En invierno, uno de sus amigos más queridos era un gran oso pardo que dormía profundamente en su cueva mientras la nieve cubría la tierra. Pero cuando llegaba la primavera, el oso salía acompañado de sus pequeñas crías, juguetonas y torpes, que corrían felices alrededor de Rebeca mientras ella reía sentada sobre la hierba.

Elvira, en cambio, odiaba el bosque.

Lo odiaba porque estaba lleno de vida, y la vida le molestaba. Le irritaban los cantos de los pájaros, el crujido de las hojas, el murmullo del arroyo y la felicidad sencilla de quienes vivían allí.

Su deseo más oscuro era hacer desaparecer el bosque entero, con todos sus habitantes dentro.

Y fue entonces cuando apareció Gabriel, el carpintero.

Vivía a las afueras del bosque, en una casa humilde, y tenía unas manos capaces de transformar la madera en maravillas. Hacía mecedoras que parecían abrazar, mesas robustas, sillas delicadas, estanterías, cunas y armarios bellísimos.

Elvira se enamoró de él.

O quizá no fue amor, sino codicia compartida.

Porque Gabriel también veía el bosque no como un hogar, sino como una riqueza que cortar, vender y transformar.

Se prometieron, y poco después se casaron.

Juntos mandaron talar muchos árboles y construyeron una gran casa al borde del bosque. Gabriel hizo muebles preciosos, y más tarde levantó pequeñas casas para los viajeros que pasaban por allí.

Pronto comenzaron a llegar forasteros.

Al principio parecían gente tranquila, pero no tardaron en adentrarse en el bosque con arcos, trampas y cuchillos. Cazaban sin necesidad, sin medida y sin respeto. Mataban por hambre, sí, pero también por costumbre, por comodidad, por diversión.

Y el bosque comenzó a entristecerse.

Mientras tanto, Rebeca vivía en una casita de paja muy sencilla, cerca de un claro donde crecían flores silvestres. Era pequeña, humilde y acogedora.

Pero un día, el viento del norte sopló con tanta fuerza que arrancó el techo, tumbó las paredes y redujo su casita a un montón de paja mojada.

Rebeca se quedó sola, temblando bajo la lluvia.

Entonces apareció su amigo el oso.

—No te preocupes —le dijo con voz grave y bondadosa—. Mi cueva es muy grande. Tiene muchos pasillos y cavidades. Podrás vivir allí con independencia y seguridad.

Y así lo hicieron.

La cueva del oso era inmensa, cálida y sorprendentemente hermosa. Había rincones tranquilos donde Rebeca podía leer, escribir cuentos y dormir arropada por el silencio de la montaña.

Allí siguió cuidando de los animales y escuchando los susurros del bosque.

Hasta que un día descubrió lo que estaba ocurriendo.

Vio huellas de cazadores, oyó disparos a lo lejos, encontró plumas esparcidas, madrigueras vacías y el miedo en los ojos de sus amigos.

Entonces comprendió que tenía que hacer algo.

Aunque le dolía en el alma, decidió ir a hablar con su hermana Elvira y con Gabriel.

Se armó de valor, respiró hondo y caminó hasta su casa.

—Tenéis que parar —les suplicó—. El bosque está sufriendo. Los animales están muriendo. Esto no puede seguir así.

Pero Elvira soltó una risa fría.

Gabriel cerró la puerta.

Y entre los dos la sujetaron.

—Siempre tan blanda, Rebeca —dijo Elvira con desprecio—. Siempre defendiendo a todos menos a ti misma.

La arrastraron hasta una habitación oscura, la encerraron con llave y la dejaron allí, sin comida y apenas agua.

Pasaron los días.

Rebeca fue perdiendo fuerzas.

Cada amanecer la encontraba más pálida, más delgada, más débil. Su voz se apagó. Sus manos temblaban. Apenas podía mantenerse en pie.

Y sin embargo, no dejó de pensar en el bosque.

No dejó de pensar en sus amigos.

No dejó de amar.

Una noche, cuando la luna llena se coló por una rendija del techo, un pequeño hocico apareció por un agujerito de la pared.

Era un ratoncito llamado Flip.

—¡Rebeca! —susurró—. ¡Te he encontrado!

Con sus diminutas patas, Flip se acercó a ella y, al verla tan débil, comprendió la gravedad de la situación.

—Espera aquí —dijo—. Voy a buscar ayuda.

Y salió corriendo.

Atravesó pasillos, cruzó campos, se escondió entre raíces y, antes del amanecer, ya había avisado a todos los animales del bosque.

Los ciervos, los zorros, los conejos, los búhos, los tejones, los pájaros y también el gran oso con sus crías se reunieron en secreto para idear un plan.

Querían salvar a Rebeca.

Pero había un gran peligro.

Los cazadores rondaban el bosque, y si los animales se acercaban demasiado a la casa de Elvira y Gabriel, podían morir.

Mientras tanto, Rebeca seguía consumiéndose en la habitación.

Hasta que algo extraordinario ocurrió.

Una mañana, al intentar levantarse por última vez, sintió un cosquilleo extraño en la espalda.

Primero fue un temblor.

Luego un calor suave.

Y de pronto…

le salieron alas.

Dos alas delicadas, transparentes y luminosas, como si estuvieran hechas de amanecer y polvo de luna.

Rebeca abrió los ojos con asombro.

Entonces lo comprendió todo.

Ella no era solo una maga de los sueños.

Era un hada.

Y no lo había sabido nunca.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, agitó sus alas. Se elevó lentamente hasta la claraboya del techo, la empujó con decisión y salió volando al cielo abierto.

El aire fresco le devolvió la vida.

Voló por encima de la casa de Elvira y Gabriel, por encima de los tejados, por encima de los árboles heridos… hasta llegar al corazón del bosque.

Allí la esperaban todos.

Los animales alzaron la vista y, al verla descender envuelta en luz, supieron que algo sagrado estaba ocurriendo.

Rebeca aterrizó entre ellos.

—No podemos quedarnos aquí —dijo con tristeza—. Este bosque ya no está a salvo.

El oso bajó la cabeza.

Los ciervos guardaron silencio.

Los pájaros dejaron de cantar.

Y entonces Rebeca, con lágrimas en los ojos pero valor en el alma, alzó sus alas y señaló el horizonte.

—Nos iremos juntos —dijo—. Buscaremos un lugar nuevo. Un bosque donde la codicia no haya entrado. Un hogar donde la vida pueda volver a empezar.

Y así fue.

Esa misma noche, bajo la protección de las estrellas, Rebeca guio a todos los animales hacia otro bosque, lejano y profundo, donde el agua era limpia, la tierra fértil y los árboles antiguos abrían sus ramas como brazos de bienvenida.

Allí comenzaron de nuevo.

El oso encontró otra cueva.

Las aves construyeron nidos.

Los conejos cavaron madrigueras.

Los ciervos volvieron a correr sin miedo.

Y Rebeca, el hada de los sueños, levantó su hogar entre flores, ramas y luz.

Cada noche seguía contando cuentos a los niños que llegaban al bosque, y cada historia que narraba hablaba de respeto, ternura, diversidad y amor por la vida.

Porque ella había aprendido algo muy importante:

quien desprecia a otros por su aspecto termina vaciando su propio corazón.
Pero quien ama y protege la vida, siempre encuentra alas para volar.

Y de Elvira y Gabriel se supo muy poco después.

Dicen que se quedaron solos.

Sin bosque.

Sin canciones.

Sin amigos.

Porque la avaricia puede construir casas…

pero nunca un hogar.

Moraleja

Nadie debe ser rechazado por su cuerpo, su forma o su apariencia.
La verdadera belleza está en el corazón que cuida, respeta y ama.

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