El cuerpo que soy

Hubo un tiempo de agua y brazadas,
de pasos ligeros sobre la mañana,
de músculos firmes y sueños sencillos
que florecían como jazmines en el alba.

Después llegaron los años,
las responsabilidades,
una caída inesperada
y el miedo agazapado en los rincones del cuerpo.

La balanza fue sumando silencios,
kilos tejidos con ausencias,
con piscinas abandonadas,
con tardes de cansancio y cuidados.

Me miré al espejo buscando a aquella mujer
que un día fui.

Pero ella ya no vive aquí.

Ahora habita otra mujer,
más lenta quizás,
más frágil tal vez,
pero también más sabia.

Una mujer que acompaña a su padre,
que sigue caminando cada día,
que escribe para no perderse
y sueña para no rendirse.

He comprendido que no debo librar una guerra
contra mi reflejo.

Que el amor propio no consiste
en recuperar el cuerpo de ayer,
sino en cuidar con ternura
el cuerpo de hoy.

Y así avanzo.

Paso a paso.

Sin prisas.

Aprendiendo que la belleza no desaparece,
solo cambia de forma,
como cambia el mar,
como cambian las estaciones,
como cambia la vida.

Y que aún en este cuerpo distinto,
todavía florece la misma alma.

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