¿Hasta dónde podemos llegar?

Quizás os sorprenda este artículo. Y me esté suicidándo como escritora. Como una escritora convencional. Yo empecé siendo una escritora al uso. Pero descubrí una herramienta fantástica que organizaba mi caos. Que utilizaba como se puede utilizar un ordenador. Hay quien escribe a mano, quien escribe a ordenador. Pues la IA es eso una herramienta a nuestro servicio. Y no al revés. Depende de quien la utiliza. Si es verdad que consume mucha energía y nos estamos cargando el planeta. Pero al igual que con los plásticos. El humo de los coches. Está rebasando nuestros límites, sí. A veces se sale de su cauce, Sí. Controlemos eso. Los desajustes. Es algo muy nuevo todavía. Hay que ponerle límites. Sí. Pero para una discapacitada es una herramienta, tal como yo la uso, que organiza mis pensamientos en el papel. Y los hace legible. Para mí. Yo lo veo algo legítimo. El uso que hago.

Tecnología, planeta y humanidad

En mi anterior reflexión hablaba del respeto que debemos tener por el mundo que habitamos.

Hoy quiero ir un poco más allá.

A veces me pregunto si la especie humana será capaz de sobrevivir a sí misma.

Los dinosaurios desaparecieron. Durante millones de años dominaron la Tierra y, sin embargo, un día dejaron de estar. La vida continuó. La naturaleza encontró otros caminos.

¿Podría sucedernos algo parecido?

Quizá dentro de millones de años alguien —si queda alguien capaz de mirar hacia atrás— encuentre las huellas de nuestra civilización y se pregunte cómo pudo desaparecer una especie que llegó tan lejos en la ciencia y en la tecnología.

Una especie capaz de viajar al espacio.

De curar enfermedades que durante siglos fueron mortales.

De comunicarse instantáneamente con cualquier rincón del planeta.

De crear inteligencia artificial.

Y, al mismo tiempo, incapaz de ponerse de acuerdo para proteger la casa en la que vive.

Porque hay algo que me desconcierta.

¿De qué sirve alcanzar las estrellas si destruimos el suelo que pisamos?

¿De qué sirve tanta tecnología si no somos capaces de utilizarla sin perjudicar al planeta?

La ciencia no es el enemigo. La tecnología tampoco.

El problema quizá esté en nosotros.

En la manera en que utilizamos aquello que hemos creado.

La inteligencia artificial y mis propias contradicciones

Y aquí aparece una pregunta que me afecta personalmente.

Yo utilizo inteligencia artificial.

Y no voy a esconderlo.

La utilizo porque me ayuda.

Me ayuda especialmente porque para mí escribir no siempre resulta sencillo. Hay momentos en los que tengo las ideas en la cabeza, pero convertirlas en un texto ordenado puede ser complicado.

La inteligencia artificial me ayuda a organizar esas ideas, a estructurarlas, a corregir faltas de ortografía, a encontrar una forma más clara de expresar aquello que quiero decir.

Y entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Estoy engañando a mis lectores?

¿Debería volver a escribir con errores?

¿Debería renunciar a una herramienta que me facilita la escritura para demostrar que soy una escritora auténtica?

¿Una persona que utiliza gafas deja de ver por sí misma?

¿Una persona que utiliza un ordenador deja de escribir?

¿Un fotógrafo deja de ser fotógrafo porque utiliza una cámara digital en lugar de una analógica?

Entonces, ¿por qué debería dejar de ser escritora porque utilizo una herramienta que me ayuda a transformar mis pensamientos en palabras?

Quizá la cuestión no sea utilizarla o no utilizarla.

Quizá la cuestión sea para qué la utilizamos.

Hay una diferencia enorme entre pedirle a una máquina que invente una historia que nunca hemos pensado y utilizarla para ayudarnos a expresar una historia que llevamos dentro.

Mis experiencias son mías.

Mis recuerdos son míos.

Mis emociones son mías.

Mis preguntas también son mías.

La máquina puede ayudarme a ordenar las palabras, pero no puede vivir mi vida por mí.

No puede sentir lo que yo siento.

No puede recordar por mí.

No puede haber estado allí.

Y quizá ahí esté el límite que estoy buscando.

La tecnología puede ayudarme a escribir, pero no puede sustituir aquello que tengo que contar.

¿Estamos utilizando la tecnología o es ella quien empieza a utilizarnos?

Esta pregunta también me inquieta.

Cada nueva herramienta tiene un precio.

Consume energía. Utiliza recursos. Necesita enormes infraestructuras.

Y mientras nosotros celebramos cada avance tecnológico, el planeta continúa soportando nuestra huella.

Por eso creo que debemos hacernos una pregunta mucho más profunda:

¿Podemos avanzar sin destruir aquello que hace posible nuestra existencia?

No se trata de volver a las cavernas.

No quiero vivir sin medicina, sin internet, sin ciencia, sin tecnología.

Tampoco quiero renunciar a las herramientas que me permiten superar algunas de mis propias limitaciones.

Quiero algo mucho más sencillo:

quiero que aprendamos a utilizarlas con responsabilidad.

Porque quizá el verdadero progreso no consista en poder hacer absolutamente todo lo que somos capaces de hacer.

Quizá el verdadero progreso consista en saber cuándo debemos detenernos.

Y si algún día desaparecemos…

A veces imagino un futuro muy lejano.

No hay ciudades.

No hay carreteras.

No hay teléfonos.

No hay redes sociales.

No hay inteligencia artificial.

No hay grandes edificios ni máquinas.

La Tierra sigue girando.

El mar continúa respirando.

Las plantas crecen entre las ruinas de lo que construimos.

Y quizá, en algún rincón de los océanos, sobrevivan los microorganismos que estuvieron aquí mucho antes que nosotros y que, probablemente, seguirán aquí cuando nosotros ya no estemos.

Resulta extraño pensar que la vida podría continuar perfectamente sin nuestra especie.

La Tierra no necesita al ser humano para existir.

Somos nosotros quienes necesitamos a la Tierra.

Y quizá esa sea la gran lección que todavía no hemos aprendido.

No somos los dueños del planeta.

Somos una especie más.

Una especie extraordinariamente inteligente, sí.

Pero también extraordinariamente vulnerable.

Podríamos desaparecer.

Y la Tierra continuaría.

El mar seguiría moviéndose.

Las bacterias continuarían multiplicándose.

Los microorganismos seguirían formando parte de esa inmensa historia de la vida.

Y algún día, tal vez, otra forma de vida ocuparía el espacio que nosotros dejamos.

Por eso no quiero renunciar a la tecnología

No quiero terminar esta reflexión diciendo que debemos rechazar la inteligencia artificial.

Al contrario.

Quiero aprender a utilizarla mejor.

Quiero que la tecnología sea una herramienta al servicio de las personas, especialmente de aquellas que pueden encontrar en ella una ayuda para superar determinadas dificultades.

En mi caso, la inteligencia artificial me permite organizar mis pensamientos y mis palabras.

Y eso no significa que deje de ser escritora.

Porque una escritora no es solamente alguien que escribe correctamente.

Una escritora también es alguien que observa, siente, recuerda, imagina, se pregunta y tiene algo que decir.

Las palabras pueden necesitar ayuda.

Pero aquello que hay detrás de ellas tiene que seguir siendo nuestro.

Quizá el futuro no consista en elegir entre naturaleza y tecnología.

Quizá consista en aprender a convivir con ambas.

En utilizar la ciencia para reparar lo que hemos dañado.

En desarrollar tecnología que consuma menos recursos.

En poner límites cuando sean necesarios.

En recordar que cada avance debería ir acompañado de una pregunta:

¿Esto que estamos creando mejora nuestra vida sin destruir la vida que nos rodea?

No sé si la humanidad desaparecerá algún día como desaparecieron los dinosaurios.

Nadie puede saberlo.

Pero sí sé algo:

Todavía estamos aquí.

Todavía podemos elegir.

Todavía podemos cambiar algunas cosas.

Y mientras podamos hacerlo, quizá merezca la pena intentarlo.

Porque quizá el verdadero progreso no sea conquistar el mundo.

Quizá sea aprender, por fin, a respetarlo.

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