
Era Leo un niño de apenas cinco años que tenía el pelo de color rojo y se le quedaba siempre un poco revuelto le daba un aspecto de niño gracioso y tal vez un poco travieso, aunque ya sabéis que todas las apariencias engañan.
Ocurría que todas las mañanas algo se perdía en su casa, un día un calcetín, otro la fiambrera con la merienda, el gorro del cole e incluso un zapato.
Su madre Erika no sabia muy bien si suspirar, sonreír o llorar mientras le preguntaba
—¿Dónde lo has dejado ahora, Leo
Y Leo sonreía con bastante picardía pues aunque era su secreto, era gracioso y solo algunos adultos lo sabían, pocos.
Leo tenía un gnomo.
Sí, no abras los ojos tanto, tenía un gnomo pero no era un gnomo cualquiera puesto que no vivía en el jardín de su casa ni era el personaje principal de uno de esos cuentos. Nilo, que era su nombre, vivía con Leo en su cuarto, se instalaba donde quería debajo de la almohada, en el alfeizar de la ventana o en el cajón de los calcetines.
Lo mejor de todo llegaba con la noche, cuando Erika le acostaba y le daba su beso de buenas noches en su pecosa mejilla, entonces comenzaba la diversión. NiKo se colaba en sus sueños y se reían juntos volando en autobuses de chuches. Algunas noches hasta hacían guerras de cosquillas en las nubes.
En las mañanas comenzaba su juego favorito.- Esconder todo tipo de cosas.-
En la mochila de Leo aparecía el cepillo de dientes y la merienda en el bolsillo del abrigo de papá y sus papas, ¡Ay sus papas! se ponían a buscarlo todo a la carrera mientras le decían:
—¡Leo! ¿Dónde has metido esto otra vez?
—No lo sé… ¡Tal vez fue Nilo! —decía Leo, guiñando un ojo.
Su madre ponía los ojos en blanco, si como tú que escuchas el cuento y su padre suspiraba un poco nerviosos aunque al final también sonreían.
Aquel jueves fue una mañana complicada, llovía mucho y los coches iban muy despacio, entonces viendo que los papas se estaban poniendo nerviosos sacó del bolsillo de la mochila un papel arrugado que decía:
«La vida no solo es prisa, sino también sensación. Dejad que caigan sonrisas, aún lloviendo en cantidad.»
—Lo dejó Niko esta mañana —dijo Leo, mostrándola.
Su padre cogió el papel y lo leyó en voz alta, casi cantando … y por primera vez en mucho tiempo, rió en medio de un atasco.
Y sabéis que ocurrió desde ese día, que se volvió parte de las obligaciones del día, Buscar a Niko.
-¿Dónde estas Niko? ¿en el maletín de mama? ¿en el estuche de los lápices? ¡ah, no! en la taza del desayuno.
Y cuando lo encontraban tatareaban juntos:
La vida no es solo correr, gritar, llegar. Es también jugar, reír y mirar con ojos curiosos.
así que te digo amiguito mío, busca un gnomo, de verdad que ya es un motivo para sonreír.
Y colocando estás letras, este cuento se acabó, al menos por hoy…
FIN
Moraleja
Con la imaginación como compañera de vida y esas pequeñas travesuras, la vida no es una carrera llena de obligaciones, hay que parar, reír y buscar, por que no e incluso observar y verás que de cosas que antes no viste, encontraras en tu camino.
Porque incluso en los días nublados… un gnomo puede esconder una sonrisa.