Sergio Dalma en Úbeda: una noche para el recuerdo

Hay conciertos que se escuchan y otros que se viven. El de anoche de Sergio Dalma en Úbeda fue de esos que se quedan grabados en la memoria.

Desde que se apagaron las luces y comenzó a sonar la música, el ambiente fue creciendo canción tras canción. La puesta en escena, con un espectacular juego de luces y un sonido impecable, envolvía cada momento, haciendo que el público cantara al unísono sus grandes éxitos.

Fui acompañada de mis amigas Virginia e Inma, y ellas no tardaron en dejarse llevar por la emoción. Se vinieron arriba, se levantaron de sus asientos y acabaron bailando en la primera fila como dos niñas que viven su primer concierto. Ver sus caras de felicidad era casi tan bonito como escuchar a Sergio Dalma. Había en ellas una alegría contagiosa, de esas que recuerdan que nunca se es demasiado mayor para disfrutar.

Yo, en cambio, con la férula en la mano, preferí quedarme sentada. No podía acompañarlas en el baile, pero no sentí que me estuviera perdiendo nada. Desde mi sitio veía perfectamente el escenario y disfruté del concierto de otra manera: más tranquila, más pausada, saboreando cada canción y cada detalle.

A veces la vida nos obliga a vivir las cosas a otro ritmo. Y también así se puede ser feliz. Mientras ellas saltaban y cantaban, yo sonreía al verlas disfrutar. Su felicidad también era un poco la mía.

Cuando terminó el concierto y las últimas luces se apagaron, nos llevamos mucho más que unas fotografías. Nos llevamos una noche compartida, risas, música y la certeza de que los mejores recuerdos no siempre nacen de hacer lo mismo, sino de disfrutar cada uno a su manera.

Porque, al final, eso fue el concierto de Sergio Dalma en Úbeda: único, visceral y emocionante. Un gran espectáculo de sonido, luces y canciones que volvió a demostrar que la música tiene el poder de unirnos, emocionarnos y regalarnos momentos que permanecerán para siempre en la memoria.

Ese también es un relato verdadero. Y quizá sea el más profundo, porque detrás de las fotografías siempre hay emociones que no se ven.

La otra verdad del concierto

Hay una verdad que no aparece en las fotos.

Las imágenes muestran sonrisas, luces, un escenario espectacular y tres amigas compartiendo una noche de verano. Pero las fotografías no cuentan que, en un momento del concierto, me quedé sola.

Virginia e Inma hicieron lo que el corazón les pedía: levantarse, bailar y acercarse hasta la primera fila. Y me alegré por ellas. De verdad. Parecían dos niñas, riendo y cantando sin pensar en nada más.

Yo me quedé en mi silla.

Con la férula inmovilizando mi mano y un cuerpo que ya no responde como antes, observaba cómo, poco a poco, todo el mundo se levantaba. Las filas se llenaron de personas bailando mientras yo permanecía sentada, rodeada de gente y, al mismo tiempo, profundamente sola.

En esos momentos aparecieron pensamientos que conozco demasiado bien. Me sentí torpe. Me sentí inútil. Sentí que mi cuerpo volvía a ponerme un límite justo cuando más ganas tenía de olvidarme de él.

Pero, mientras miraba el escenario, comprendí algo.

No era menos por permanecer sentada. No disfrutaba menos por hacerlo desde una silla. Mi forma de vivir aquel concierto era distinta, no inferior. Hay batallas que nadie ve y hay personas que bailan con las piernas mientras otras tienen que aprender a bailar por dentro.

Aquella noche mis amigas bailaron por las tres. Yo canté en silencio, emocionándome con cada canción y regalándome también el derecho a sentir tristeza por lo que ya no puedo hacer.

La vida, a veces, consiste en sostener dos verdades al mismo tiempo: la alegría de ver felices a quienes quieres y el dolor de aceptar tus propios límites.

Y ambas verdades caben en una misma noche. En un mismo concierto. En un mismo corazón.

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