
Hay un instante, casi imperceptible, en el que una se atreve a volver.
No sucede con ruido. No hay anuncio. No hay testigos.
Solo una mano que duda un segundo más de la cuenta… y, finalmente, toma el pincel.
Así ha sido mi regreso.
Más de un año sin rozar el color, sin escuchar el leve susurro de las cerdas sobre el papel, sin perderme en ese lenguaje sin palabras que es la pintura. Y, sin embargo, todo seguía dentro de mí, intacto, como una semilla dormida esperando su estación.
Volver no ha sido fácil. Volver nunca lo es.
Hay un pequeño vértigo en reencontrarse con lo que una ama. Un temblor suave, casi infantil, que pregunta en silencio:
¿seguiré sabiendo?
Y entonces sucede.
El primer trazo no es perfecto. Ni el segundo. Ni importa.
Porque lo verdaderamente importante no es hacerlo bien, sino atreverse.
La casa, el silencio y un gato
Esta vez no había nadie guiando el camino
Sin profesor.
Sin correcciones.
Sin red.
Solo yo, frente al blanco.
Y en ese espacio, que al principio parecía inmenso, descubrí algo inesperado:
libertad.
Pintar en casa se volvió un acto íntimo, casi sagrado. Como encender una luz pequeña en medio del día. Como sentarse a escucharse sin prisa.
Y allí estaba Víctor.
Mi gatito, testigo silencioso de este regreso. A veces curioso, a veces dormido, siempre cerca.
Hay algo profundamente bello en crear acompañada por una presencia que no exige nada, que simplemente está.
Entre pinceles, pausas y miradas felinas, la casa se convirtió en refugio. Y el refugio, en origen.
El tercer día: la intemperie
Y llegó la tercera tarde.
Salir.
Colocar el pequeño caballete frente al mundo. Dejar que la luz real, cambiante, imperfecta, entrara en el cuadro.
El aire tenía otra textura. Los colores, otra verdad.
Pintar fuera no es solo pintar:
es exponerse. Es aceptar que todo está vivo, que nada se detiene para que tú lo comprendas. Es mirar de verdad.
Y en ese acto, aparentemente sencillo, sentí algo inmenso:
plenitud.
No una alegría ruidosa. No una euforia pasajera.
Sino una certeza suave, profunda, casi serena: puedo.
Puedo sola. Puedo empezar de nuevo. Puedo sostenerme en lo que amo.
La plaza y la gratitud
En la Plaza Vázquez de Molina, bajo la mirada eterna de las piedras, pinté El Salvador.
Y no estuve sola.
Virginia estaba allí.
Acompañando sin invadir.
Animando sin imponer.
Sosteniendo sin que apenas se note.
Hay personas que no hacen ruido, pero abren caminos.
Gracias, Virginia, por esa tarde. Por tu generosidad. Por recordarme, quizá sin saberlo, que el arte también se comparte, que la belleza también se aprende en compañía.
Aquel cuadro no es solo un edificio. Es un instante. Es un paso. Es un regreso.
Volver es otra forma de nacer
Dicen que nunca se vuelve al mismo lugar.
Y es cierto.
Yo no he vuelto a la pintura siendo la misma.
He vuelto más lenta. Más consciente. Más vulnerable, tal vez.
Pero también más valiente.
Porque ahora sé que no necesito hacerlo perfecto. Solo necesito hacerlo mío.
Y en cada trazo hay algo más que color: hay memoria, hay herida, hay luz.
Volver a los pinceles ha sido, en el fondo, volver a mí.
Y en ese regreso he encontrado algo que no sabía que estaba buscando:
una forma de estar en el mundo con más verdad.
A veces basta un pincel, una tarde y el valor de empezar de nuevo para recordar quién eres.



Yo he vuelto. Y, en ese gesto pequeño, he encontrado algo inmenso: la certeza de que aún puedo crear belleza.