
Hay días en los que el cuerpo deja de ser un hogar y se convierte en un peso. Un peso que cuesta levantar de la cama, que duele al caminar, que limita los movimientos y apaga las ilusiones. No es una cuestión de vanidad. Es el cansancio de vivir dentro de un cuerpo que parece decir «no» a todo aquello que uno ama.
No puedo nadar como quisiera. No puedo disfrutar del aquagym. No puedo seguir el ritmo de una clase de pilates. Y, cuando parece que nada más puede añadirse, llega el vértigo. Ese enemigo silencioso que roba el equilibrio, la confianza y la tranquilidad.
Entonces aparece el hartazgo. Ese agotamiento que no nace de un mal día, sino de una larga sucesión de obstáculos. De dolores que no dan tregua. De limitaciones que nadie ha elegido. De un cuerpo que parece ir siempre un paso por detrás del deseo de vivir.
Hay momentos en los que uno llega a pensar que algunos cuerpos no deberían sufrir así. Que ningún cuerpo debería convertirse en una cárcel. Que el dolor constante no debería formar parte de la rutina de nadie.
Y, sin embargo, aquí estamos. Habitando cuerpos imperfectos, frágiles, a veces rebeldes. Cuerpos que no responden como esperamos, pero que siguen siendo los únicos capaces de abrazar, de llorar, de contemplar un amanecer, de sentir el agua sobre la piel o el cariño de quienes permanecen a nuestro lado.
La desesperanza existe. Negarla sería mentir. Hay días en los que pesa más que cualquier esperanza. Hay días en los que uno se cansa de luchar, de escuchar consejos fáciles, de fingir fortaleza cuando lo único que desea es descansar del dolor.
No hay heroísmo en sufrir. No hay belleza en el dolor. Nadie debería acostumbrarse a él.
Pero tampoco el dolor tiene derecho a definir por completo a la persona que lo soporta.
Quizá mañana el cuerpo siga doliendo. Quizá el vértigo vuelva a aparecer. Quizá las limitaciones continúen ahí. Sin embargo, detrás de ese cuerpo cansado sigue existiendo una persona que escribe, que siente, que ama, que crea y que conserva una dignidad que el dolor no puede arrebatar.
Y, cuando siento que ya no puedo más, siempre aparece un pequeño ángel de cuatro patas. Mi gatito atigrado, Víctor, parece darse cuenta antes que nadie de que el dolor ha vuelto. Se acerca despacio, se tumba a mi lado y me echa su patita por encima, como si quisiera abrazarme. No me deja ni a sol ni a sombra. Me acompaña en silencio, sin hacer preguntas, sin ofrecer respuestas imposibles. Solo está ahí. Y, a veces, esa compañía vale más que mil palabras. En sus ojos encuentro una ternura que me recuerda que, incluso en los días más oscuros, nunca estoy completamente sola.
Ojalá algún día la medicina encuentre respuestas para tantos cuerpos que viven agotados. Ojalá llegue el tiempo en que el sufrimiento deje de ser compañero de tantas personas. Mientras tanto, solo queda reconocer una verdad que muchas veces se silencia: hay cuerpos que están cansados, muy cansados. Y quienes los habitan también tienen derecho a decir, sin vergüenza:
«Hoy no puedo más.»
Porque reconocer el cansancio no es rendirse. Es poner nombre a una realidad que merece ser escuchada con respeto, sin juicios y sin frases hechas. A veces, el primer paso hacia la esperanza consiste precisamente en dejar de fingir que todo está bien cuando no lo está. Y, mientras ese momento llega, agradezco que la vida me haya regalado un compañero tan fiel como Víctor, capaz de aliviar con una simple patita apoyada sobre mí el peso de un día entero de dolor.