
Esta mañana, en la Casa de Espiritualidad de San Juan de la Cruz, con los frailes carmelitas de Úbeda, hemos reflexionado sobre un misterio profundo de la fe: Cristo Redentor, el Salvador.
A veces pensamos en Dios como algo lejano, como una idea o una palabra que repetimos en la oración.
Pero la mística de san Juan de la Cruz nos recuerda algo muy distinto: Dios es un Amado que habla al corazón.
Cuando el alma se abre a Él, comienza una relación que el santo describe con una imagen muy hermosa:
el matrimonio espiritual. No es una exageración poética. Es la forma más cercana de explicar la intimidad que puede llegar a tener Dios con el alma.
Porque el amor verdadero no guarda secretos.
Y así, en ese encuentro profundo, Dios comienza a revelar al alma los misterios de su amor: la Encarnación, la redención y la forma maravillosa en que ha querido salvar al ser humano.
Entre las imágenes que utiliza san Juan de la Cruz hay una que hoy hemos contemplado con especial profundidad: el manzano.
“Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada;
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.”
Estas palabras pueden parecer extrañas al principio, pero encierran una verdad muy hermosa.
El árbol recuerda al árbol del paraíso, donde el ser humano perdió la amistad con Dios. Allí comenzó la herida de la humanidad.
Pero el misterio cristiano tiene algo sorprendente: Dios no borra la historia, la transforma.
Donde hubo caída, pone redención.
Donde hubo herida, derrama su misericordia.
Por eso la Cruz se convierte en el nuevo árbol de la vida.
En la Cruz, Cristo vuelve a tender su mano al ser humano. Allí levanta a la humanidad caída y restaura la relación rota entre Dios y el hombre. Lo que el pecado había herido, el amor lo repara.
Es un gesto profundamente simbólico y profundamente real: Dios vuelve a tomar nuestra mano.
Pero este encuentro con Dios no ocurre de una vez para siempre. Comienza con la gracia, especialmente en el bautismo, pero continúa durante toda la vida.
Es un camino.
Un camino que va creciendo poco a poco, como una amistad que se hace cada vez más profunda.
San Juan de la Cruz habla también de otro símbolo muy bello: las cavernas de la piedra.
La piedra es Cristo.
Y esas cavernas representan los misterios profundos de su sabiduría.
Son como una mina infinita de tesoros: cuanto más se entra en Cristo, más riqueza se descubre.
En Él habitan la justicia, la misericordia, la sabiduría y la caridad en una profundidad que nunca se agota.
Pero entrar en ese misterio no siempre es fácil.
Para llegar a esa sabiduría el alma tiene que pasar también por el silencio, por la purificación interior, por el esfuerzo del camino espiritual e incluso por el sufrimiento. No como castigo, sino como preparación.
Porque el corazón necesita vaciarse de muchas cosas para poder llenarse de Dios.
Y entonces ocurre algo hermoso.
El alma deja de caminar sola.
Dios y el alma caminan juntos.
Obran juntos.
Aman juntos.
San Juan de la Cruz lo expresa con una frase muy sencilla y muy profunda: “nos entraremos”. Porque esta unión no la realiza el alma sola, sino Dios con el alma.
Y así, bajo el manzano de la Cruz, comienza siempre una historia nueva.
La historia de un Dios que no abandona al ser humano.
Que transforma las heridas en gracia.
La caída en redención.
Y el dolor en camino de sabiduría.
Allí, donde parecía que todo terminaba,
Dios vuelve a tomar nuestra mano.