Budapest: Peregrina en la noche iluminada

Salimos de Úbeda cuando la noche aún no había terminado de soñar.

Las cuatro de la madrugada tienen algo de éxodo interior: el cuerpo se mueve en silencio y el alma todavía está en otro lugar.
Éramos 45 peregrinos —porque así siento ahora este viaje— atravesando la oscuridad en autobús rumbo a Madrid, con maletas llenas y corazones medio dormidos.

Viajar, cuando una lleva su fragilidad a cuestas, no es sólo cambiar de país:
es un acto de abandono.

En los aeropuertos me asistieron y recorrí los espacios en silla de ruedas.
Todo era más lento que en Málaga, menos ágil, más cansado…
pero también más humano.
Porque en esa lentitud aparecieron los rostros.

Personas que esperaban.
Manos que ayudaban.
Miradas que no tenían prisa.

Y comprendí que la accesibilidad más verdadera no son las rampas —que también— sino la ternura.

La primera noche: la ciudad encendida

Llegamos a Budapest y la ciudad nos recibió con una cena envuelta en la música de un piano.
Aquellas notas eran como una caricia después de tantas horas.

Y luego, la noche.

Hay ciudades que de día se muestran…
y otras que de noche se revelan.

Budapest iluminada sobre el Danubio parecía suspendida en lo eterno.
Las luces reflejadas en el agua me recordaban que todo es pasajero y, al mismo tiempo, todo permanece en Dios.

Ver con los ojos… y con el alma

El día siguiente fue un abrir los ojos continuamente:
plazas, historia, puentes, piedra viva.

Por la tarde, el Danubio.

Navegar por él mientras anochecía fue como entrar en una oración sin palabras.
La ciudad a ambos lados, la cena, las conversaciones suaves…
y dentro de mí una gratitud serena.

El sábado llegaron la Ópera y el Parlamento, templos de la belleza humana, donde el arte parece querer tocar el cielo.

Después, la tarde libre: ese pequeño milagro de poder ir sin horario, simplemente estando.

Y otra vez el piano en la cena, como un hilo invisible que nos iba tejiendo como grupo.

El domingo, la sinagoga.
Allí el silencio tenía peso.
Un silencio que no era vacío, sino memoria.

El verdadero viaje

Este no ha sido un viaje cómodo.

Ha sido agotador.
La comida, sencilla hasta casi la pobreza.
El cuerpo ha vuelto cansado.

Pero el alma…

el alma ha vuelto llena de nombres propios.

De personas buenas.
De compañeros que se convirtieron en apoyo sin que yo lo pidiera.
De sonrisas que empujaban mi silla más que las manos.

He visto la ciudad, sí.
Pero sobre todo he visto el corazón humano.

Regresar

Volver a Úbeda fue como cerrar un círculo.

Y ahora, en el silencio de mi casa, comprendo que este viaje ha sido una parábola:

Dios también se manifiesta en los aeropuertos largos,
en el cansancio del cuerpo,
en la comida que no nos gusta,
en la ayuda inesperada,
en la música que acompaña una cena sencilla.

Budapest ha sido intensa.

Y en esa intensidad he descubierto, una vez más,
que la gracia también habita en el esfuerzo
y que no hay viaje exterior
que no sea, en el fondo,
un viaje hacia dentro.

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