Donde el fuego aprende a cuidar

Estoy hecha de luz,
aunque a veces duela mirarme por dentro.
Luz que no sabe esconderse,
que alumbra incluso las grietas
donde el miedo intenta quedarse a vivir.

Estoy hecha de fuego,
de ese que arde sin pedir permiso,
que quema las manos
pero también las salva del frío.
Fuego que nace por ti,
no para consumirte,
sino para que no mueras
en el intento de amar.

Ardo para recordarte
que el amor no es ceniza,
que vivir es arriesgar la piel,
que incluso el dolor
puede ser una forma de luz.

Porque amar duele,
sí,
pero no amar
apaga.

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