El día en que volvió a extender las alas

Había una vez un pájaro que algunos días olvidaba que sabía volar. Sus alas seguían allí, aunque ciertas mañanas parecían hechas de plomo. Ayer no pudo levantarlas. Permaneció sobre una rama baja, contemplando un cielo que parecía demasiado alto. Abajo, el sendero serpenteaba entre piedras. Las había grandes, pequeñas, lisas, afiladas. Algunas llevaban tanto tiempo allí que la hierba había empezado a cubrirlas. El pájaro conocía aquel paisaje. Conocía también el miedo. Por eso ayer no fue más allá de su rama. Mientras la tarde se apagaba, un erizo cruzó lentamente entre las hojas, llevando su pequeño mundo a cuestas. El pájaro lo observó y, por un instante, sintió que no era el único que avanzaba con esfuerzo.

Al amanecer, una gota de rocío resbaló por su pluma. Abrió los ojos. El cielo seguía en el mismo sitio. Las piedras también. Bajó de la rama y siguió el sendero. No apartó los obstáculos ni intentó convertirlos en otra cosa; simplemente buscó el hueco por el que continuar. Cerca de un arroyo, una ardilla saltaba de una rama a otra con una agilidad que parecía imposible. Más adelante, un conejo desapareció entre los matorrales y volvió a asomar la cabeza unos metros después, como si el bosque estuviera lleno de puertas secretas. El pájaro siguió adelante, atento a todo aquello que se movía a su alrededor.

Al doblar un recodo encontró una puerta entreabierta. Del otro lado llegaba una música que no conocía. Se acercó, escuchó durante un instante y entró. La melodía dejó una pequeña luz encendida dentro de él. Afuera, unas mariposas revoloteaban sobre las flores y un zorro apareció brevemente entre los árboles, silencioso y curioso, antes de perderse de nuevo entre la maleza. Todo parecía decirle que todavía quedaban rincones desconocidos, senderos que no figuraban en ningún mapa y horizontes que merecía la pena descubrir.

El día siguió creciendo y, al borde de un claro, un ciervo levantó la cabeza al escuchar sus pasos. Durante unos segundos se miraron. Después el animal continuó su camino con esa serenidad de quien conoce el bosque y no necesita apresurarse. El pájaro también siguió. Había voces lejanas, sombras conocidas y rostros que apenas comenzaban a dibujarse en su horizonte, pero no necesitaba ponerles nombre. Le bastaba con sentir que el mundo seguía ofreciéndole encuentros, música, caminos y posibilidades.

Cuando el sol comenzó a esconderse detrás de las montañas, regresó a la rama. Estaba cansado, muy cansado, pero antes de cerrar los ojos miró hacia arriba. En una rama cercana, un búho permanecía despierto, inmóvil bajo la luz de la tarde. Parecía guardar la noche antes de que llegara. Una corriente de aire pasó entre los árboles y las plumas de las alas del pájaro se estremecieron. Primero abrió una, luego la otra, despacio, como quien vuelve a abrir una ventana después de una larga tormenta. El viento entró y el pájaro se dejó llevar.

Durante un instante, el sendero quedó muy abajo. Las piedras eran pequeñas, casi diminutas. No habían cambiado; solo se veían diferentes desde allí. Sobre el claro, las mariposas habían desaparecido entre las flores y el ciervo buscaba ya un lugar donde pasar la noche. El zorro se había escondido entre los árboles y el erizo dormía bajo un montón de hojas. Cada criatura encontraba su manera de atravesar el bosque.

El pájaro descendió antes de que llegara la oscuridad y volvió a su rama. Recogió las alas y se quedó mirando las primeras estrellas. Mañana quizá el viento cambie, quizá vuelvan las nubes, quizá tenga que permanecer otra vez cerca del suelo. No parecía importarle. Había descubierto que el cielo no desaparece porque un día no podamos alcanzarlo.

Y mientras la noche extendía lentamente su manto sobre los árboles, el búho abrió las alas y se perdió entre las sombras. El pájaro cerró los ojos. Una pluma suelta cayó suavemente sobre la rama.

Debajo, el bosque seguía respirando.

El erizo dormía.

El ciervo descansaba.

La ardilla se escondía entre las ramas.

Y, en algún lugar, el zorro seguía recorriendo silenciosamente sus propios caminos.

El pájaro también descansó.

Mañana sería otro día.

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