
¿Y si no soy de izquierdas ni de derechas? Soy de las personas
Hay veces que una se detiene a pensar y descubre que las etiquetas se le han quedado pequeñas. Durante mucho tiempo he sentido que la derecha podía representar mejor algunas de mis ideas, porque me identifico con el arraigo a la familia, la importancia de la moral y mis creencias religiosas. Sin embargo, cuando miro dentro de mí, descubro que tampoco encajo del todo en un espacio político concreto.
Porque yo creo en la libertad. En la libertad de cada persona para ser quien es, para amar a quien quiera y para vivir su identidad sin miedo a ser juzgada. Creo que nadie debería tener que esconder una parte de sí mismo para ser aceptado por la sociedad. Y esa libertad también forma parte de mis valores.
Entonces me pregunto: ¿por qué tengo que elegir entre unas ideas y otras? ¿Por qué parece que, si defiendes determinados principios, tienes que aceptar obligatoriamente todo lo que representa un partido?
No. Yo no quiero pensar por bloques. Quiero pensar por mí misma.
Mi fe no cabe en una etiqueta
Tengo un sentido de la religión que quizá no siempre encaje en lo que otros esperan de una persona creyente. Mi fe es mía, nace de mi interior y se alimenta de mi manera de entender el mundo. No necesito que nadie me diga cómo debo sentir a Dios, ni creo en una imagen de un Dios estricto, pendiente de castigarnos por cada error.
El Jesús en el que creo es amor. Puro amor.
Es el Jesús que se acerca a los necesitados, que escucha a quienes nadie escucha, que se sienta al lado de los humildes y que mira el corazón de las personas más allá de sus apariencias. Es el Jesús que no pregunta primero de dónde vienes, qué piensas o a quién amas, sino que se detiene ante tu sufrimiento.
Creo en ese Jesús que tiende la mano, que comprende nuestras debilidades y que nos invita a ser mejores sin humillarnos. Un Jesús que no utiliza el miedo para acercarnos a Dios, sino el amor.
Por eso, cuando observo el mundo, me cuesta comprender que alguien pueda utilizar la religión para despreciar a otra persona. Para mí, la fe debería abrir puertas, no levantar muros. Debería servir para acompañar, consolar y ayudar, no para señalar con el dedo.
Y tampoco creo que una persona necesite tener fe para ser buena. Hay personas creyentes y no creyentes capaces de amar, cuidar y entregarse a los demás. La bondad no debería ser propiedad de ninguna religión.
La libertad y la familia pueden caminar juntas
A veces parece que tenemos que elegir: o defendemos la familia o defendemos la libertad individual; o somos personas tradicionales o aceptamos los cambios sociales.
Pero ¿quién ha dicho que no podamos valorar ambas cosas?
Para mí, la familia es una raíz. Es memoria, pertenencia, cuidado y, en el mejor de los casos, ese lugar al que podemos regresar cuando el mundo se vuelve demasiado difícil. Pero la familia también necesita amor, respeto y libertad. No puede convertirse en una jaula ni en una excusa para decidir cómo deben vivir los demás.
Del mismo modo, defender la libertad no significa renunciar a los principios, a la responsabilidad o a los vínculos que nos sostienen.
Podemos tener convicciones firmes y respetar a quien piensa de otra manera. Podemos conservar nuestras tradiciones sin despreciar a quienes eligen un camino distinto. Podemos creer en Dios y defender que cada persona merece vivir con dignidad, sin que nadie le imponga sus creencias.
Yo no quiero un mundo en el que todos pensemos igual. Quiero un mundo en el que podamos pensar de manera diferente sin dejar de reconocernos como seres humanos.
No quiero una política de trincheras
Quizá por eso cada vez me cuesta más sentirme identificada con las etiquetas políticas.
No me convence la idea de que todo lo que hace un partido sea bueno porque es el mío y todo lo que hace el contrario sea malo porque pertenece al otro bando. No quiero aplaudir sin pensar ni criticar por obligación.
Me gustaría ver una política más humana, más honesta y menos preocupada por conservar el poder.
Sueño con ver a políticos de diferentes ideologías sentados alrededor de una misma mesa, capaces de escucharse sin convertir cada conversación en una batalla. Que puedan discrepar, debatir y defender sus propuestas, pero que también sepan reconocer una buena idea cuando viene del otro lado.
Me gustaría que tendieran puentes en lugar de levantar trincheras. Que dejaran de mirar únicamente quién ocupará el sillón presidencial y empezaran a preguntarse qué necesita de verdad la ciudadanía.
¿No debería ser ese el sentido de la política?
Gobernar no tendría que consistir en vencer al adversario, sino en trabajar por las personas. El poder debería ser una responsabilidad, no una propiedad. Y los cargos públicos tendrían que entenderse como una oportunidad de servicio, no como un premio que hay que conservar a toda costa.
Quiero una política en la que los acuerdos no se consideren una traición, sino una muestra de madurez. En la que se pueda ceder sin perder la dignidad y defender las propias ideas sin despreciar las ajenas.
No espero que todos estén de acuerdo en todo. Sé que las diferencias existen y que algunas son profundas. Pero precisamente por eso necesitamos diálogo, respeto y voluntad de encontrar soluciones.
Porque mientras los políticos discuten por sus espacios de poder, hay personas que necesitan una vivienda, una atención sanitaria digna, oportunidades laborales, apoyo para cuidar a sus familiares o una mano amiga que no las deje atrás.
Y esas personas no deberían ser las últimas de la lista.
¿Soy apolítica? Quizá soy algo más difícil de clasificar
A veces me pregunto si soy apolítica. Quizá sí, si con ello quiero decir que no me siento representada plenamente por ningún partido. Pero no soy indiferente a lo que sucede a mi alrededor.
Me importa la justicia. Me importa la libertad. Me importa la familia. Me importa la dignidad de las personas. Me importa la solidaridad con quienes tienen menos oportunidades. Me importa la educación, el respeto y la posibilidad de vivir sin miedo.
No quiero que nadie me diga que, por creer en Dios, tengo que pensar de una determinada manera. Ni que, por defender la libertad de género o el derecho de cada persona a vivir su identidad, deba renunciar a mi fe o a mis convicciones familiares.
Mis ideas no tienen por qué pertenecer todas al mismo paquete político.
Tal vez sea liberal en algunas cuestiones, tradicional en otras y profundamente solidaria en todas aquellas en las que alguien necesita ayuda. Tal vez haya aspectos de diferentes corrientes políticas con los que coincida y otros que me alejen de ellas.
Y no pasa nada.
No tengo que encajar a la fuerza en una casilla. No necesito escoger un color para justificar lo que pienso. Tengo derecho a cambiar de opinión, a cuestionarme las cosas y a construir mi propio criterio.
Porque pensar por uno mismo también es una forma de libertad.
Menos poder y más humanidad
No escribo estas palabras para atacar a la izquierda ni para defender a la derecha. Tampoco para decir que todos los políticos son iguales. Sé que existen personas con vocación de servicio en diferentes espacios políticos y que las propuestas deben valorarse por sus hechos, sus resultados y sus consecuencias.
Lo que deseo es que la honestidad no tenga ideología. Que la solidaridad no pertenezca a un solo bando. Que la libertad no sea una palabra que se utiliza cuando conviene y se olvida cuando incomoda.
Quiero que nuestros representantes recuerden que detrás de cada cifra hay una vida, detrás de cada decisión hay una familia y detrás de cada problema social hay personas que esperan respuestas.
Y quiero que la religión, cuando esté presente en la vida pública, sea una invitación al servicio y a la convivencia, nunca una imposición sobre la conciencia de los demás.
Quizá parezca una utopía pensar que quienes se enfrentan públicamente puedan sentarse a dialogar con sinceridad. Pero las utopías también sirven para recordarnos hacia dónde queremos caminar.
Yo quiero caminar hacia una sociedad en la que las diferencias no nos conviertan en enemigos; en la que podamos defender nuestros valores sin pisotear los de los demás; en la que la política recupere la palabra, la escucha y la honestidad.
Y, sobre todo, quiero una sociedad en la que nunca olvidemos que antes que votantes, militantes, creyentes o ateos, somos personas.
Personas que necesitamos amar y ser amadas. Personas que tenemos miedo, dudas, sueños y esperanzas. Personas que, en algún momento de nuestra vida, podemos necesitar la ayuda de los demás.
Si Jesús nos enseñó algo, desde la fe que yo siento, es que el amor al prójimo no debería depender de su procedencia, sus ideas o sus circunstancias.
¿Por qué no llevar también esa enseñanza a nuestra manera de convivir?
No pido que todos pensemos igual. Pido que aprendamos a escucharnos. No pido que desaparezcan las ideologías. Pido que ninguna ideología esté por encima de la dignidad humana.
Y si para defender todo esto tengo que decir que no soy ni de izquierdas ni de derechas, lo diré.
No quiero pertenecer a un bando por encima de mi conciencia. Quiero ser libre para pensar, tener fe sin imponerla, amar sin juzgar y defender a las personas sin preguntar primero de qué lado están.
Quizá no sea apolítica. Quizá simplemente me niego a dejar que la política decida por mí quién debo ser.
Porque, al final, por encima de cualquier color, cualquier bandera y cualquier sillón presidencial, debería estar siempre lo más importante: el ser humano.
Y mi lugar, mientras pueda elegirlo, estará al lado de quienes necesitan una mano tendida, una palabra sincera y un poco de amor.