Gollita, la pequeña espigadora

Cuando el verano comenzaba a despedirse, los campos de trigo se vestían de oro. Tras la siega, quedaban algunas espigas olvidadas entre los surcos, como pequeños tesoros que aguardaban unas manos pacientes.

En un humilde pueblo vivía Gollita, una niña de ojos brillantes y corazón generoso. Cada amanecer salía con un pequeño cesto de mimbre para espigar. No recogía las mejores espigas, sino aquellas que todos habían dejado atrás. Mientras caminaba, saludaba al viento, a las alondras y a las amapolas que aún resistían junto a los caminos.

—Nada está perdido mientras alguien sepa verlo —decía sonriendo.

Los vecinos la observaban con ternura. Algunos pensaban que nunca reuniría suficiente trigo para hacer un solo pan. Pero Gollita nunca se desanimaba. Sabía que las cosas grandes nacen de pequeños gestos repetidos con amor.

Pasaron los días y su cesta fue llenándose poco a poco. Una espiga cada mañana, dos al mediodía, otra al caer la tarde. Cuando llegó el final de la cosecha, llevó todo el grano al viejo molino.

El molinero, sorprendido, le preguntó:

—¿Cómo has conseguido tanto si solo recogías lo que otros despreciaban?

Gollita respondió:

—Porque ninguna espiga es pequeña cuando se recoge con gratitud.

Con aquella harina horneó varios panes. Podría haberlos guardado para ella, pero recorrió el pueblo repartiendo uno a cada familia que más lo necesitaba. El aroma del pan recién hecho llenó las calles, y con él llegó una alegría que nadie esperaba.

Aquella noche, el anciano del pueblo señaló el cielo y dijo:

—Las estrellas también parecen espigas sembradas por Dios.

Desde entonces, cuando terminaba cada cosecha, los campesinos dejaban algunas espigas en el campo para quien las necesitara. No era por obligación, sino porque habían aprendido que compartir nunca empobrece.

Y cuentan que, cuando el viento mueve suavemente los trigales, todavía puede verse a una niña con un pequeño cesto de mimbre caminando entre las espigas doradas. Es Gollita, la espigadora, recordándonos que el verdadero valor no está en lo mucho que se posee, sino en el amor con el que se recoge y se comparte.

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