
Hay fines de semana que se convierten en algo más que un tiempo de descanso. Son días en los que la creatividad despierta, las manos se llenan de pintura y la imaginación comienza a abrir puertas que ni siquiera sabíamos que estaban ahí. Este ha sido uno de esos fines de semana para mí: un fin de semana inspirador, de transformación, de descubrimientos y, sobre todo, de sueños.
Pero también ha sido algo más. Ha supuesto un pequeño paso hacia la confianza en mí misma, en mis posibilidades y en esa capacidad creativa que llevaba dentro, esperando una nueva oportunidad para expresarse.
Veinte años con los pinceles, pero con algunas inseguridades
Hace aproximadamente veinte años que empecé a pintar. Durante todo este tiempo he disfrutado de los colores, de los pinceles y de la posibilidad de plasmar sobre una superficie aquello que me inspira. Sin embargo, casi siempre he pintado de la mano de un profesor, siguiendo sus indicaciones, aprendiendo técnicas y contando con esa orientación que te ayuda a avanzar cuando todavía no tienes demasiada seguridad.
Pintar acompañada me resultaba más fácil. Tener a alguien que te aconseje, que te indique cómo resolver un problema o que te ayude a encontrar el camino aporta tranquilidad. Pero, cuando se trata de ponerse delante de una tabla o un lienzo en casa, sin nadie que te guíe, aparecen las dudas.
¿Seré capaz de hacerlo sola? ¿Quedará bien? ¿Sabré resolver los problemas que vayan surgiendo? ¿Conseguiré que el resultado se parezca a lo que imagino?
En algunas ocasiones me atreví. Durante la pandemia, por ejemplo, y también en otros momentos, cogí los pinceles y pinté por mi cuenta. Pero casi siempre lo hice con cierta inseguridad, con ese temor a no conseguir un buen resultado y a descubrir que mis ideas eran mejores en mi imaginación que sobre el lienzo.
Y así, entre clases, intentos y pausas, fui dejando pasar el tiempo.
Hacía ya medio año que no pintaba. Seis meses sin sentarme tranquilamente ante una obra, sin mezclar colores, sin dejar que las pinceladas fueran construyendo poco a poco un mundo propio.
Pero tenía ganas. Muchas ganas.
Y esta vez decidí atreverme.
No quería esperar a tener todas las certezas ni a sentirme completamente preparada. Quería volver a pintar, experimentar, equivocarme si era necesario y, sobre todo, disfrutar del proceso. Quería comprobar qué podía hacer por mí misma, sin la seguridad que proporciona tener un profesor al lado.
Lo que no imaginaba era que aquel regreso a la pintura iba a convertirse en una experiencia tan inspiradora.
Viernes: preparar el terreno para crear
Todo comenzó el viernes con la compra de materiales. Tenía ganas de pintar, de experimentar con los acrílicos y de dejarme llevar por esa necesidad de crear que, cuando aparece, es difícil de detener.
Lo primero fue preparar la tabla con una imprimación en espray. Después, la dejé secar durante toda la mañana, respetando el tiempo necesario para que la superficie estuviera lista.
Y llegó la tarde.
Cuatro horas de pintura, de concentración, de colores y de pura inspiración. Cuatro horas en las que el tiempo pareció detenerse y en las que solo existíamos el cuadro, mis pinceles y yo.
Hay algo maravilloso en ese momento en el que dejas de pensar demasiado y permites que la pintura encuentre su propio camino. El acrílico tiene esa capacidad de sorprenderme: sus colores intensos, sus texturas y las posibilidades de corregir, cubrir, añadir y transformar.
Cada pincelada abre una posibilidad nueva.
Y, mientras pintaba, fui descubriendo que no necesitaba tenerlo todo controlado. Podía probar, rectificar y tomar mis propias decisiones. Podía dejarme llevar por la intuición y confiar en lo que iba apareciendo ante mis ojos.
Quizá esa haya sido una de las mayores satisfacciones de la tarde: comprobar que podía disfrutar pintando sola, en casa, sin que la inseguridad tuviera la última palabra.
Sábado: terminar una obra y descubrir otra
La mañana del sábado estuvo dedicada a terminar la tabla. Quería dar por concluido ese trabajo antes de comenzar una nueva aventura pictórica.
Pero lo más emocionante estaba por llegar.
Me esperaba un lienzo redondo que llevaba consigo una historia diferente. En él había dos caras que no terminaban de convencerme, dos figuras que sentía que no estaban bien resueltas. Al fondo aparecía la iglesia de Santa María, pero el conjunto no transmitía lo que yo quería expresar.
Podría haber intentado arreglarlo, retocar algunos detalles y conformarme con el resultado. Sin embargo, algo dentro de mí me pedía ir más allá.
Y decidí transformar el lienzo por completo.
A veces nos cuesta desprendernos de lo que ya hemos hecho. Pensamos en las horas invertidas, en las pinceladas que hemos dado y en el trabajo que nos ha costado llegar hasta ahí. Pero pintar también consiste en aprender a soltar, en reconocer cuándo una obra necesita otro rumbo y en atreverse a empezar de nuevo, aunque sea sobre algo que ya existe.
Así nació una pintura completamente distinta. Donde antes había una composición que no me convencía, comenzó a aparecer un paisaje lleno de vida, de color y de posibilidades. Y aquellas dos figuras encontraron una nueva forma de existir.
Fue una revelación.
No había seguido un modelo al pie de la letra ni me había limitado a corregir lo anterior. Había tomado mis propias decisiones, había cambiado el rumbo y había dejado que la imaginación hiciera su trabajo.
Y entonces comprendí que aquella transformación no solo estaba sucediendo en el lienzo. También estaba ocurriendo dentro de mí.
«Donde habitan los sueños»





Así he llamado a mi nueva obra: Donde habitan los sueños.
En el cuadro aparecen dos figuras de espaldas, dos cabezas que parecen mirar hacia un horizonte compartido, pero que guardan sueños diferentes.
La figura de la derecha sueña con ser bailarina. Quizá imagina su cuerpo en movimiento, la música acompañando sus pasos y la libertad de expresarse a través de la danza. En su interior habita ese deseo de volar sin alas, de convertir cada gesto en una forma de belleza.
La figura de la izquierda tiene otro sueño, más íntimo y delicado. Quiere sentirse bonita, disfrutar de su vestido rojo, vaporoso, llevar su paraguas rojo y contemplar el paisaje que se abre ante ella. No necesita grandes aventuras ni escenarios extraordinarios. Le basta con admirar la naturaleza, caminar entre los colores del campo e imaginar su propia casa en el horizonte: una casa de campo donde encontrar tranquilidad, belleza y felicidad.
Quizá esa figura sea la que más habla de mí. De mis ganas de crear un mundo propio, de disfrutar de las pequeñas cosas y de seguir imaginando lugares donde sentirme bien.
Al fondo, el paisaje se convierte en una promesa. La vegetación, el cielo y la casita que se adivina en la distancia no son solamente elementos de una composición pictórica. Son parte de ese universo interior en el que cada persona guarda sus anhelos, sus ilusiones y sus deseos más profundos.
Y el paraguas rojo aporta ese toque de color que llama la atención y nos recuerda que, incluso cuando el cielo está nublado, podemos llevar con nosotros nuestra propia luz.
Dos figuras, dos sueños y un mismo horizonte.
Cada una mira hacia un futuro diferente, pero ambas comparten algo esencial: la capacidad de imaginar una vida que las haga felices.
Pintar también es aprender a confiar
Este fin de semana me ha recordado que la pintura no consiste únicamente en reproducir lo que vemos. También consiste en expresar lo que sentimos, imaginar lo que todavía no existe y atrevernos a cambiar aquello que no nos convence.
Después de veinte años pintando, todavía tengo mucho que aprender. Y eso no me preocupa. Al contrario, me parece una invitación a seguir explorando, descubriendo técnicas y buscando mi propia manera de expresarme.
Lo importante es que ya no quiero esperar a sentirme completamente segura para coger los pinceles.
Porque la confianza no siempre aparece antes de empezar. A veces nace mientras trabajamos, cuando superamos una dificultad, cuando encontramos una solución inesperada o cuando miramos el resultado y pensamos: «Lo he hecho yo».
Transformar aquel lienzo ha sido mucho más que cubrir unas figuras mal resueltas. Ha sido descubrir una historia nueva dentro de una obra antigua. Darles a sus protagonistas otra identidad, otro horizonte y otra razón para permanecer en el cuadro.
También ha sido una forma de recordarme que equivocarse no significa fracasar. Que podemos cambiar de opinión, rectificar y comenzar de nuevo. Que no todo tiene que salir bien a la primera y que, muchas veces, los mejores descubrimientos llegan cuando nos atrevemos a abandonar el camino previsto.
La pintura me ofrece esa libertad. Puedo equivocarme, cubrir una pincelada y volver a empezar. Puedo convertir una dificultad en una oportunidad y descubrir belleza donde antes solo veía algo que no funcionaba.
Y qué satisfacción tan grande cuando, de pronto, todo empieza a tener sentido.
Un fin de semana para recordar
Me quedo con las horas de concentración, con las manos manchadas de acrílico, con la emoción de ver aparecer una imagen que no había planeado exactamente así y con esa sensación tan especial de reconocer algo propio en lo que estoy pintando.
Me quedo con la alegría de haber retomado una afición que llevaba seis meses esperando su momento.
Y, sobre todo, me quedo con la satisfacción de haberme atrevido a pintar sola, en casa, sin dejar que las dudas me impidieran disfrutar de algo que me apasiona.
No sé cuántos cuadros pintaré en los próximos meses ni qué nuevas ideas surgirán. Tampoco necesito saberlo ahora. Lo importante es haber vuelto a empezar, haber recuperado las ganas y haber descubierto que todavía tengo mucho que expresar a través de los colores.
Me quedo con Donde habitan los sueños: un paisaje, dos figuras de espaldas y dos maneras diferentes de imaginar la felicidad.
Porque todos llevamos dentro una casa soñada, un camino que deseamos recorrer, una pasión que nos gustaría vivir o una pequeña ilusión que nos hace seguir adelante.
Mis pinceles me han permitido darles forma durante este fin de semana.
Y ahora, al contemplar el resultado, comprendo que no solo he pintado un paisaje. He pintado una manera de mirar el futuro, de imaginar posibilidades y de recordarme que siempre hay espacio para crear algo nuevo.
Que nunca nos falten los sueños, ni las ganas de darles color.
Y que nunca dejemos de atrevernos por miedo a no hacerlo suficientemente bien.
Porque no necesitamos ser grandes artistas para disfrutar creando. No necesitamos dominar todas las técnicas ni tener la certeza de que el resultado será perfecto. A veces basta con tener ganas, preparar los materiales y dar la primera pincelada.
Lo demás va llegando poco a poco, entre colores, errores, descubrimientos y momentos de inspiración.
Este fin de semana he vuelto a pintar, pero también he recuperado una parte de mí que echaba de menos.
Y eso, por sí solo, ya merece la pena.
Porque los sueños habitan allí donde nuestra imaginación encuentra un lugar para quedarse.
Y este fin de semana, entre pinceles y acrílicos, he descubierto uno de esos lugares.
Se llama Donde habitan los sueños.
Y ya forma parte de mí.
Víctor, música y pequeñas huellas de color 🎶🐾
Y, por supuesto, en este fin de semana de inspiración no podía faltar mi compañero de aventuras: Víctor, mi gatito.
Pintar en casa tiene sus ventajas, especialmente cuando puedes poner música 🎶, dejar que las canciones acompañen tus pinceladas y disfrutar de ese ambiente tan tuyo, entre colores, pinceles y sueños. La música sonaba de fondo mientras yo me concentraba en mis cuadros y Víctor, aparentemente, observaba la situación con bastante tranquilidad.
El viernes se portó muy bien durante casi toda la jornada. Yo estaba encantada, concentrada en mi pintura y disfrutando de aquellas cuatro horas de inspiración. Pero llegó el momento de recoger los materiales y, en un descuido, ¡se armó la revolución!
Cuando me quise dar cuenta, allí estaba Víctor, con sus patitas metidas en la paleta 🎨, y paseándose por el suelo como si fuera un artista más. ¡Había decidido dejar su propia firma en la casa! Unas huellas de colores por aquí, otras por allá… Vamos, que mi gatito también quería participar en la creación artística. 😂
Menos mal que no le dio por subirse directamente al lienzo. ¡Eso sí que habría sido una intervención artística difícil de corregir!
Los días siguientes debió de comprender que ya había aportado su granito de arena al proyecto, porque se quedó tranquilamente en su torre rascador o descansando en el sillón, sin volver a liarla. Yo pintaba, la música sonaba y él disfrutaba de su particular contemplación artística.
Y así, entre pinceladas, canciones, algún que otro sobresalto gatuno y muchas risas, transcurrió mi fin de semana creativo.
Porque pintar también es eso: disfrutar de lo que haces, compartir tu espacio con quienes quieres y aceptar que, a veces, la inspiración llega acompañada de cuatro patitas traviesas.
Yo puse los colores, la música y los sueños; Víctor puso las huellas. 🐾🎨
¡Menudo equipo artístico formamos! Jeje. 😅❤️
Hola Elena. pensé que el cuadro de los dos sombreritos somos nosotras 2 , mirando un lindo paisaje . Buena semana para ti . Tu gemela