
Hay días que comienzan demasiado pronto y terminan cuando el cuerpo apenas puede más. Hoy he madrugado para ir a Pilates, después he trabajado durante toda la jornada y, cuando parecía que el día había dado de sí todo lo que podía, todavía me quedaba un último momento para detenerme y mirar hacia dentro.
A veces, al terminar el día, pensamos que lo único que necesitamos es descansar. Y seguramente sea verdad. Pero hay ocasiones en las que, precisamente cuando las fuerzas empiezan a flaquear, encontramos una imagen, una palabra o una conversación que nos invita a reflexionar sobre cómo vivimos y cómo miramos a los demás.
Hoy me he quedado pensando en Jesús.
He visto el primer capítulo de la primera temporada de Los elegidos, esa serie que nos acerca a la vida de Jesús de una manera tan humana. Y hay una escena que se me ha quedado dentro: Jesús llama por su nombre a María Magdalena.
María Magdalena, una mujer que llevaba consigo muchas heridas, que había sido señalada y a la que tantas etiquetas parecían definir ante los ojos de los demás. Sin embargo, en aquel encuentro, Jesús no se dirige a ella recordándole su pasado ni reduciéndola a aquello que otros pudieran pensar de ella. La llama por su nombre.
Y, después de tantas etiquetas, ella se siente reconocida. Se siente vista. Se siente amada.
¡Qué fuerza puede tener algo tan sencillo como escuchar nuestro propio nombre en los labios de alguien que nos mira con amor!
Porque todos necesitamos que alguien nos vea de verdad. No solamente que vea lo que hacemos, lo que decimos, nuestros aciertos o nuestros errores. Necesitamos que alguien sea capaz de mirar más allá de nuestras circunstancias y descubrir a la persona que somos.
Me he preguntado cómo sería sentir que Jesús pronuncia mi nombre. Que me llama conociendo mis luchas, mis miedos, mis limitaciones y también mis sueños. Que no necesito demostrar nada, ni encontrar siempre las palabras adecuadas, ni ser más inteligente o más capaz que nadie para sentirme querida.
Y he pensado en cuántas veces somos nosotros quienes ponemos etiquetas a los demás. Cuántas veces juzgamos sin conocer la historia que hay detrás de una persona. Cuántas veces creemos saber quién es alguien por lo que hemos oído, por sus errores o por aquello que se ve desde fuera.
¿Nos sentimos alguna vez por encima de los demás?
Hoy, al hacerme esa pregunta, he pensado en mí misma. No quiero creerme superior a nadie. Ni por lo que pueda saber, ni por lo que haya estudiado, ni por mi manera de expresarme o por las experiencias que me haya tocado vivir.
Es más, a veces me siento pequeña ante mi propia familia. Ante la facilidad de palabra, la agilidad mental o la capacidad de argumentar de algunas personas, hay momentos en los que me cuesta encontrar mi sitio. Las palabras de los demás parecen ocupar todo el espacio y las mías se quedan esperando, sin encontrar la manera de salir.
Pero estoy aprendiendo que sentirme pequeña en determinadas circunstancias no significa que valga menos. Mi valor no depende de mi rapidez al hablar, de mi capacidad para defender una idea o de tener siempre una respuesta preparada.
Cada persona tiene sus dones. Unos saben expresarse con una facilidad extraordinaria; otros tienen una sensibilidad especial para escuchar. Hay quienes poseen muchos conocimientos y quienes, sin grandes discursos, enseñan con su manera de vivir.
Yo he aprendido mucho de personas aparentemente sencillas, de esas que quizá no pronunciarían una gran conferencia, pero que tienen una bondad inmensa. Personas que saben acompañar, que están cuando las necesitas, que te ofrecen su cariño sin pedir nada a cambio y que hacen que la vida sea un lugar más amable.
Y pienso que esa también es una forma de sabiduría.
¿De qué nos sirve saber tanto si no sabemos mirar con cariño a quien tenemos delante? ¿De qué sirve tener argumentos para todo si nos falta la capacidad de escuchar? ¿Qué valor tiene sentirnos importantes si, por el camino, hacemos que otra persona se sienta pequeña?
Jesús, al llamar a María Magdalena por su nombre, nos recuerda —al menos así lo siento yo— que nadie debería quedar reducido a sus heridas, a sus errores o a las etiquetas que otros le han colocado.
Él la reconoce como persona. La mira de una manera diferente. Y ella descubre que puede ser amada más allá de todo aquello que parecía definirla.
¡Cuántas personas necesitan hoy una mirada así! Personas que se sienten juzgadas, que cargan con su pasado, que creen que no son suficientes o que han terminado por aceptar la imagen que otros les han devuelto de sí mismas.
Quizá nosotros también podamos ofrecerles un poquito de ese amor. No hace falta hacer grandes cosas. A veces basta con escuchar sin interrumpir, no juzgar a la ligera, respetar las diferencias o tratar con dignidad a quien no puede ofrecernos nada a cambio.
Porque nadie es tan pequeño como para no tener algo que enseñarnos, ni nadie tan grande como para dejar de necesitar amor.
Al terminar este día, cansada después de madrugar, hacer Pilates y trabajar durante tantas horas, me quedo con la imagen de Jesús pronunciando el nombre de María Magdalena.
Y me gustaría aprender a mirar a los demás de esa manera. Sin creerme superior, sin pensar que mis capacidades me hacen más valiosa y sin olvidar que detrás de cada rostro hay una historia que quizá desconozco.
También quiero aprender a mirarme así a mí misma. A no sentirme menos por no tener siempre la palabra más brillante, por necesitar más tiempo para expresarme o por ser diferente de quienes me rodean.
No tengo que demostrar que soy más que nadie. Tampoco necesito compararme continuamente. Me basta con intentar ser una persona capaz de aprender, de amar y de reconocer la dignidad de quienes caminan a mi lado.
Esta noche, mientras el cansancio me invita a cerrar los ojos, pienso que quizá una de las cosas más hermosas que podemos hacer por otra persona es llamarla por su nombre y mirarla con ternura.
Que se sienta vista. Que se sienta escuchada. Que sepa que no la reducimos a sus errores ni a sus circunstancias.
Y me pregunto si seremos capaces de mirar a los demás con ese mismo amor con el que imaginamos que Jesús nos mira a nosotros.
No siempre lo conseguiremos. Somos humanos, tenemos prejuicios, inseguridades y contradicciones. Pero podemos intentarlo cada día.
Mirar más allá de las apariencias. Juzgar menos. Escuchar más. Aprender de todos, incluso de quienes parecen tener menos que enseñarnos.
Porque, al final, todos deseamos que alguien nos mire y descubra quiénes somos de verdad.
Y quizá el amor comience precisamente ahí: cuando dejamos de ver etiquetas y empezamos a ver personas.
Esta noche me quedo con una idea: no quiero sentirme por encima de nadie, pero tampoco por debajo. Quiero aprender a reconocer el valor que hay en cada persona, incluido el mío.
Y si alguna vez Jesús pronuncia mi nombre, quiero creer que me encontrará tal como soy: con mis luces y mis sombras, mis capacidades y mis limitaciones, mis dudas y mi fe.
Sin necesidad de aparentar.
Sencillamente, yo.
Porque ser reconocidos y amados por lo que somos, y no por lo que los demás esperan que seamos, es uno de los regalos más hermosos que puede ofrecernos la vida.
Buenas noches. Que aprendamos a mirar a los demás con los ojos del amor.
Muchas gracias por compartir tu intimidad