
No hablo en las salas llenas
porque el aire está cansado.
Las voces chocan entre sí
como pájaros sin cielo
y mi palabra se vuelve hoja
que prefiere caer.
Entonces salgo.
Y el mundo baja el volumen.
El bosque me habla despacio.
Un árbol me cuenta
lo que tarda en decidir una raíz.
El río me confía
todo lo que sabe del tiempo
sin pronunciarlo.
Mi incapacidad social
se transforma en oído.
Oigo cómo respira la piedra,
cómo la luz aprende
a posarse sin herir,
cómo la noche afina
sus instrumentos invisibles.
No saber estar entre muchos
me enseñó a estar con todo.
A escuchar lo que no pide respuesta.
A entender que el silencio
no es ausencia,
sino una lengua antigua
que solo algunos
aprendemos a recordar.
Y allí,
donde nadie espera que diga nada,
la vida
me lo cuenta todo.