
Hoy me he sentido inútil.
Así, sin adornos.
Al salir del trabajo no podía girar el pomo del portal. Ya no llevo la férula: estoy de alta de la fractura del quinto metacarpiano y todavía me queda por delante la rehabilitación en el hospital. Pero la mano izquierda aún me duele, está limitada y algunos movimientos tan sencillos como girar un pomo siguen costándome.
La derecha, con mi hemiparesia, tampoco puede hacer aquello que para cualquier otra persona parece tan sencillo.
Y tuve que llamar a mi hermana para que bajara a abrirme.
Por un instante me sentí pequeña.
No por necesitar ayuda.
Sino por necesitarla para algo tan cotidiano como abrir una puerta.
Ya me había pasado algo parecido con la puerta de casa y con las llaves. De aquellas dificultades salió, al menos, algo bueno: en la comunidad pusieron una llave electrónica para entrar y un timbre para salir.
Una solución sencilla para algo que antes parecía imposible.
Quizá la vida sea también eso: encontrar otra manera cuando la manera de siempre deja de funcionar.
Pero últimamente son demasiadas cosas juntas.
Camino despacio. Mucho más despacio de lo que me gustaría. A veces voy tambaleándome. Tengo miedo de volver a caer. Mi equilibrio no siempre acompaña y mi cuerpo parece ponerme obstáculos a cada paso.
Y estoy cansada.
Cansada de tener que calcular cómo hacer las cosas.
Cansada de depender.
Cansada de sentir que mi cuerpo va por un lado y mis ganas por otro.
También están las preocupaciones económicas, esa sensación de no haber sabido prever suficientemente el futuro y de no saber muy bien cómo encajar todas las piezas.
Y hasta desprenderme de mis cosas tiene algo de contradicción.
Regalo lo que ya no necesito. A veces pienso que, si voy a malvenderlo, prefiero regalarlo. Me gusta imaginar que aquello que un día fue mío puede hacer feliz a otra persona. Como ahora, que algunas cosas irán a parar a la sobrina pequeña de mi amiga Virginia.
Y no me arrepiento.
Lo doy con gusto.
Porque quizá desprenderse también sea aprender que no todo lo que hemos acumulado tiene que seguir acumulándose con nosotros.
Pero hay otras cosas que sí me cuesta soltar.
La autonomía.
La agilidad.
La seguridad al caminar.
La sensación de poder valerme por mí misma.
Esas son las que duelen.
Y en medio de todo esto, a veces me miro y pienso:
¿Cómo encajo yo ahora en mi propia vida?
No tengo una respuesta perfecta.
Pero quizá no tenga que encajar como antes.
Quizá tenga que aprender una nueva forma de estar.
Una forma más lenta. Más consciente. Más acompañada.
Y eso no significa rendirse.
Resistir no siempre es levantarse con fuerza, sacudirse el polvo y seguir corriendo.
A veces resistir es llamar a tu hermana para que te abra una puerta.
Aceptar que necesitas una mano.
Sentarte un momento.
Llorar si hace falta.
Descansar.
Y al día siguiente volver a intentarlo.
Porque no quiero convertir mi vida en una competición contra mi propio cuerpo.
Quiero vivirla.
Con mis limitaciones, sí.
Con mis cicatrices.
Con mis pasos lentos.
Con mis tropiezos.
Con las puertas que ahora necesito que otros me ayuden a abrir.
Pero también con todo lo que todavía puedo abrir yo.
Una conversación.
Un libro.
Una ventana.
Una página en blanco.
Una carcajada.
Un abrazo.
Una tarde de teatro.
Una noche de Feria de San Miguel en Úbeda.
La música.
La gente que quiero.
Mis amigos.
Mi familia.
Y también mi fe, que en los momentos en que todo parece demasiado pesado me recuerda que no estoy sola.
Esas personas que no me miran como un cuerpo defectuoso, sino como Elena.
La que escribe.
La que pinta.
La que se ríe.
La que protesta.
La que se enfada.
La que se cae.
La que vuelve a levantarse.
La que, incluso estando agotada, todavía quiere bailar.
Porque se acerca la Feria de San Miguel.
Y habrá teatro.
Y habrá encuentros.
Y habrá momentos que quizá duren solamente unas horas, pero que después se quedan dentro para mucho tiempo.
Y pienso que, si la vida me está obligando a ir más despacio, yo decidiré dónde quiero detenerme.
No puedo controlar todas las piedras del camino.
No puedo evitar todas las caídas.
No puedo hacer que mi cuerpo sea el de hace unos años.
Pero todavía puedo elegir qué hago con el tiempo que tengo.
Puedo seguir queriendo.
Puedo seguir creando.
Puedo seguir regalando.
Puedo seguir riendo.
Puedo seguir saliendo.
Puedo seguir celebrando.
Y cuando llegue la música, aunque mis pasos sean torpes y mi equilibrio no sea perfecto, bailaré como pueda.
Porque no quiero que mi vida se convierta en una lista de cosas que ya no puedo hacer.
Quiero que también sea una colección de cosas que sí hice.
De lugares donde estuve.
De personas con las que reí.
De canciones que bailé.
De abrazos que recibí.
De noches que merecieron la pena.
De historias que todavía tengo que escribir.
Así que sí.
Estoy cansada.
Hoy me siento vulnerable.
Hoy me ha dolido necesitar ayuda para abrir una puerta.
Pero esto no es el final de mi historia.
Es solamente un capítulo difícil.
Y los capítulos difíciles también se pasan.
Quizá no vuelva a caminar como antes.
Quizá algunas cosas tenga que hacerlas de otra manera.
Pero mientras haya una canción sonando, una página esperando, un escenario, una feria, un amigo que me abrace, una familia que me sostenga cuando flaquee y una fe que me dé fuerza…
que me quiten lo bailao.
Que se pare el mundo entero.
Yo, mientras tanto, seguiré viviendo.
A mi ritmo.
A mi manera.
Con mis grietas.
Con mis miedos.
Con mis ganas.
Y, sobre todo, con todo lo que todavía me queda por bailar.