La música: el abrazo invisible del alma

Hay quien enciende la televisión al levantarse. Yo no. Desde hace cinco años, desde que Víctor, mi gatito, llegó a mi vida, la televisión casi ha desaparecido de mi casa. Lo primero que hago al abrir los ojos es poner música. Y así transcurre mi día, entre canciones, hasta que llega la noche y vuelvo a acostarme.

La música ya forma parte de mi forma de vivir. No es un entretenimiento. No es un ruido de fondo. Es una necesidad. Es mi medicina invisible.

Vivir sola hace que el silencio, a veces, tenga demasiado peso. Hay días en los que la casa parece inmensa, especialmente cuando las limitaciones físicas me obligan a pasar más tiempo dentro. Pero en cuanto empieza a sonar una melodía, todo cambia. La casa deja de estar vacía. Las habitaciones cobran vida. El silencio deja de doler.

Mientras escribo, mientras pinto, mientras preparo la comida o simplemente acaricio a Víctor, siempre hay una canción acompañándome. Él se tumba a mi lado y yo siento que, entre su ronroneo y la música, la soledad pierde fuerza.

Después de tantos años conviviendo con una parálisis cerebral, con caídas, operaciones, dolores y momentos en los que el ánimo se rompe, he descubierto que la música tiene un poder que ningún medicamento puede ofrecer. No cura los huesos ni hace desaparecer las cicatrices, pero sí acaricia el alma. Y cuando el alma encuentra un poco de paz, el cuerpo también descansa.

Hay canciones que me hacen llorar. Otras me recuerdan a las personas que ya no están. Algunas consiguen arrancarme una sonrisa cuando creía haberla perdido. Y muchas me devuelven las ganas de seguir escribiendo, de seguir soñando y de seguir creyendo que, incluso en los días más difíciles, siempre queda un motivo para levantarse.

La ciencia dice que la música reduce el estrés, mejora el estado de ánimo y ayuda a aliviar la ansiedad. Yo no necesito que me lo expliquen. Lo vivo cada día. Lo siento en mi propia piel. Es una terapia que llevo puesta desde que me levanto hasta que me acuesto.

Quizá por eso nunca me siento del todo sola. Porque siempre hay una voz, una guitarra, un piano o una letra que me recuerda que sigo aquí. Que sigo sintiendo. Que sigo viva.

La música ha llenado los huecos que dejó el silencio. Ha sido refugio cuando el miedo llamaba a la puerta, compañía cuando no podía salir de casa y fuerza cuando pensaba que ya no me quedaban energías.

Si algún día alguien me preguntara cuál ha sido una de las mejores medicinas que he encontrado en la vida, respondería sin dudarlo: la música.

Porque no necesita receta. No tiene efectos secundarios. Solo tiene una condición: abrir el corazón y dejar que una canción haga el resto.

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