Amal y la casa que aún no existe

En el campamento, cuando el sol caía despacio y el polvo dejaba de levantarse, había un rincón donde siempre pasaba algo importante.

No lo sabían los adultos.
No lo anunciaba nadie.
Pero allí, junto a una tienda remendada y una cuerda de ropa de colores, Amal construía el futuro.

No con ladrillos.
Con lápices.

Se sentaba en el suelo, cruzaba las piernas y abría su cuaderno como si fuera una puerta.
A su lado, otros niños se acercaban poco a poco:

—¿Qué haces hoy? —preguntaba Yusef.
—Una casa —decía Amal sin levantar la mirada.
—¿Otra vez?
—Sí. Pero esta no es como las otras.

Y dibujaba.

Un tejado rojo.
Un árbol que daba sombra.
Una ventana abierta.
Un camino que no llevaba a huir, sino a volver.

—Aquí vamos a vivir —decía señalando el papel—.
—Pero eso no existe —susurraba Leila.
Amal sonreía.

—Todavía no.

Los niños del invierno

Aquellos niños habían aprendido demasiado pronto cosas que no deberían existir en la infancia:

  • el sonido de las bombas,
  • el significado del silencio después,
  • el miedo en los ojos de sus padres,
  • el viaje sin regreso,
  • la palabra “refugio”.

Habían corrido.
Habían perdido.
Habían visto.

Y eso deja huella.

Sí, algunos crecerán con miedo.
Algunos despertarán por la noche recordando.
Algunos sentirán rabia.
Porque el dolor, cuando no se cura, a veces se convierte en fuego.

Pero eso no es toda la historia.

Lo que nadie ve

Porque también ocurre otra cosa, más silenciosa, más poderosa:

Los niños juegan.

Incluso allí.

Juegan con una pelota desinflada,
con una cuerda,
con una piedra que se convierte en tesoro,
con un dibujo que se vuelve hogar.

Y cuando juegan, están haciendo algo inmenso sin saberlo:

están aprendiendo a vivir otra vez.

La pregunta que duele

Una noche, bajo un cielo limpio, Yusef le preguntó a Amal:

—¿Tú crees que cuando seamos mayores… vamos a querer vengarnos?

Amal se quedó en silencio.

Miró sus manos manchadas de colores.
Miró su dibujo.

Y respondió despacio:

—Yo creo que voy a querer construir mi casa.

—¿Y ya está?

—No —dijo ella—. También quiero plantar flores. Muchas. Para que nadie quiera volver a romperlas.

El futuro no es uno solo

No todos los niños elegirán el mismo camino.
Eso sería mentira decirlo.

Algunos crecerán con heridas abiertas.
Algunos necesitarán años para volver a confiar.
Algunos sentirán rabia.

Pero también habrá otros —muchos— que elegirán otra cosa:

  • ser médicos para curar lo que vieron romperse,
  • ser maestros para que otros niños aprendan en paz,
  • ser constructores para levantar lo que cayó,
  • ser poetas, artistas, soñadores, como Amal,
  • ser simplemente personas que no quieren más guerra.

Porque hay algo que la historia ha demostrado muchas veces:

 haber sufrido la guerra no obliga a repetirla

también puede despertar un deseo profundo de paz

La semilla

Un día, Amal enterró una semilla junto a la tienda.

—No va a salir —dijo alguien.
—Aquí casi no crece nada.

Amal la tapó con cuidado.

—Eso decían de nosotros —respondió.

Pasaron días.

Luego una semana.

Y una mañana, muy pequeña, casi invisible…

una hoja verde apareció.

Los niños se agacharon alrededor.

—Mira… —susurró Leila.
—Está viva…

Amal sonrió.

—¿Ves? —dijo—.
Si la tierra puede… nosotros también.

¿Qué será de ellos?

Serán lo que el mundo les permita…
pero también lo que ellos decidan ser.

Por eso es tan importante:

  • que tengan escuela,
  • que tengan cuidado emocional,
  • que tengan espacios para jugar,
  • que alguien escuche sus historias,
  • que no se les robe también el futuro.

Porque un niño no es solo lo que ha vivido.

Es, sobre todo,
lo que aún puede llegar a ser.

Cierre

Esa tarde, Amal terminó su dibujo.

No era perfecto.
Las líneas estaban torcidas.
Los colores se salían.

Pero había algo que lo hacía distinto:

no era un recuerdo.
Era una promesa.

Y mientras el viento movía la ropa tendida
y el sol caía despacio sobre el campamento,

Amal escribió debajo, con letras pequeñas:

“Aquí vamos a vivir.”

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