
En un rincón del ayer, dentro de una caja de música, descansa una vieja bailarina con el alma vestida de rojo.
Su traje de gasa vaporosa aún conserva el movimiento de aquellos sueños de hojalata que parecían no tener final.
Alguien le da cuerda y comienza a girar lentamente. Da una vuelta, después otra… hasta que sus pasos se detienen y el silencio ocupa su escenario.
A veces se queda inmóvil, otras apenas puede girar, como si el mecanismo de su vida hubiera olvidado cómo bailar.
Y la miro… y me reconozco.
Yo también fui una bailarina que giraba sin preguntarse el tiempo, que soñaba con los brazos abiertos y se dejaba llevar por la música.
Pero la vida, esa mano invisible, me fue gastando los engranajes. Hubo golpes que doblaron mi hojalata, caídas que desajustaron mis pasos y días en los que no encontré la llave para volver a empezar.
Ahora a veces voy despacio, otras me detengo a mitad del camino. Hay mañanas en que mi cuerpo no responde y noches en que los recuerdos me dan cuerda desde dentro.
Pero todavía llevo mi traje rojo. Todavía queda belleza en mis movimientos, aunque ya no sean perfectos, aunque alguna pieza esté rota y mis giros no tengan la misma gracia.
Porque no soy solamente un juguete antiguo y desgastado. Soy también todas las canciones que han sonado dentro de mí, todos los sueños que sobrevivieron a los golpes del destino.
Y si alguien vuelve a darme cuerda, que no espere una bailarina perfecta. Que espere una mujer que ha vivido, que conoce el peso de las pausas y el valor inmenso de cada giro.
Quizá algún día deje de sonar mi música, como sucede con todos los juguetes. Pero mientras quede un hilo de melodía, mientras mi corazón conserve su compás, seguiré bailando a mi manera.
Porque hay juguetes que se rompen con el tiempo, pero hay almas que, aun agrietadas, nunca renuncian a bailar.
El tiempo quebra todos los juguetes . Pero aún tenemos cuerda y todavía tenemos escenario .