El farol que aprendió a escuchar

En una calle estrecha, de esas que parecen olvidadas por el sol, vivía un farol antiguo. Su hierro estaba gastado por los años y su luz era débil, amarilla, casi tímida. Cada noche se encendía sin falta, aunque nadie pareciera notarlo. No iluminaba escaparates ni grandes plazas; apenas dibujaba un círculo de claridad sobre los adoquines húmedos. Pero tenía un don secreto: escuchaba.
Escuchaba los pasos cansados de quienes regresaban tarde, arrastrando el día como una carga invisible. Escuchaba risas rápidas que se escapaban antes de doblar la esquina, palabras que no querían quedarse. Escuchaba suspiros, silencios largos, pensamientos que nadie se atrevía a decir en voz alta. Todo pasaba bajo su luz y quedaba guardado en él, como si su metal tuviera memoria.
Una noche de lluvia persistente, cuando la calle brillaba como un espejo roto, un niño se detuvo frente al farol. Tenía el abrigo empapado y las manos temblorosas, pero apretaba los labios con fuerza: no quería llorar. Miró alrededor, buscando algo familiar, pero solo encontró sombras y el sonido de la lluvia cayendo sin descanso.
El farol, que nunca había hablado, parpadeó suavemente. No fue un destello fuerte, sino un temblor cálido, casi un susurro de luz. Era como si le dijera: quédate. El niño entendió sin saber cómo. Se sentó en el borde de la acera, justo debajo del farol, y empezó a hablar en voz baja. Contó que se había perdido, que la noche le parecía demasiado grande, que tenía miedo de no encontrar el camino de regreso. Las palabras salían despacio, mezcladas con la lluvia, y el farol las recibió todas sin interrumpir.
El tiempo pasó sin prisa. La lluvia se volvió más fina. Y entonces, a lo lejos, se escucharon pasos apresurados y una voz llamándolo por su nombre. Una mujer apareció corriendo por la calle, con los ojos llenos de angustia. Cuando lo vio, lo abrazó con fuerza, como si quisiera asegurarse de que era real.
El niño, ya a salvo, miró al farol y sonrió. Juró que no había estado solo, que alguien lo había cuidado. La mujer siguió su mirada, pero solo vio un farol viejo iluminando la calle.
Desde aquella noche, nada pareció cambiar… y, sin embargo, todo cambió. El farol siguió escuchando como siempre, pero su luz comenzó a brillar un poco más. No porque fuera nuevo, sino porque había aprendido algo esencial: que a veces no hace falta hablar, ni guiar, ni resolver. A veces, escuchar es suficiente. Y escuchar, también, es una forma de salvar.

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