El jardín donde el tiempo decía hoy

Dicen que hay un lugar al que solo se llega cuando el alma deja de defenderse.
No aparece en los mapas ni en los sueños comunes.
Se abre —como se abre una herida que ya no duele—
cuando alguien pronuncia despacio la palabra confianza.

Allí llegó una mujer una tarde sin tarde.

Caminaba con las manos vacías y el corazón lleno de horas antiguas.
Había intentado guardarlas en cajones, en fotografías, en conversaciones que no terminaron,
pero el pasado pesaba como una llave oxidada que no abría ninguna puerta.

Entonces lo vio.

Bajo la superficie de un agua inmóvil
había un jardín.

No era un jardín vivo como los de la tierra,
sino un jardín sumergido en luz azul,
donde las estatuas lloraban hilos dorados
y las flores crecían sin tocar el suelo.

—Aquí —susurró una voz que no venía de ninguna parte—
puedes dejar lo que ya no te pertenece.

La mujer se inclinó.
De su pecho sacó la llave antigua del dolor
y la dejó caer en el cuenco transparente del agua.

La llave no hizo ruido al hundirse.
Solo se volvió luz.
Y el agua la llevó lejos,
como si la misericordia tuviera corriente propia.

Cuando levantó la mirada,
sus manos ya no estaban vacías.

En ellas descansaba un pájaro hecho de agua y claridad.
No pesaba.
Respiraba.

Cada latido del pequeño cuerpo
hacía sonar campanas invisibles
y el aire se llenaba de niebla luminosa.

—Este es tu presente —dijo la voz—.
No lo aprietes.
Ámalo.

La mujer lo acercó a su rostro.
El pájaro cantó sin sonido
y en ese canto desaparecieron los relojes.

El tiempo dejó de ser una línea
y se convirtió en una taza humeante
que alguien sostenía para ella en mitad del camino.

Bebió.

Era un sabor sencillo:
pan compartido,
una mirada que comprende,
una mano sobre otra mano herida.

Y entonces sintió miedo.

—¿Y lo que aún no ha llegado? —preguntó—.
¿Y los días que no sé vivir?

El cielo se abrió como un libro sin letras.

Ante ella apareció un sendero que no estaba dibujado.
Cada vez que avanzaba, nacía bajo sus pies.

Al final del sendero
una barca flotaba sobre un océano de estrellas.

—Tu futuro —dijo la voz—
no necesita ser visto.
Solo dormido en la providencia.

Y la mujer comprendió.

Se recostó como una niña
sobre el pecho interminable de la noche
y dejó allí sus preguntas,
sus planes,
sus miedos.

Cuando despertó,
tenía entre las manos un reloj de arena.

Pero la arena no caía.

En el cristal estaba escrita una sola palabra:

hoy

Ese hoy florecía.

De él salían margaritas pequeñas,
una mariposa azul atravesaba su sombra,
un lirio se abría sin historia.

Y cada cosa que encontraba —una taza, un rostro, una herida—
tenía dentro el mismo resplandor.

Entonces lo vio.

Dentro de una gota suspendida en el aire
giraba el universo entero.

Y en el centro de ese universo
había una semilla.

La mujer comprendió que era ella.

No la que había sido.
No la que temía ser.
Sino la que latía ahora
en la luz.

Se dejó caer en esa claridad
como un río que por fin encuentra el mar
y olvida su nombre.

Desde entonces,
quienes pasan por ciertos atardeceres
dicen que hay una mujer
que camina con un pájaro de agua en las manos
y una barca en los ojos.

Y que si te acercas lo suficiente
puedes escucharla decir, muy despacio:

—No tengo más tiempo que este…
y es infinito. 🌙✨
 
 
 

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