Los niños de la Semana Santa

Hay una Semana Santa que no suena solo a tambores,
ni a cornetas,
ni al golpe seco del llamador.

Hay una Semana Santa que suena a pasos pequeños,
a manos diminutas aferradas a un cirio,
a cestillos de mimbre balanceándose con inocencia,
a túnicas blancas rozando la piedra antigua de la calle.

Es la Semana Santa de los niños.
La más limpia.
La más pura.
La que todavía huele a cielo recién abierto.

Ellos avanzan sin saber del todo
que están entrando en un misterio.
Y, sin embargo, lo entienden mejor que nadie.

Lo entienden en el silencio que guardan de repente,
en la mirada fija con la que buscan un paso,
en la emoción callada de sentirse parte de algo grande,
de algo que viene de muy lejos
y que, sin darse cuenta, ya empieza a vivir dentro de ellos.

Hay una ternura inmensa
en un niño vestido de nazareno.
En esa seriedad inesperada
que se asoma bajo el capirote.
En esos ojos que apenas alcanzan a ver el mundo
por dos pequeños agujeros de tela
y, aun así, lo llenan todo de verdad.

Y hay también una belleza honda
en las niñas vestidas de ángeles,
de hebreas,
de pequeñas servidoras de la fe,
llevando bandejas, pétalos o promesas
como si llevaran entre las manos
un trocito de primavera sagrada.

Van despacio.
A veces se cansan.
A veces se distraen.
A veces sonríen.
Y a veces miran con una solemnidad tan antigua
que parece que Dios les hubiera susurrado algo al oído.

Qué misterio tan hermoso
ver a un bebé entre hábitos y mantillas,
entre túnicas blancas y cruces bordadas,
entre brazos que lo sostienen
mientras la procesión sigue su curso.

Como si la fe,
antes incluso de aprenderse,
ya pudiera acunarse.

Ellos son la parte más frágil
y más eterna de la Semana Santa.

Son la herencia viva.
La semilla.
La promesa.

Porque todo esto —la emoción, la devoción, la memoria—
no se transmite solo con palabras.
Se transmite así:
con una madre ajustando una túnica,
con una abuela colocando una medalla,
con una mano adulta guiando un paso pequeño,
con un niño aprendiendo a rezar
sin saber todavía que ya lo está haciendo.

Y entonces comprendemos
que la Semana Santa no solo pasa por las calles.
También pasa por la infancia.
Y deja en ella una huella suave, profunda, imborrable.

Por eso, cuando ellos salen,
cuando caminan entre el incienso y la luz,
entre la piedra y la campana,
entre el murmullo del pueblo y la emoción contenida,
todo parece más verdadero.

Porque en los niños,
la Semana Santa no solo se recuerda.

En los niños, la Semana Santa renace.

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