Despedidas, de Julian Barnes: la memoria, el tiempo y todo aquello que dejamos atrás

Hoy, en el club de lectura, hemos conversado sobre un libro que invita a mirar hacia atrás, a cuestionar nuestros recuerdos y a preguntarnos qué queda de nosotros cuando el tiempo va cerrando las puertas de nuestra vida.

Hay libros que se leen y se olvidan. Otros se quedan dando vueltas en nuestra cabeza, como esas preguntas que no encontramos la manera de responder. Despedidas, de Julian Barnes, pertenece a estos últimos.

Hoy, en nuestro club de lectura, hemos compartido impresiones sobre una obra difícil de encasillar, a medio camino entre la novela, la memoria personal y el ensayo filosófico. Un libro que, bajo la apariencia de una historia de amor y amistad, nos conduce hacia cuestiones mucho más profundas: la fragilidad de los recuerdos, el paso del tiempo, la vejez, la enfermedad, la muerte y la necesidad de aprender a despedirnos.

Porque, aunque no siempre seamos conscientes de ello, vivimos despidiéndonos. Nos despedimos de personas, de lugares, de etapas, de sueños que no llegaron a cumplirse y de aquellas versiones de nosotros mismos que un día fuimos.

Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente una despedida.

Una historia de amor que atraviesa el tiempo

La historia comienza con Jean y Stephen, dos jóvenes a los que Julian Barnes conoció durante sus años universitarios en Oxford. Fue él quien los presentó y quienes, después de enamorarse, terminaron separándose, tomando caminos diferentes y dejando que aquella ruptura afectara también a la amistad que Barnes mantenía con ambos.

Casi cuarenta años después, sus vidas vuelven a cruzarse. Barnes interviene de nuevo, favoreciendo el reencuentro de quienes un día compartieron una historia de amor. Pero el tiempo no ha pasado en vano. Ya no son aquellos jóvenes que creían tener toda la vida por delante. Son personas mayores, con otras experiencias, otras heridas y otra manera de entender el amor.

En esta peculiar historia también aparece Jimmy, un perro de raza jack russell, que forma parte de las circunstancias y los afectos que rodean a los protagonistas.

Lo interesante es que Barnes no se limita a contarnos qué sucede con Jean y Stephen. Utiliza su historia como punto de partida para hablar de sí mismo, de su propia existencia y de las preguntas que lo acompañan cuando mira hacia atrás.

Y es ahí donde el libro adquiere su verdadera profundidad.

La memoria: ¿recordamos lo que vivimos o lo que nos hemos contado?

Esta es, probablemente, una de las grandes preguntas de la obra.

¿Podemos confiar en nuestros recuerdos?

Nos gusta pensar que la memoria funciona como una fotografía: un instante detenido que podemos recuperar cuando queramos. Creemos que, si recordamos algo con suficiente claridad, necesariamente tuvo que suceder tal y como lo contamos.

Pero ¿y si no fuera así?

Barnes nos recuerda que un recuerdo no permanece intacto. Cada vez que lo evocamos, lo contamos o lo interpretamos, puede transformarse ligeramente. Con el paso de los años, vamos seleccionando detalles, olvidando otros y construyendo una versión de los acontecimientos que termina pareciéndonos la verdadera.

Quizá no recordamos tanto lo que sucedió como la historia que hemos elaborado sobre aquello que sucedió.

Esto me parece especialmente interesante porque, cuando contamos nuestra vida, no solo estamos recuperando el pasado: también estamos interpretándolo desde la persona que somos hoy.

Lo que a los veinte años nos pareció una tragedia puede parecernos, décadas después, una experiencia necesaria. Una decisión que entonces consideramos equivocada puede adquirir otro significado. Y alguien a quien creíamos conocer perfectamente puede revelarse, a través del tiempo, como una persona muy distinta de la que conservábamos en nuestra memoria.

Entonces surge otra pregunta: ¿somos quienes creemos ser o somos también el relato que nos contamos sobre nosotros mismos?

Nuestros recuerdos, nuestros diarios, las fotografías que guardamos y las historias que repetimos forman parte de nuestra identidad. Pero ninguno de estos elementos contiene necesariamente toda la verdad.

También influye la mirada de los demás. Cada persona que compartió un episodio con nosotros puede recordarlo de una manera diferente. Lo que para uno fue inolvidable, para otro pudo ser insignificante.

¿Quién posee entonces la versión verdadera de nuestra historia?

Quizá nadie por completo.

Y quizá aceptar esa incertidumbre sea una forma de conocernos mejor.

Los diarios: entre la verdad y la reconstrucción

Hay una cuestión de Despedidas que me ha hecho pensar especialmente en la escritura y en la relación que establecemos con nuestros propios recuerdos.

Barnes compara lo que recuerda de determinadas experiencias con lo que escribió mientras las estaba viviendo. Y descubre que la memoria y la escritura no siempre coinciden.

Cuando escribimos un diario, dejamos constancia de cómo nos sentimos en un momento concreto. Sin embargo, incluso ese testimonio está condicionado por nuestro estado de ánimo, por lo que sabíamos entonces y por aquello que éramos capaces de comprender.

Además, como el propio Barnes señala, los diarios tampoco recogen necesariamente la vida tal como fue.

En sus páginas podemos encontrar una tristeza inmensa, una decepción o una herida que parecía imposible de cerrar. Pero ¿dónde quedan los momentos cotidianos de felicidad? ¿Las conversaciones agradables, las pequeñas alegrías, las tardes tranquilas o esas cosas que nos hicieron sonreír sin que sintiéramos la necesidad de escribirlas?

A menudo, lo extraordinario y lo doloroso ocupan más espacio que la felicidad sencilla.

Y, con el tiempo, cuando regresamos a esas páginas, podemos llegar a creer que nuestra vida fue mucho más triste de lo que realmente fue.

Por eso me parece tan importante la reflexión de Barnes sobre la memoria y la escritura: un diario es un testimonio de nuestra vida, pero no es nuestra vida entera.

Esta idea me lleva también a pensar en la literatura autobiográfica y en la novela construida a partir de recuerdos. Cuando transformamos experiencias vividas en literatura, necesitamos reconstruir, seleccionar y dar sentido a los acontecimientos. La cuestión está en reconocer que estamos interpretando una historia, no reproduciendo una verdad absoluta.

En definitiva, escribir sobre el pasado es dialogar con quien fuimos desde la perspectiva de quien somos ahora.

Y ese diálogo nunca termina del todo.

La vejez: mirar hacia atrás cuando el futuro se acorta

Barnes escribe desde una etapa avanzada de su vida, consciente de que el tiempo disponible es limitado. Esa conciencia atraviesa las páginas del libro y le otorga una melancolía especial.

¿Qué hacemos con nuestra vida cuando empezamos a mirar más hacia atrás que hacia delante?

La vejez suele asociarse con pérdidas, enfermedades y limitaciones. Sin embargo, también puede convertirse en un tiempo de revisión, de comprensión y de reconciliación con nuestra propia historia.

Es la oportunidad de preguntarnos qué decisiones tomamos, a quién amamos, qué amistades perdimos, qué caminos no recorrimos y cuáles fueron las cosas que verdaderamente importaron.

Cuando somos jóvenes, creemos que tenemos tiempo para todo. Posponemos conversaciones, aplazamos decisiones y pensamos que siempre habrá otra ocasión para recuperar aquello que dejamos atrás.

Pero los años pasan.

Y llega un momento en que comprendemos que algunas oportunidades no regresarán, que determinadas personas ya no están y que ciertas etapas solo pueden visitarse a través de la memoria.

No podemos volver a ser quienes fuimos, aunque conservemos dentro de nosotros algo de aquellos jóvenes.

Quizá madurar consista también en aprender a convivir con esa realidad sin convertirla en una derrota.

El amor y las segundas oportunidades

La historia de Jean y Stephen nos plantea otra cuestión profundamente humana: ¿puede sobrevivir el amor al paso de cuarenta años?

¿Podemos recuperar una relación que quedó interrumpida cuando todavía éramos jóvenes?

Su reencuentro demuestra que algunas historias pueden permanecer latentes durante mucho tiempo. Sin embargo, no basta con recuperar el contacto para regresar al punto en el que todo terminó.

Las personas cambian. Cambian sus necesidades, sus prioridades, sus cuerpos y su manera de mirar el mundo.

Cuando nos reencontramos con alguien de nuestro pasado, no nos encontramos únicamente con esa persona. También nos encontramos con el recuerdo que habíamos conservado de ella.

Y ambas cosas pueden ser muy diferentes.

Quizá una parte de nosotros desea recuperar lo que hubo, mientras que otra necesita descubrir quién es esa persona ahora.

Por eso las segundas oportunidades no consisten en repetir la primera historia, sino en comenzar otra desde un lugar distinto.

Barnes tampoco idealiza el amor ni ofrece soluciones sencillas. Nos muestra que los sentimientos conviven con las expectativas, los desencuentros y las contradicciones.

Y nos deja una pregunta que merece la pena llevarnos a casa: ¿amamos a la persona que tenemos delante o seguimos amando, en parte, a quien fue?

¿Tenemos derecho a convertir la vida de los demás en literatura?

Hay otro aspecto de la obra que invita a reflexionar sobre la amistad y la responsabilidad de quien escribe.

Barnes presentó a Jean y Stephen cuando eran jóvenes y, décadas después, intervino para favorecer su reencuentro. En cierto modo, parece contemplar sus vidas como si fueran una historia que él pudiera ayudar a dirigir.

Pero la vida no es una novela y las personas no son personajes que deban obedecer a los deseos de quien cuenta su historia.

Cada cual tiene su propia versión de los acontecimientos, sus secretos, sus razones y su derecho a decidir.

Esta idea nos conduce a una pregunta ética fundamental: ¿hasta qué punto puede un escritor utilizar experiencias reales de otras personas para construir una obra literaria?

Cuando escribimos sobre quienes nos rodean, debemos recordar que nuestra mirada es solo una entre muchas. Podemos contar lo que hemos vivido, lo que hemos sentido y lo que creemos recordar, pero no podemos apropiarnos por completo de la historia de los demás.

La literatura puede ayudarnos a comprender la vida, pero también debe hacernos conscientes de sus límites.

La enfermedad y la muerte: la lucidez de mirar de frente

En el capítulo titulado Tratable, Barnes cambia de registro y habla directamente de su propia enfermedad: un cáncer de sangre que describe como incurable, aunque tratable. El diagnóstico llega durante la pandemia de COVID-19.

El escritor habla de consultas médicas, análisis, hospitales y tratamientos sin abandonar su ironía característica. No convierte la enfermedad en una historia heroica ni pretende ofrecer consuelo mediante frases hechas.

Una de las ideas más contundentes que plantea es que la actitud mental, por sí sola, no determina el desenlace de un cáncer. Ser valiente, sentir miedo o intentar mantener una actitud positiva no garantiza la curación.

Me parece una reflexión importante porque a veces exigimos a quienes enferman que sean fuertes, que luchen sin descanso y que mantengan una sonrisa permanente. Como si sentirse asustado, cansado o triste fuera una forma de rendirse.

Y no lo es.

El miedo también forma parte de la experiencia humana. No tenemos que demostrar valentía a cada instante para merecer comprensión, cariño y respeto.

Barnes observa la enfermedad con una lucidez que evita tanto el dramatismo excesivo como la falsa esperanza.

La muerte aparece así no como una gran lección moral, sino como una realidad que nos obliga a mirar de otra manera el tiempo que tenemos.

Y, cuando esa conciencia se hace presente, las preguntas cambian. Quizá dejamos de preocuparnos tanto por lo que no conseguimos y empezamos a valorar más aquello que sí pudimos vivir.

Despedidas: el último adiós de Julian Barnes

En el capítulo A ninguna parte, el libro adquiere una dimensión todavía más personal.

La historia de Jean y Stephen va dejando espacio a las reflexiones del autor sobre la vejez, sus amigos fallecidos, su esposa, la enfermedad, la escritura y la muerte.

El libro se convierte también en una despedida literaria: una mirada retrospectiva a una trayectoria de décadas, a las historias que Barnes ha escrito y a los lectores que lo han acompañado.

Jean y Stephen se despiden de la juventud.

Barnes se despide de una etapa de su vida.

Y nosotros, como lectores, nos enfrentamos a nuestras propias despedidas.

¿Qué queda de nosotros cuando ya no estamos?

Quizá los recuerdos que conservan quienes nos conocieron. Quizá nuestras palabras, nuestras fotografías, las cartas que escribimos, los objetos que guardamos o los libros que dejamos publicados.

Pero incluso esas huellas pueden desaparecer con el tiempo.

Los recuerdos se transforman y las generaciones pasan. Lo que hoy parece imborrable puede convertirse mañana en una historia que alguien cuenta de manera incompleta.

¿Significa eso que nuestra vida pierde su valor?

Yo creo que no.

No necesitamos permanecer eternamente en la memoria de los demás para que nuestra existencia haya tenido sentido. Lo que compartimos, lo que aprendimos y lo que aportamos forma parte de la vida mientras sucede, aunque después cambie de forma o deje de ser recordado.

Tal vez el verdadero valor de una vida no esté en cuánto tiempo permanece su recuerdo, sino en todo aquello que significó mientras estuvo presente.

Las notas que he subrayado en el libro

Hay frases de Despedidas que invitan a detener la lectura, cerrar el libro durante unos instantes y dejar que las palabras sigan trabajando dentro de nosotros. Estas son las seis notas que he querido conservar de mi lectura.

1. Sobre la transformación de los recuerdos

Porque lo que convencionalmente consideramos un recuerdo es algo que hemos ido recordando, frecuente o infrecuentemente, a lo largo de nuestra vida, y que ha ido mutando un poco cada vez que lo contamos hasta concretarse en una versión que nos convencemos de que es la verdadera.

Esta reflexión resume una de las ideas fundamentales del libro. Cada vez que contamos una experiencia, podemos modificarla sin ser conscientes de ello. Con el tiempo, la versión que repetimos se convierte en nuestra verdad personal.

Pero ¿cuánto hay de acontecimiento y cuánto de interpretación en aquello que recordamos?

2. Sobre el cerebro y nuestro conocimiento de nosotros mismos

El cerebro nos tiene mucho más calados que nosotros a él: sabe todo cuanto sabemos, mientras que nosotros solo sabemos una parte de lo que sabe él.

Me parece fascinante pensar que no somos plenamente conscientes de todo lo que sucede dentro de nosotros. Creemos conocernos, pero hay pensamientos, asociaciones, emociones y procesos que escapan a nuestra percepción.

Quizá por eso conocerse a uno mismo sea una tarea que nunca termina. Siempre queda algo por descubrir, alguna reacción que comprender o algún recuerdo que reinterpretar.

3. Sobre el incesante trabajo de la mente

Dicen que el promedio diario de procesos cerebrales asciende a 74 gigabytes de información. O, en otras palabras, a 70.000 pensamientos. Un zumbido continuo, día y noche. Nosotros dormimos, pero el cerebro no.

La cifra que recoge Barnes invita a pensar en la incesante actividad de nuestra mente. Mientras nosotros descansamos, el cerebro continúa trabajando.

¡Cuántas cosas deben de suceder dentro de nosotros sin que lleguemos a conocerlas!

Y, sin embargo, vivimos convencidos de que tenemos el control de nuestros pensamientos y de nuestras decisiones. ¿Hasta qué punto es así?

4. Sobre quién lleva realmente las riendas

Puede reducir su actividad durante el sueño, pero no se apaga hasta que nosotros nos apagamos definitivamente. (No, al revés: somos nosotros quienes nos apagamos definitivamente cuando él se apaga). En consecuencia, otra manera de concebir el cerebro es considerarlo el rey de los superordenadores. Necesitamos información y el cerebro nos dice qué es cada cosa, más rápido que Google. Pero puede que este sea, de nuevo, un modelo erróneo. Sigue otorgándonos demasiada capacidad de decisión. Sigue llevándonos a creer que estamos al mando de nuestro cerebro y de lo que queremos de él. Pero somos mucho más pasivos. Como me señaló una amiga filósofa, la mente no puede darnos a conocer todo lo que está procesando en tiempo real: nos abrumaría, nos desbordaría de información excesiva, nos dejaría reducidos a unas criaturas temblorosas y sollozantes. La mente, prosiguió, solo nos informa de lo que necesitamos saber.

Esta extensa reflexión me hace pensar en lo poco que sabemos, en realidad, sobre nuestro propio funcionamiento. Nos consideramos dueños absolutos de nuestras decisiones, pero existen procesos inconscientes que influyen en nuestra manera de sentir, recordar y actuar.

Quizá aceptar nuestros límites nos ayude a mirarnos con mayor humildad. No siempre comprendemos por qué reaccionamos de una determinada manera, por qué un recuerdo nos duele o por qué algo que creíamos superado vuelve a nosotros.

A veces necesitamos tiempo para entendernos. Y otras veces tenemos que aceptar que no encontraremos todas las respuestas.

5. Sobre la enfermedad y la obligación de ser valientes

La actitud mental, contrariamente a lo que nos gustaría creer, no cambia nada en el desenlace de un cáncer. «Ser valiente» o cagarse de miedo, o adoptar un punto intermedio de terco autoengaño, no altera nada. Esa típica frase necrológica: «Murió después de una larga y valiente lucha contra el cáncer», debería ser, más bien: «Murió después de que el cáncer librara una larga y valiente lucha contra él».

La crudeza de estas palabras rompe con una manera muy extendida de hablar de la enfermedad.

No siempre podemos elegir lo que nos sucede, ni controlar sus consecuencias. Tampoco tenemos la obligación de mostrarnos fuertes en todo momento.

Hay días en los que necesitamos luchar y otros en los que necesitamos descansar, llorar o reconocer que tenemos miedo.

La valentía no debería convertirse en una exigencia más para quien ya está atravesando una situación difícil. Acompañar a alguien no consiste en pedirle que sea un héroe, sino en permitirle ser humano.

6. Sobre los diarios y la memoria de la felicidad

Pero los tiempos felices tienden a consumirse en el momento, mientras que los infelices, los desolados, mentirosos, envidiosos o mezquinos por lo general se suprimen, para inundar más adelante el diario de tristeza, ira y autocompasión.

Esta última nota me parece especialmente reveladora.

¿Cuántas veces escribimos en nuestros diarios cuando estamos tristes y, sin embargo, dejamos pasar los días felices sin detenernos a registrarlos?

La tristeza necesita a menudo encontrar palabras. Busca una salida, reclama atención y nos impulsa a escribir. La felicidad, en cambio, puede parecernos tan natural mientras la vivimos que no sentimos la necesidad de dejar constancia de ella.

Por eso, al releer nuestros diarios, corremos el riesgo de encontrar una versión incompleta de nuestra existencia, más cargada de dolor que de alegría.

Quizá deberíamos aprender a escribir también cuando estamos bien. Anotar las pequeñas cosas que nos hacen felices, las personas que nos acompañan, los momentos en los que sentimos gratitud y esas tardes sencillas que no parecen extraordinarias, pero que terminan formando parte de lo mejor de nuestra vida.

Porque la felicidad también merece ser recordada.

Y porque, si no la escribimos, quizá algún día olvidemos cuánto bien nos hizo.

Diez preguntas para seguir pensando

La riqueza de Despedidas no está tanto en ofrecer respuestas como en abrir caminos para la conversación. Estas son las preguntas que me llevo de nuestro club de lectura y que me gustaría seguir explorando:

  1. ¿Podemos confiar en nuestros recuerdos? ¿O terminamos creyendo una versión de los hechos que hemos reconstruido con el paso del tiempo?
  2. Si nuestros recuerdos cambian, ¿cambia también nuestra identidad? ¿Seguimos siendo las mismas personas que fuimos a los veinte años?
  3. ¿Creéis que Jean y Stephen vuelven realmente a enamorarse o intentan recuperar el amor de su juventud?
  4. ¿Es posible recuperar una relación después de cuarenta años? ¿Qué permanece de lo que sentimos y qué pertenece únicamente a la memoria?
  5. ¿Hace bien Barnes al intervenir en la vida sentimental de sus amigos? ¿Hasta dónde puede llegar nuestra influencia en las decisiones de los demás?
  6. ¿Hasta qué punto tiene derecho un escritor a utilizar las experiencias reales de otras personas? ¿Dónde termina la libertad literaria y comienza la intimidad ajena?
  7. ¿La enfermedad cambia la manera en que Barnes mira su pasado? ¿Somos más conscientes del valor del tiempo cuando sentimos que puede acabarse?
  8. ¿Por qué intercala Barnes la historia de Jean y Stephen dentro de sus propias reflexiones? ¿Qué nos permite comprender esa combinación entre ficción, memoria y autobiografía?
  9. ¿Qué significa realmente despedirse? ¿Es solamente decir adiós a una persona o también aceptar que una etapa, un sueño o una versión de nosotros mismos ha terminado?
  10. Y la pregunta que yo llevaría como reflexión final al club:

Si nuestra vida está formada por los recuerdos que conservamos, ¿qué queda de nosotros cuando esos recuerdos desaparecen?

Mi reflexión final: aprender a soltar sin dejar de agradecer

Hay algo especialmente bonito en este libro: Julian Barnes intenta ordenar su vida mientras reconoce que ordenar una vida es, en cierto modo, imposible.

Comienza hablando de la memoria, regresa a su juventud, se detiene en la enfermedad, reconstruye la historia de sus amigos y termina mirando de frente a la muerte.

Es como si construyera una vida al revés, desde el final hacia el principio, intentando comprender qué significó todo aquello que ha vivido.

Y quizá eso sea precisamente lo que hacemos cuando nos detenemos a mirar nuestra propia historia.

Intentamos encontrar un hilo conductor entre acontecimientos que, cuando sucedieron, parecían inconexos. Buscamos explicaciones, descubrimos errores, comprendemos decisiones y, en ocasiones, nos reconciliamos con quienes fuimos.

Pero no siempre encontramos respuestas.

A veces, lo único que podemos hacer es aceptar que la vida fue como fue, con sus luces y sus sombras, sus encuentros y sus pérdidas, sus aciertos y sus equivocaciones.

Despedirse no significa necesariamente olvidar. Significa aprender a vivir con la ausencia sin negar la importancia de lo que estuvo presente.

Nos despedimos de personas que amamos, aunque una parte de ellas continúe acompañándonos. Nos despedimos de la juventud, aunque todavía conservemos algunos de sus sueños. Nos despedimos de proyectos que no llegaron a realizarse, aunque nos hayan enseñado algo sobre nosotros mismos.

Y también tenemos que aprender a despedirnos de ciertas versiones de nuestra propia historia.

De aquella persona que creíamos que debíamos ser. De las decisiones que ya no podemos cambiar. De las palabras que no dijimos a tiempo. De las oportunidades que dejamos pasar.

No para borrar lo vivido, sino para dejar de exigirnos que hubiera sido diferente.

Quizá la madurez consista en mirar atrás sin quedarnos atrapados en el pasado. En reconocer nuestras heridas sin convertirlas en nuestra única identidad. En agradecer lo que tuvimos, aunque no durara para siempre.

Y en comprender que una vida no pierde su valor porque termine, del mismo modo que un amor no deja de haber sido verdadero porque se acabe.

Hay despedidas que duelen y otras que llegan como una liberación. Algunas nos dejan un vacío; otras nos permiten comenzar de nuevo. Pero todas nos recuerdan que nada permanece exactamente igual y que nosotros tampoco somos los mismos después de lo vivido.

Por eso, después de leer y debatir Despedidas, me quedo con una idea: no podemos regresar al pasado para cambiarlo, pero sí podemos regresar a él para comprenderlo de otra manera.

Y quizá, al hacerlo, aprendamos a vivir el presente con más conciencia, a cuidar mejor de quienes tenemos cerca y a no posponer indefinidamente aquello que de verdad importa.

Porque, mientras haya vida, todavía podemos escribir nuevas páginas.

Y porque no todas las despedidas son un final. Algunas son la manera en que la vida nos enseña a seguir adelante.

Tal vez la pregunta no sea qué quedará de nosotros cuando ya no estemos, sino qué hacemos hoy con el tiempo que todavía tenemos.

Esa es la reflexión con la que cierro esta lectura. Una invitación a recordar sin idealizar, a escribir sin olvidar que nuestra memoria es imperfecta, a querer sin pretender detener el tiempo y a despedirnos, cuando llegue el momento, con la serenidad de quien reconoce que algo fue importante, aunque ya no pueda acompañarnos.

Gracias a nuestro club de lectura por compartir estas páginas, por las opiniones, por las preguntas y por ese espacio en el que un libro deja de pertenecernos únicamente como lectores y empieza a formar parte de nuestras propias conversaciones con la vida.

Porque los libros verdaderamente importantes no terminan cuando cerramos sus páginas.

A veces, es entonces cuando comienza la lectura más difícil y más hermosa: la de nosotros mismos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *