

Durante mucho tiempo pensé que sanar significaba dejar atrás el dolor.
Como si para estar bien tuviera que borrar las heridas, olvidar las derrotas, cerrar todas las puertas del pasado y caminar hacia delante sin mirar atrás.
Hoy sé que no.
Sanar también es aceptar.
Aceptar que hubo momentos en los que no pude más.
Que hubo batallas que perdí.
Que hubo personas que me hicieron daño.
Que hubo decisiones que quizá hoy tomaría de otra manera.
Que hubo días en los que me rompí por dentro y tuve que recoger mis propios pedazos.
Y también aceptar mis cicatrices.
Porque las cicatrices no son solamente la marca de aquello que nos hizo daño. Son la prueba de que, de alguna manera, sobrevivimos a aquello que pensábamos que no íbamos a poder soportar.
Mi camino nunca fue recto
Si miro hacia atrás, mi vida no parece un camino perfectamente trazado.
Ha habido curvas, piedras, tropiezos, pérdidas, miedo, dolor, frustración y momentos en los que tuve que empezar de nuevo.
No ha sido un camino fácil.
Tampoco ha sido perfecto.
Pero ha sido mi camino.
Y ahora empiezo a entender algo que antes me costaba aceptar: quizá no tenía que haber sido diferente.
Porque cada caída me enseñó algo.
Cada derrota me obligó a conocerme un poco más.
Cada herida me hizo descubrir una parte de mí que desconocía.
Cada vez que tuve que reconstruirme, aprendí que podía hacerlo.
A veces más despacio.
A veces llorando.
A veces con miedo.
Pero podía.
No quiero borrar a la mujer que fui
Durante mucho tiempo quise dejar atrás determinadas etapas de mi vida.
Hoy ya no quiero borrarlas.
Quiero mirarlas con ternura.
Mirar a aquella mujer que fui y decirle:
«Hiciste lo que pudiste con las herramientas que tenías.»
No quiero juzgarla desde la experiencia que tengo hoy.
Porque ella todavía no sabía muchas de las cosas que yo sé ahora.
Ella todavía estaba aprendiendo.
Ella también tenía miedo.
Ella también se equivocó.
Ella también tuvo que levantarse.
Y gracias a ella estoy aquí.
Por eso no reniego de mi pasado.
No porque todo haya sido bonito.
Sino porque todo forma parte de mí.
Reconstruirse no significa volver a ser la misma
Hay algo hermoso en reconstruirse.
Cuando vuelves a levantarte, no tienes por qué volver a ser quien eras antes de romperte.
Puedes ser alguien nuevo.
Alguien más consciente.
Más fuerte.
Más libre.
Más compasiva contigo misma.
Quizá sanar no consiste en reconstruir exactamente la persona que eras, sino en construir una versión de ti que conoce sus heridas y, aun así, decide seguir viviendo.
Una versión que ya no necesita esconder sus cicatrices.
Que puede decir:
«Sí, esto me dolió.»
«Sí, esto me rompió.»
«Sí, aquí perdí.»
Y después añadir:
«Pero aquí estoy.»
Y también sé divertirme
Porque reconstruirse no significa vivir eternamente mirando las heridas.
También he aprendido que la vida está hecha para disfrutarla.
Para reír.
Para bailar.
Para compartir una noche con amigos.
Para emocionarse con una canción.
Para brindar por estar aquí.
Para guardar fotografías de esos momentos que, aunque parezcan pequeños, terminan convirtiéndose en grandes recuerdos.
Y yo también sé hacerlo.
Sé disfrutar de una noche de concierto, de la música, del ambiente, de la compañía y de esa sensación maravillosa de estar viviendo el momento.
Hace poco pude disfrutar de un concierto solidario de Manos Unidas, rodeada de amigos, compartiendo risas y buenos momentos.
Y entre todos los grupos que actuaron hubo uno que me conquistó especialmente: Cerrados en Banda.
Me gustaron muchísimo.
Tanto que aquella noche terminó con uno de esos recuerdos que quiero guardar: una fotografía junto al cantante.
Y me gusta que esa fotografía exista.
Porque también cuenta quién soy.
No solamente la mujer que ha sufrido.
No solamente la mujer que ha tenido que luchar.
No solamente mis caídas, mis limitaciones, mis miedos o mis cicatrices.
También soy esta mujer que sonríe.
La que se arregla para salir.
La que disfruta de una buena conversación.
La que se emociona con la música.
La que se hace una foto con el cantante del grupo que le ha encantado.
La que brinda.
La que ríe.
La que quiere seguir acumulando momentos bonitos.
Porque después de tantas batallas, también me merezco celebrar las pequeñas victorias.
Y una de ellas es simplemente poder estar ahí.
Viviendo.
Sintiendo.
Compartiendo.
Disfrutando.
Mis cicatrices también cuentan mi historia
Hoy miro mis cicatrices de otra manera.
No son algo que tenga que esconder.
Son capítulos de mi historia.
Algunas se ven.
Otras no.
Hay heridas que están en el cuerpo y otras que viven en lugares que nadie puede ver.
Pero todas hablan de una mujer que ha tenido que aprender a resistir.
Y no quiero convertir mi vida en una historia de perfección.
Quiero convertirla en una historia de resiliencia.
Porque ser resiliente no significa no caer.
Significa aprender a levantarse.
No significa no sentir dolor.
Significa atravesarlo sin dejar que nos quite para siempre las ganas de seguir.
No significa olvidar.
Significa recordar sin permitir que el pasado decida todo nuestro futuro.
Si mi pasado hubiera sido diferente, yo también sería diferente
Y esta es quizá la parte más difícil de aceptar.
Si pudiera cambiar algunas cosas de mi pasado, probablemente lo haría.
Hay heridas que jamás habría elegido.
Hay caminos que ojalá no hubiera tenido que recorrer.
Hay momentos que habría querido evitar.
Pero entonces pienso:
Si todo aquello no hubiera ocurrido, yo tampoco sería la mujer que soy hoy.
Sería otra.
Porque la mujer que soy hoy está hecha también de todo aquello que tuvo que superar.
De las veces que dijo «no puedo» y terminó pudiendo.
De las veces que tuvo miedo y siguió adelante.
De las veces que se sintió rota y volvió a juntar sus pedazos.
De las veces que tuvo que empezar otra vez.
Y también de las veces que decidió dejar de luchar por un instante y simplemente disfrutar de la vida.
Hoy me reconstruyo, pero también vivo
No soy una mujer sin cicatrices.
Soy una mujer que ha aprendido a caminar con ellas.
No soy la mujer que soñaba ser hace años.
Soy la mujer que la vida, con sus golpes y sus regalos, ha ido construyendo.
Y quizá eso también sea sanar.
Dejar de exigirnos ser quienes imaginamos que deberíamos haber sido y empezar a abrazar a quienes realmente somos.
No necesito borrar mis derrotas para sentirme vencedora.
Porque algunas de mis mayores victorias nacieron precisamente después de mis derrotas.
No necesito esconder mis cicatrices.
Porque cuentan que estuve allí.
Que dolió.
Que caí.
Que lloré.
Que tuve miedo.
Y que, aun así, seguí.
Pero hoy también puedo decir algo más:
He aprendido a celebrar que sigo aquí.
A disfrutar de una noche con amigos.
A cantar.
A reír.
A emocionarme con un concierto.
A hacerme una foto.
A brindar por los buenos momentos.
Porque sanar también es eso:
reconstruirte sin olvidarte de vivir.
Hoy miro hacia atrás y no veo solamente heridas.
Veo camino.
Veo aprendizaje.
Veo reconstrucción.
Veo momentos difíciles, pero también veo noches felices.
Veo lágrimas, pero también sonrisas.
Veo derrotas, pero también pequeñas victorias.
Veo una mujer que no llegó hasta aquí por un camino recto, ni fácil, ni perfecto.
Llegó atravesando curvas, piedras, tormentas y cicatrices.
Pero llegó.
Y esa mujer soy yo.
Y hoy, por fin, puedo mirarla con orgullo.
Porque no necesito tener una historia perfecta.
Me basta con tener una historia que sea mía.