Celia y la estrella que repartía esperanza


En una casita pequeña, rodeada de campos y silencio, vivía Celia, una niña de ojos curiosos y sonrisa suave. No tenía papá ni mamá; desde hacía tiempo, su mundo estaba hecho de los brazos cálidos de sus abuelos y del cielo inmenso que se abría cada noche sobre el campo. Allí, lejos de las luces de la ciudad, las estrellas brillaban como cuentos encendidos.
La víspera de Reyes, Celia dejó sus zapatos junto a la chimenea. Mientras los colocaba con cuidado, pensaba en los Reyes Magos, en sus camellos y en los regalos que traían con amor. Pero antes de dormir, salió al porche envuelta en una manta. Levantó la vista y entonces la vio: una estrella distinta, más viva que las demás, como si guiñara un ojo desde lo alto.
—Abuela —susurró—, mira… es la Estrella de Belén.
La abuela se sentó a su lado y le contó que esa estrella, desde hace siglos, guía a quienes buscan hacer el bien. Celia escuchaba con el corazón abierto, hasta que una idea le apretó el pecho.
—Abuela… —dijo bajito—, he oído que cerca de Belén hay guerra. Hay niños que no tienen juguetes ni paz. Me da mucha pena. ¿Y si siguiéramos la estrella para llevarles regalos?
La abuela la miró con ternura, como quien reconoce una luz valiente.
—No podemos seguirla como los Reyes —respondió—, pero sí podemos escuchar lo que nos pide.
A la mañana siguiente, cuando el gallo cantó, los abuelos llamaron a Celia a la cocina. Sobre la mesa había cajas con muñecos, pelotas, libros de colores y bufandas tejidas con cariño.
—Haremos un viaje —dijo el abuelo—. Iremos a un campo de refugiados y repartiremos estos juguetes. La estrella nos ha marcado el camino del corazón.
Celia dio un salto de alegría. Sus ojos brillaban más que la noche anterior. Durante el viaje, pensó en los Reyes, en la estrella, y en cómo los regalos también podían ser abrazos, risas y esperanza.
Cuando llegaron, los niños salieron a su encuentro. No importaba el idioma: las sonrisas se entendían solas. Celia repartió juguetes, compartió juegos y, por un instante, la guerra pareció quedarse lejos. Al caer la tarde, alzó la vista y creyó ver la estrella de nuevo, serena, como agradeciendo.
Esa noche, de regreso al campo, Celia comprendió que la magia de los Reyes no vive solo en los regalos, sino en el deseo de hacer el bien. Y supo que, mientras hubiera alguien dispuesto a seguir una estrella para ayudar a otros, la esperanza nunca se apagaría. ✨

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