Crónicas del Jardín de los Sueños II El lago donde dormían las palabras

El Jardín de los Sueños nunca era el mismo dos veces.

Cada amanecer nacía con un color distinto, como si el cielo decidiera pintar el mundo siguiendo el estado de ánimo de quienes lo habitaban.

Aquella mañana, sin embargo, ocurrió algo extraño.

Los pájaros dejaron de cantar.

Las mariposas permanecían inmóviles sobre las flores.

Hasta el viento parecía caminar de puntillas.

Liria sintió que el jardín respiraba con dificultad.

—¿Lo notas? —preguntó a Nilo.

El zorro levantó las orejas.

—El bosque está callado. Demasiado callado.

Bruno salió de su madriguera abrazando una cesta de pequeñas nueces donde guardaba las estrellas caídas.

—Anoche ninguna estrella descendió del cielo.

Eso nunca había sucedido.

Los cuatro fueron a buscar a Azalea, la anciana encina.

Su enorme tronco parecía más viejo que nunca.

Sus hojas caían lentamente, aunque todavía era primavera.

—Algo está ocurriendo —susurró el árbol—. Las palabras están desapareciendo.

—¿Cómo pueden desaparecer las palabras? —preguntó Iria.

Azalea cerró los ojos.

—Cuando las personas dejan de pronunciar las palabras importantes, estas buscan un lugar donde dormir para no morir del todo.

Liria sintió un escalofrío.

—¿Y dónde van?

La vieja encina señaló hacia el horizonte.

—Al Lago del Silencio.

Nadie del jardín había llegado jamás hasta allí.

Decían que era un lago tan transparente que reflejaba el alma en lugar del rostro.

Emprendieron el viaje antes del amanecer.

Atravesaron senderos cubiertos de lavanda, bosques donde los árboles inclinaban sus ramas para saludarlos y praderas donde miles de margaritas abrían paso a sus pies.

En el camino apareció Lumen, un diminuto colibrí de plumas turquesa que parecía hecho de luz.

—Llego demasiado tarde —dijo agitado—. Las palabras ya están cayendo al agua.

Voló delante de ellos.

Tras varias horas alcanzaron un lugar que ninguno imaginaba.

El lago parecía un espejo infinito.

No había una sola onda.

Ni un solo sonido.

Ni siquiera el canto de un insecto.

Liria se acercó despacio.

En la superficie comenzaron a aparecer palabras luminosas.

Gracias.

Abrazo.

Perdón.

Escucha.

Esperanza.

Amistad.

Flotaban lentamente hasta hundirse sin hacer ruido.

—¿Por qué se marchan? —preguntó Bruno.

Lumen respondió con tristeza.

—Porque cada día hay menos personas que las pronuncian con el corazón.

En ese instante el agua comenzó a oscurecerse.

Desde el fondo emergió una niebla gris.

No tenía rostro.

Ni manos.

Solo vacío.

Era el Olvido.

No hablaba.

Simplemente absorbía la luz de las palabras.

Una tras otra fueron apagándose.

Nilo intentó convencer a los árboles cercanos para que cantaran.

Pero también habían olvidado sus canciones.

Bruno abrió todas sus nueces.

Las estrellas iluminaron el lago durante unos segundos.

Sin embargo, la oscuridad regresó.

Menta llegó corriendo tan deprisa que levantó una lluvia de pétalos.

Canelo llenó el aire con la melodía más hermosa que había aprendido del amanecer.

Dalia hizo brotar miles de campanillas azules en la orilla.

Nada parecía suficiente.

Entonces Liria recordó algo que su abuela le había dicho cuando era pequeña:

«Las palabras más importantes nunca se gritan. Se regalan.»

Se volvió hacia cada uno de sus amigos.

Miró primero a Bruno.

—Gracias por enseñarme que los recuerdos felices nunca desaparecen.

Abrazó a Nilo.

—Gracias por escuchar incluso los silencios.

Sonrió a Iria.

—Gracias por recordarme que siempre existe un nuevo comienzo.

Tomó las manos de Dalia.

—Gracias por sembrar belleza incluso donde nadie la espera.

Acarició a Menta.

—Gracias por enseñarme que no siempre hay que correr para llegar.

Escuchó el canto de Canelo.

—Gracias por poner música donde solo había silencio.

Las palabras salieron de su boca convertidas en pequeñas mariposas doradas.

Volaron sobre el lago.

Una a una fueron despertando las palabras dormidas.

Miles de mariposas luminosas comenzaron a elevarse desde el agua.

En sus alas podían leerse palabras olvidadas.

Confianza.

Ternura.

Compasión.

Alegría.

Calma.

Bondad.

Ilusión.

Hogar.

El Olvido empezó a hacerse pequeño.

Cada palabra pronunciada con sinceridad lo volvía más transparente.

Hasta que terminó deshaciéndose como la niebla cuando sale el sol.

Entonces ocurrió el mayor milagro.

El lago dejó de reflejar rostros.

Comenzó a reflejar los vínculos invisibles que unen unos corazones con otros.

Liria vio un inmenso hilo dorado que la unía a todos sus amigos.

También descubrió millones de hilos cruzando el mundo entero.

Cada acto de bondad hacía brillar uno de ellos.

Azalea apareció lentamente entre los árboles.

Había caminado hasta allí por primera vez en siglos.

Sus hojas volvieron a ser verdes.

—Ya lo comprendéis —dijo sonriendo—. Las palabras son semillas invisibles. Cuando nacen del corazón, florecen incluso en los lugares donde parecía imposible que creciera la esperanza.

Aquella noche el Jardín de los Sueños recuperó su música.

Los pájaros volvieron a cantar.

Las flores abrieron sus pétalos.

Las estrellas descendieron otra vez hasta las manos de Bruno.

Y desde entonces, cuentan los viejos árboles que, cuando alguien pronuncia un «gracias», un «te quiero» o un «perdón» con absoluta sinceridad, en algún rincón del Jardín de los Sueños nace una nueva flor que nunca se marchita.

Porque las palabras, igual que los sueños, solo permanecen vivas cuando encuentran un corazón dispuesto a cuidarlas.

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