






Hay caminos que creemos haber recorrido por casualidad y que, muchos años después, descubrimos que estaban dibujando una historia.
Yo nací en Sevilla en 1966, pero desde hace veinte años vivo en Úbeda, el pueblo de mi madre. Y quizá mi relación con esta ciudad comenzó mucho antes de que imaginara que algún día acabaría viviendo aquí.
Cuando era niña, pasaba los veranos en la casa de mi abuela en Úbeda junto a mi hermano Pablo. Durante aquellos veranos íbamos a los Salesianos a estudiar y a recibir clases de refuerzo para preparar los exámenes de septiembre en Sevilla.
Todavía recuerdo aquel camino.
Para llegar al colegio atravesábamos un descampado. Éramos dos niños caminando hacia los Salesianos sin poder imaginar que, muchos años después, aquel lugar iba a volver a formar parte de mi vida de una manera completamente distinta.
Ayer regresé a los Salesianos.
Pero ya no era aquella niña.
Y delante de mí estaba el Cristo de la Noche Oscura.
Una tarde especial
Fui a misa acompañada por mi amiga Virginia y por su sobrino Tomás.
Y después tuve la oportunidad de acompañar al Cristo en su traslado desde los Salesianos hasta la iglesia de San Miguel, de los Carmelitas Descalzos, dentro de las celebraciones del Jubileo de San Juan de la Cruz.
Mientras caminaba detrás de Él, pensé en todas esas cosas que la vida va colocando unas junto a otras sin que nosotros comprendamos inmediatamente su significado.
Los Salesianos de mi infancia.
Los Salesianos de ayer.
Úbeda, la ciudad de mi madre.
Los Carmelitas.
San Juan de la Cruz.
Y dos Cristos que, aunque son diferentes, han terminado ocupando un lugar especial en mi corazón.
El Cristo de la Noche Oscura
El Cristo que acompañábamos es el Cristo de la Noche Oscura, obra de Francisco Palma Burgos, de 1966.
La Cofradía Penitencial del Cristo de la Noche Oscura nació también en 1966, vinculada al colegio Salesiano, y la imagen está profundamente relacionada con San Juan de la Cruz y con su espiritualidad. La Cofradía conserva además una reliquia del santo en el frontal de las andas.
Contemplarlo de cerca impresiona.
No es una imagen que necesite adornos para hablar.
Su cuerpo vencido sobre la cruz, su cabeza inclinada y aquel rostro sereno transmiten una sensación de silencio profundo.
Es un Cristo que parece invitar a detenerse.
A mirar.
A permanecer unos instantes en silencio.
Y entonces entiendo mejor su nombre:
Noche Oscura.
Porque San Juan de la Cruz sabía que existen noches que no son solamente ausencia de luz.
Hay noches interiores.
Momentos en los que no sabemos hacia dónde caminar.
Momentos en los que parece que todo se vuelve oscuro.
Pero la noche de San Juan de la Cruz no es una noche sin esperanza.
Es un camino.
Y al otro lado del camino estaba el Cristo de la Buena Muerte
Mientras acompañaba al Cristo de la Noche Oscura hacia los Carmelitas, inevitablemente pensé en otro Cristo.
El Cristo de la Buena Muerte de San Miguel.
Es una imagen diferente, realizada por Enrique Pariente Sanchís en 1943, y es titular de la Cofradía del Cristo de la Buena Muerte, Cofradía Carmelitana de Silencio.
Pero este Cristo ya formaba parte de mi memoria.
Hace unos años tuve la oportunidad de vivir una Semana Santa de una manera que nunca olvidaré: desde dentro del convento de los Carmelitas.
Estuve allí desde el Miércoles Santo hasta el Domingo de Resurrección.
Y recuerdo especialmente el Jueves Santo.
Desde arriba, detrás de las rejas de un pequeño oratorio, contemplé cómo el Cristo de la Buena Muerte salía de la iglesia de San Miguel.
Aquella escena me produjo un escalofrío.
Todavía puedo recordarlo.
El Cristo saliendo.
Las rejas.
La iglesia.
El silencio.
Y aquella sensación difícil de explicar con palabras.
Quizá porque no estaba contemplándolo simplemente desde la calle.
Lo estaba viendo desde dentro del convento, desde un lugar íntimamente unido a la historia del Carmelo y de San Juan de la Cruz.
Aquel momento se quedó conmigo.
Dos Cristos
Ahora sé que son dos imágenes diferentes.
El Cristo de la Noche Oscura, en los Salesianos.
El Cristo de la Buena Muerte, en los Carmelitas.
Dos escultores.
Dos épocas.
Dos cofradías.
Pero hay algo que los une:
el silencio.
El recogimiento.
La contemplación.
La cruz.
La muerte.
Y una espiritualidad que encuentra en el silencio un lenguaje que no necesita palabras.
Por eso me gustan los dos.
No siento que tenga que elegir.
Cada uno guarda para mí una emoción diferente.
El Cristo de la Buena Muerte guarda aquel recuerdo imborrable de mi Semana Santa dentro del convento.
El Cristo de la Noche Oscura acaba de regalarme una experiencia nueva: caminar detrás de Él desde los Salesianos hasta los Carmelitas.
Y entre ambos aparece una figura que lo conecta todo.
San Juan de la Cruz
San Juan de la Cruz murió en Úbeda en 1591.
Aquí terminó su camino.
Aquí está San Miguel.
Aquí estuvieron sus últimos días.
Aquí permanece viva su memoria.
Y quizá no haya mejor manera de acercarse a él que caminando detrás de un Cristo llamado Noche Oscura.
Porque la noche es una de las grandes imágenes de su poesía.
Pero cuando pienso en San Juan de la Cruz, no pienso solamente en oscuridad.
Pienso en alguien que supo encontrar luz dentro de la noche.
Y eso me conmueve profundamente.
Porque todos tenemos nuestras noches.
Hay noches de dolor.
De pérdidas.
De cansancio.
De incertidumbre.
De miedo.
Hay momentos en que avanzar cuesta.
Pero quizá la enseñanza de San Juan de la Cruz sea precisamente esa:
seguir caminando aunque todavía no veamos la luz.
De Sevilla a Úbeda
Y mientras caminaba ayer, pensé también en la niña que fui.
Una niña nacida en Sevilla en 1966.
Una niña que pasaba los veranos en Úbeda, en la casa de su abuela, junto a su hermano Pablo.
Una niña que atravesaba un descampado para llegar a los Salesianos a estudiar.
Aquella niña no podía imaginar que, muchos años después, viviría en Úbeda.
No podía imaginar que caminaría detrás de un Cristo por las calles de esta ciudad.
No podía imaginar que conocería el interior del convento de los Carmelitas.
Ni que un día contemplaría desde detrás de unas rejas la salida del Cristo de la Buena Muerte.
Ni que terminaría sintiendo una conexión tan fuerte con el Cristo de la Noche Oscura.
A veces pienso que quizá los caminos de la infancia nunca desaparecen del todo.
Solo esperan.
Una ciudad, dos Cristos y una misma noche
Ayer, al acompañar al Cristo de la Noche Oscura hasta los Carmelitas, tuve la sensación de que se cerraba un círculo.
Los Salesianos de mi infancia.
Los Salesianos de ayer.
El Cristo de la Noche Oscura.
El Cristo de la Buena Muerte.
El convento.
San Juan de la Cruz.
Sevilla.
Úbeda.
Mi pasado y mi presente caminando juntos.
Y pensé en aquel descampado que atravesaba de niña.
Quizá entonces ya estaba recorriendo, sin saberlo, uno de esos caminos que después adquieren significado cuando miramos hacia atrás.
Ahora sé que el Cristo de la Noche Oscura y el Cristo de la Buena Muerte no son el mismo.
Y precisamente por eso me gustan los dos.
Uno me habla desde la noche.
El otro desde la muerte.
Pero ambos me hablan desde el silencio.
Y quizá sea ese silencio el que me permite escuchar algo más profundo.
Algo que San Juan de la Cruz dejó escrito hace siglos y que todavía parece resonar por las calles de Úbeda:
que incluso en la noche más oscura puede existir un camino.
Y que a veces necesitamos caminar un trecho en silencio para descubrir que la luz siempre estuvo allí.
Y ahora quiero formar parte de ese camino
Después de la experiencia de ayer, he tomado una decisión que me nace del corazón:
quiero hacerme hermana de la Cofradía Penitencial del Cristo de la Noche Oscura.
Quizá sea una manera de continuar aquel camino que empezó, sin yo saberlo, cuando una niña sevillana atravesaba un descampado para ir a los Salesianos.
Quizá sea una manera de abrazar la Úbeda que me acogió hace veinte años.
Quizá sea una manera de acercarme un poco más a San Juan de la Cruz.
O quizá, sencillamente, sea porque ayer, caminando detrás de aquel Cristo, sentí que estaba exactamente donde tenía que estar.
Y hay sensaciones que no necesitan más explicación.




