
Querido cuerpo:
Hoy necesito hablar contigo.
Y no sé hacerlo de otra manera que desde la rabia.
Estoy enfadada contigo.
Muy enfadada.
Porque llevo toda una vida intentando que caminemos juntos y siento que, demasiadas veces, tú me llevas la contraria.
Yo quiero ir y tú no puedes.
Yo quiero caminar y tú te paras.
Yo quiero correr y tú apenas avanzas.
Yo quiero disfrutar y tú me recuerdas que cada paso tiene un precio.
Y estoy cansada.
Muy cansada.
Cansada de esta amalgama de huesos, músculos, pies y dolores que parece haberse convertido en el límite de mis sueños.
Cansada de caminar despacio.
Tan despacio que a veces siento que el mundo corre mientras yo intento alcanzarlo.
Cansada de mirar una distancia y preguntarme:
«¿Podré llegar?»
Cansada de pensar dónde sentarme.
Dónde apoyarme.
Quién podrá ayudarme.
Qué pasará si me caigo.
Y sobre todo, cansada de caerme.
Porque cada caída no es solamente un golpe.
Es el miedo.
Es el dolor.
Es el recuerdo de otras caídas.
Es preguntarme cuánto tiempo tardaré esta vez en volver a estar bien.
Y es esa sensación terrible de que mi cuerpo se está convirtiendo poco a poco en una frontera.
Una frontera que no he elegido.
Una frontera que no quiero.
Yo tengo ganas.
¡Tengo tantas ganas!
Ganas de caminar por la montaña.
De perderme por un sendero.
De meterme en el agua sin necesitar que alguien me ayude.
De caminar por la arena sin sentir que cada paso es una batalla.
De estar de pie en un concierto y disfrutar sin pensar cuándo empezarán a fallarme los pies.
De viajar.
De descubrir.
De vivir.
Pero tú siempre vienes conmigo.
Y a veces siento que vienes a recordarme todo lo que ya no puedo hacer.
Y eso me duele.
Me duele más de lo que puedo explicar.
Porque mi cabeza sigue teniendo sueños.
Mi corazón sigue teniendo ganas.
Pero mis piernas tienen límites.
Y yo me encuentro atrapada entre lo que quiero hacer y lo que puedo hacer.
Qué rabia.
Qué impotencia.
Qué injusticia.
Durante años he aprendido a aguantar.
A apretar los dientes.
A levantarme.
A continuar.
A decir «puedo».
Incluso cuando no podía.
He sido una jabata tantas veces que ahora parece que no tengo derecho a estar cansada.
Pues sí.
Estoy cansada.
Estoy cansada de ser fuerte.
Cansada de demostrar que puedo.
Cansada de tener que convertir cada pequeña hazaña en una victoria.
Porque para mí caminar unos metros puede ser una victoria.
Pero yo no quiero que caminar sea una hazaña.
Quiero que sea simplemente caminar.
Quiero salir por la puerta sin hacer cálculos.
Quiero que mi cuerpo no sea lo primero que tengo que pensar cada mañana.
Quiero levantarme y pensar en el día.
No en el dolor.
No en el equilibrio.
No en los pies.
No en las caídas.
No en lo que podré o no podré hacer.
Y hoy, cuerpo mío, estoy enfadada contigo.
Pero también tengo que decirte algo:
No te odio.
Porque tú y yo hemos llegado hasta aquí juntos.
Has soportado conmigo enfermedades, operaciones, golpes, dolores, cansancio y años de lucha.
Y aunque muchas veces te maldiga, también sé que gracias a ti sigo aquí.
Por eso no quiero abandonarte.
Quiero ayudarte.
Quiero cuidarte.
Quiero buscar todas las posibilidades que existan para que podamos vivir mejor.
Porque quizá el objetivo ya no sea pedirte que seas un cuerpo que no eres.
Quizá el objetivo sea conseguir que este cuerpo que tengo pueda acompañarme de una manera más amable.
Con menos dolor.
Con más estabilidad.
Con más seguridad.
Con más autonomía.
No quiero que nadie me diga simplemente que tengo que acostumbrarme.
Porque llevo toda una vida acostumbrándome.
Ahora quiero otra cosa.
Quiero soluciones.
Quiero que me escuchen.
Quiero que miren mi caso entero, no solamente una parte de mí.
Quiero que alguien me diga si existe otra posibilidad.
Si hay algo que pueda mejorar.
Si hay una manera de que caminar no sea esta batalla diaria.
Porque todavía tengo mucho que vivir.
Todavía quiero ver amaneceres.
Todavía quiero viajar.
Todavía quiero reírme con mis amigas.
Todavía quiero sentir la arena bajo mis pies.
Todavía quiero mirar una montaña y pensar:
«Voy a intentarlo».
Y si algún día no puedo hacerlo, quiero que sea porque simplemente no me apetece.
No porque mi cuerpo me lo prohíba.
Así que sí, querido cuerpo:
Hoy estoy enfadada contigo.
Hoy tengo rabia.
Hoy tengo dolor.
Hoy estoy harta.
Hoy me permito llorar.
Pero mañana volveremos a hablar.
Y quizá mañana, aunque sea despacio, aunque sea con ayuda, aunque tengamos que buscar un camino diferente…
volveremos a caminar.
Porque yo todavía no me he rendido.
Solo estoy cansada de luchar.
Y hay una diferencia enorme.
No quiero rendirme.
Quiero dejar de sufrir tanto.