Lo que late dentro de mí

Hay días en los que una se levanta sin saber muy bien qué siente. No ha ocurrido nada extraordinario, no hay una noticia que cambie el rumbo de las cosas ni un acontecimiento que justifique esa mezcla de emociones que nos acompaña desde primera hora de la mañana. Sin embargo, algo late dentro de nosotras. Algo que pide ser escuchado.

Hoy quiero detenerme ahí, en ese lugar invisible que todos llevamos dentro y al que pocas veces prestamos la atención que merece.

¿Qué late dentro de mí cuando el mundo guarda silencio?

Late la mujer que he sido, la niña que todavía me acompaña y la persona en la que me estoy convirtiendo. Laten los recuerdos, las ausencias, las palabras que no pronuncié y aquellas que un día me salvaron. Late todo lo vivido, incluso aquello que habría preferido no tener que aprender.

Porque la vida no siempre nos pregunta si estamos preparadas. A veces nos coloca delante de situaciones que nunca habríamos elegido y nos obliga a encontrar fuerzas en lugares que ni siquiera sabíamos que existían.

Yo también tengo mis grietas. Mis días de cansancio, mis momentos de incertidumbre y esas horas en las que quisiera que todo resultara un poco más sencillo. Hay batallas que no se ven desde fuera, preocupaciones que no siempre compartimos y silencios que esconden mucho más de lo que aparentan.

Pero también hay algo que permanece.

Una pequeña luz que se niega a apagarse.

Es la misma que me impulsa a escribir cuando necesito ordenar mis pensamientos, a buscar belleza en las cosas sencillas y a seguir descubriendo motivos para sonreír. La que me recuerda que, aunque no siempre pueda cambiar lo que me sucede, todavía puedo elegir cómo abrazar la vida.

Dentro de mí late la palabra.

Escribir es mi manera de abrir las ventanas del alma. Cuando pongo una emoción sobre el papel, deja de ser únicamente mía y se convierte en un puente hacia los demás. Quizá alguien encuentre en mis versos una respuesta, un consuelo o simplemente la certeza de que no está solo.

Por eso escribo. No porque tenga todas las respuestas, sino porque también necesito hacerme preguntas. Porque hay sentimientos que no caben en una conversación y heridas que encuentran en la literatura una forma diferente de respirar.

Dentro de mí laten, además, los sueños que todavía no he cumplido. Algunos han cambiado de forma con los años; otros permanecen intactos, esperando su oportunidad. He aprendido que cumplir años no significa cerrar las puertas a lo nuevo. Siempre podemos empezar algo, aprender una canción, descubrir un libro, conocer a alguien o mirar nuestra propia historia desde otra perspectiva.

La vida no deja de ofrecernos comienzos porque hayamos atravesado muchas despedidas.

Y cómo no, dentro de mí late la fe. Esa confianza íntima que me ayuda a levantar la mirada cuando las circunstancias pesan demasiado. No siempre elimina las dudas ni hace desaparecer los problemas, pero me recuerda que puedo caminar acompañada, que hay esperanza incluso en los días grises y que no necesito comprenderlo todo para seguir adelante.

También laten las personas que quiero, las que siguen a mi lado y las que ya solo puedo abrazar con la memoria. Porque quienes nos han amado dejan algo de sí mismos en nuestra manera de mirar, de hablar, de sentir y de comprender el mundo. Hay ausencias que duelen, pero también presencias que nunca terminan de marcharse.

Con el tiempo he comprendido que no soy únicamente lo que me ha sucedido. Soy también la manera en que he intentado reconstruirme después de cada golpe, las veces que he vuelto a empezar y la ternura que he procurado conservar a pesar de las dificultades.

No quiero vivir pendiente de todo lo que me falta. Quiero aprender a reconocer lo que todavía tengo.

La capacidad de emocionarme ante una canción. La belleza de una mañana. Una conversación que me hace reír. El placer de perderme entre las páginas de un libro. La posibilidad de escribir una historia nueva. Esas pequeñas cosas que parecen insignificantes hasta que comprendemos que, muchas veces, son precisamente las que sostienen nuestros días.

Quizá madurar consista también en eso: en dejar de exigirnos ser invencibles y permitirnos ser humanos. En aceptar que podemos sentirnos fuertes y vulnerables al mismo tiempo, que podemos agradecer lo bueno sin negar lo difícil y que descansar no significa rendirse.

Hoy no quiero pedirme más de lo que puedo dar. No quiero medir mi valor por lo que consigo, por lo que tengo o por lo que los demás esperan de mí. Quiero escucharme, tratarme con cariño y recordar que mi vida no necesita parecer perfecta para tener sentido.

Porque, cuando todo se reduce a lo esencial, lo importante no es cuántas veces hemos caído, sino que todavía seamos capaces de encontrar una razón para levantarnos.

Y yo quiero seguir encontrándolas.

Quiero seguir escribiendo, aprendiendo, soñando, queriendo y descubriendo rincones de mí misma que aún desconozco. Quiero equivocarme sin condenarme, cambiar de opinión sin sentir vergüenza y permitirme ser diferente de la mujer que fui ayer.

Hoy elijo escuchar lo que late dentro de mí.

Y si encuentro tristeza, le daré espacio. Si encuentro miedo, intentaré comprenderlo. Si encuentro cansancio, descansaré. Y si encuentro esperanza, la cuidaré como se cuida una semilla recién plantada.

Porque dentro de mí no habita una sola emoción, sino un universo entero. Un universo imperfecto, cambiante y lleno de contradicciones, pero también de posibilidades.

Y mientras ese corazón siga latiendo, todavía habrá palabras por escribir, abrazos por compartir y amaneceres por descubrir.

No sé qué me traerá mañana. Nadie lo sabe.

Pero hoy estoy aquí. Viva, sintiendo, aprendiendo y buscando la belleza incluso en medio de las dificultades.

Y eso, aunque a veces lo olvidemos, ya es mucho.

Una reflexión para terminar

Quizá la pregunta más importante no sea quiénes somos ante los demás, sino quiénes somos cuando dejamos de intentar demostrar nada.

¿Qué queda de nosotros cuando apagamos el ruido del mundo, dejamos a un lado las obligaciones y nos permitimos escuchar nuestra propia voz?

Tal vez descubramos que, debajo de las preocupaciones, las heridas y los miedos, todavía hay una persona que necesita cariño, libertad, ilusión y paz.

Una persona que merece ser escuchada, empezando por sí misma.

Y tú, ¿te has detenido alguna vez a escuchar lo que late dentro de ti?

No lo que esperan los demás. No lo que te exige la vida. No lo que crees que deberías sentir.

Sino eso que, en lo más profundo de tu ser, todavía te hace sentir que estás aquí, que eres tú y que tu historia continúa.

Porque quizá la verdadera tarea de vivir no consista en convertirnos en alguien diferente, sino en aprender a reconocer, cuidar y amar a la persona que siempre hemos llevado dentro.

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