
¿Cómo decir esto
sin que algo se rompa?
Hay palabras que no duelen por lo que dicen,
sino por a quién podrían herir.
Y sin embargo, aquí están,
brotando despacio,
como una verdad que ya no se deja callar:
quizás no creo.
No como antes.
No como me enseñaron.
Quizás no hay resurrección,
ni cuerpos gloriosos aguardando en la luz,
ni un después que nos nombre de nuevo.
Quizás la muerte
es solo eso:
un cerrar los ojos
sin otra orilla.
Y al escribirlo, pienso en él.
En mi padre.
En su fe firme, casi luminosa,
en su forma de mirar el cielo
como quien espera respuesta.
Él, que siempre buscó sentido,
que pronunciaba a Romano Guardini
como quien sostiene una brújula,
como quien no se rinde ante el misterio.
¿Cómo decirle
que yo ya no veo ese camino?
¿Cómo explicarle
que donde él encuentra promesa,
yo encuentro silencio?
Porque no hay miedo en mí.
Y eso también es difícil de explicar.
No temo a la muerte.
La intuyo como descanso,
como quien deja por fin un peso antiguo,
como quien se acuesta
y no necesita soñar.
Y entonces me pregunto
qué hago con todo lo que fui.
Con la fe aprendida,
los encuentros, las palabras compartidas,
los Cursillos de Cristiandad,
los nombres nuevos para la misma búsqueda.
Nada de eso ha desaparecido.
Pero tampoco permanece intacto.
Se ha transformado.
Como yo.
Porque hay algo que sí ha crecido en mí:
una libertad suave, sin ruido.
Una forma de estar sola
sin sentir ausencia.
No necesito un cuerpo que me complete,
ni una vida que me ate.
Y, sin embargo,
sí deseo la cercanía, la amistad,
la conversación que no exige,
el vínculo sin culpa.
No veo pecado en ello.
No creo en demonios,
ni en una culpa heredada,
ni en una humanidad marcada desde el origen.
Creo en algo más sencillo,
más humano:
una conciencia que distingue,
una intuición del bien
que a veces seguimos
y a veces traicionamos.
Yo también fallo.
Me pierdo en impulsos,
en desórdenes pequeños,
en torpezas que me devuelven
a lo cotidiano.
Y aun así,
no encuentro condena.
Encuentro verdad.
Tal vez mi fe
no ha desaparecido,
solo ha cambiado de lugar.
Ya no vive en el cielo,
ni en lo que vendrá después,
sino en lo que hago aquí,
en lo que intento ser
aunque no siempre lo logre.
Escribir esto
no es una ruptura.
Es una forma de quedarme.
De ser fiel,
no a lo que esperaban de mí,
sino a lo que, en silencio,
soy.
Y quizá —aunque duela—
esa también sea
una forma de amor.