Kilogramos: cuando el cuerpo deja de ser un cuerpo y se convierte en una medida

Hay obras de teatro que entretienen. Otras hacen reír. Algunas emocionan. Y existen aquellas que, cuando termina el aplauso, se quedan dentro de nosotros dando vueltas.

«Kilogramos», creación e interpretación de la actriz ubetense Ángela Chica, pertenece a esta última categoría.

Anoche, en el Teatro Don Bosco de los Salesianos de Úbeda, dentro de la 32.ª Muestra de Teatro de Otoño, tuve la oportunidad de asistir a este monólogo tragicómico que utiliza el humor, la danza y la palabra para adentrarse en un asunto tan actual como doloroso: los trastornos de la conducta alimentaria y la relación que mantenemos con nuestro propio cuerpo.

Alma y la batalla contra la báscula

Ángela Chica se mete en la piel de Alma, una bailarina que sueña con formar parte de la Compañía Nacional de Danza y que se enfrenta a una profesión donde la presión estética puede llegar a convertirse en una auténtica batalla contra el propio cuerpo. La información de la compañía explica que la obra nace precisamente de la inquietud de Chica por abordar una experiencia que comparten muchas mujeres: la dificultad de aceptar el propio cuerpo frente a unas expectativas estéticas determinadas.

Pero Alma no nos cuenta su historia desde la distancia.

Nos la cuenta mirándonos a los ojos.

La propuesta rompe en buena medida la cuarta pared y establece una comunicación directa con quienes estamos sentados en las butacas. El público deja de ser un simple espectador para convertirse, de alguna manera, en cómplice y confidente de Alma.

Y ahí está una de las grandes virtudes de la obra.

Reírse de lo que duele

«Kilogramos» es una tragicomedia.

Y eso significa que podemos reírnos mientras sabemos que, debajo de esa risa, existe algo que duele.

El humor ácido es uno de los instrumentos que utiliza Ángela Chica para hablar de una realidad compleja sin convertir la función en un discurso moralizante. La obra juega con la ironía y con situaciones incómodas para poner sobre la mesa algo que nuestra sociedad ha normalizado demasiado: hablar continuamente de adelgazar, de pesar menos, de cambiar nuestro cuerpo, de alcanzar determinadas medidas.

Porque quizá uno de los mensajes más interesantes de «Kilogramos» sea precisamente ese:

¿En qué momento empezamos a creer que nuestro cuerpo tenía que pedirnos perdón por existir?

Vivimos rodeados de mensajes que nos dicen cómo deberíamos ser.

Más delgados.
Más jóvenes.
Más altos.
Más perfectos.

Y, muchas veces, terminamos convirtiendo nuestro propio cuerpo en nuestro enemigo.

El cuerpo de una bailarina como escenario

La danza tiene además una importancia fundamental en la propuesta.

No está ahí solamente como elemento estético. El movimiento sirve para expresar la relación de Alma con su cuerpo y con una profesión en la que la imagen tiene un peso enorme. La palabra y la danza se entrelazan para contar una historia que habla de autoestima, exigencias, identidad y aceptación.

La puesta en escena es aparentemente sencilla, pero precisamente esa sencillez permite que toda la atención recaiga sobre la actriz.

Ángela Chica llena el escenario.

No necesita grandes artificios para mantener nuestra mirada.

Su cuerpo, su voz, sus gestos, sus silencios y su capacidad para pasar de la comicidad a la vulnerabilidad construyen el universo de Alma.

Y ahí está, para mí, una de las claves de la función: la interpretación no se limita a representar un personaje; consigue que sintamos que Alma está compartiendo algo íntimo con nosotros.

Una puesta en escena muy cuidada

La obra es una creación propia de Ángela Chica, con la mirada externa de Pilar Valenciano, diseño de iluminación de Elena Santos, espacio sonoro de David Sánchez y la participación de Trinidad Iglesias como voz de Mónica.

Todo está al servicio de la historia.

La luz, el sonido, el espacio y, sobre todo, el movimiento construyen un paisaje emocional que acompaña a Alma en su recorrido.

Y eso hace que «Kilogramos» sea mucho más que un monólogo sobre los trastornos alimentarios.

Es también una reflexión sobre cómo aprendemos a mirarnos.

Sobre quién nos enseñó a considerar bonito o feo nuestro cuerpo.

Sobre cuánto daño pueden hacer determinadas palabras.

Y sobre la necesidad de recuperar algo que debería pertenecernos desde el principio:

el derecho a habitar nuestro propio cuerpo sin sentir que tenemos que justificarlo.

Una actriz ubetense que juega en casa

Hay además algo especial cuando una actriz vuelve a su ciudad.

La prensa cultural ha destacado precisamente que Ángela Chica «juega en casa» con «Kilogramos».

Y anoche se notaba.

El Teatro Don Bosco se convirtió durante un rato en ese lugar mágico que tienen los teatros: un espacio donde unas personas se sientan frente a otra y aceptan dejarse llevar.

En las fotografías que hice después de la función queda también ese otro lado del teatro: las sonrisas, el encuentro, las compañeras, la actriz y ese instante posterior en el que todavía permanece en el aire algo de lo que acaba de suceder sobre el escenario.

Porque el teatro también es eso.

Encontrarnos.

Más allá de los kilos

El propio título, «Kilogramos», encierra una metáfora poderosa.

Un número puede aparecer en una báscula.

Pero una persona no cabe en un número.

No somos nuestros kilos.

No somos una talla.

No somos una medida.

No somos las arrugas que aparecen frente al espejo ni las partes de nuestro cuerpo que alguien alguna vez nos dijo que deberíamos cambiar.

Y quizá por eso la obra habla, en último término, de amor propio.

No de querernos porque finalmente conseguimos parecernos al modelo que nos habían impuesto.

Sino de aprender a querernos aunque no encajemos en él.

La propuesta oficial señala precisamente los riesgos de perseguir cánones estéticos impuestos y cuestiona esa idea social de que modificar nuestro cuerpo es una responsabilidad que debemos asumir.

Un aplauso para Ángela Chica

Salí del teatro con la sensación de haber asistido a algo más que una representación.

Había humor.

Había danza.

Había momentos incómodos.

Había momentos en los que la risa se mezclaba con la reflexión.

Y había, sobre todo, una actriz entregada completamente a su personaje.

Una interpretación magistral y una puesta en escena cuidada para hablar de un problema que sigue estando demasiado presente en nuestra sociedad.

«Kilogramos» no pretende darnos respuestas sencillas.

Nos plantea preguntas.

Y quizá esa sea precisamente una de las funciones más hermosas del teatro:

hacer que salgamos de una sala siendo un poco diferentes de como entramos.

Anoche, en Úbeda, Alma nos habló de sus kilos.

Pero, en realidad, nos estaba hablando de algo mucho más grande:

de la necesidad de aprender a querernos.

Y cuando se encendieron las luces, llegaron los aplausos.

Unos aplausos para Ángela.

Para Alma.

Para el teatro.

Y para todas aquellas personas que algún día han sentido que no eran suficientes simplemente por no parecerse a lo que el mundo esperaba de ellas.

Quizá la verdadera medida de una persona nunca estuvo en la báscula.

Cuando Alma se parece un poco a mí

Y quizá por eso esta obra me llegó de una manera especialmente profunda.

Mientras veía a Alma luchar con su cuerpo, con los kilos, con la imagen que tenía de sí misma y con la necesidad de cambiar, sentí que algunas de sus palabras también hablaban de mí.

Porque yo también llevo tiempo intentando adelgazar.

En mi caso, no nace solamente de querer verme más delgada. Hay una razón de salud. Mi cuerpo tiene sus propias dificultades y mi discapacidad también condiciona mi manera de moverme. Hay días en los que caminar, hacer ejercicio o simplemente desenvolverme físicamente requiere un esfuerzo que quizá otras personas no imaginan.

Y, sin embargo, detrás de ese deseo de perder peso también existe otra mirada.

La mirada de los demás.

Esa mirada que a veces sentimos aunque nadie diga una palabra.

Y está también la mirada más difícil de todas:

la que tenemos sobre nosotros mismos cuando nos ponemos delante del espejo.

Yo sé lo que es mirar una fotografía y fijarme antes en mi cuerpo que en mi sonrisa. Sé lo que es pensar que debería perder algunos kilos. Sé lo que es alegrarme cuando la báscula baja y preocuparme cuando vuelve a subir. Sé lo que es sentir que estoy haciendo un esfuerzo y, aun así, tener la sensación de que nunca es suficiente.

Por eso, viendo a Alma, hubo momentos en los que me reconocí en ella.

No porque nuestras historias sean iguales. No lo son.

Pero sí porque conozco esa sensación de querer cambiar el cuerpo para sentirme mejor dentro de él.

Yo también he querido quitarme peso.

Por salud, sí.

Pero también porque vivimos en una sociedad que constantemente nos enseña a mirar nuestros cuerpos como si fueran proyectos que siempre necesitan una reforma.

Y ahí está una de las grandes preguntas que me dejó la obra:

¿Dónde termina el deseo saludable de cuidar nuestro cuerpo y dónde empieza la exigencia de no aceptarlo tal y como es?

No tengo una respuesta sencilla.

Quiero adelgazar porque sé que perder peso puede ayudarme a sentirme más ligera y a cuidar mi salud. Quiero seguir haciendo Pilates, ir a la piscina, moverme dentro de mis posibilidades y recuperar todo aquello que mi cuerpo me permita hacer.

Pero también estoy aprendiendo algo importante:

mi cuerpo no merece menos amor mientras estoy intentando cambiarlo.

No tengo que esperar a alcanzar un determinado peso para sentirme guapa.

No tengo que esconderme hasta conseguir una determinada talla.

No tengo que pedirle permiso a la báscula para disfrutar de la vida.

Y mucho menos tengo que olvidar todo lo que mi cuerpo ha conseguido.

Porque este cuerpo también ha vivido.

Ha caminado con una discapacidad desde que nací.

Ha superado caídas, lesiones, dolores y momentos en los que moverse era mucho más difícil.

Y, aun así, sigue queriendo bailar, nadar, hacer Pilates, ir al teatro, ponerse un vestido, salir con las amigas, reír y vivir.

Eso también es importante.

Alma me hizo pensar en mí

Quizá esa sea la magia del teatro.

Que una historia que pertenece a otra persona puede terminar abriendo una puerta dentro de nosotros.

Ángela Chica interpreta a Alma, pero anoche Alma también fue, durante algunos momentos, un pequeño espejo en el que pude mirarme.

Y no me gustó todo lo que vi.

Pero tampoco quiero apartar la mirada.

Quiero aprender a contemplarme con más ternura.

A cuidar mi cuerpo sin castigarlo.

A intentar adelgazar sin convertir los kilos en una medida de mi valor.

A recordar que bajar de peso es un objetivo, no una condición para merecerme a mí misma.

Salí del Teatro Don Bosco pensando precisamente en eso.

Quizá nunca podamos escapar completamente de la mirada de los demás.

Pero podemos intentar que esa mirada no sea más poderosa que la nuestra.

Y quizá algún día, cuando vuelva a subir a una báscula, pueda ver simplemente un número.

Un número.

No un juicio.

No una condena.

No una definición de quién soy.

Porque después de ver «Kilogramos», me quedo con una certeza:

mi cuerpo puede cambiar, mi peso puede cambiar, mi aspecto puede cambiar… pero mi valor como persona no se pesa en una báscula.

Y por eso quiero seguir cuidándome.

No porque quiera dejar de ser quien soy.

Sino porque quiero seguir siendo yo durante muchos años más.

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