
Crónica íntima de una discapacitada en el Paseo Machadiano
El Paseo Machadiano en Baeza siempre tiene algo de rito: las calles se vuelven verso, las rosas parecen latir en las manos y la memoria de Antonio Machado camina despacio entre nosotros. Yo iba feliz. Había escrito mi poema homenaje al poeta y lo llevaba conmigo como quien guarda una pequeña ofrenda. Me sentía parte de la belleza de esa mañana.
Pero ocurrió lo de siempre.
Hablar en público —y más aún improvisar— es para mí como cruzar un puente colgante. Desde pequeña me pasa. Las palabras, que en el papel son casa, en la boca se vuelven pájaros asustados.
No tenía previsto leer a Machado. Sin embargo, al ver a los demás, tan valientes, tan serenos, me animé. Busqué el poema en el móvil y empecé:
“Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario…”
Y ahí empezó el temblor.
No era el poema. Era mi voz.
Era mi mente diciéndome: no lo estás haciendo bien.
Era ese instante en el que una desea desaparecer, que la tierra se abra y te trague con delicadeza.
Pensé: sigue, sigue y acaba.
Y acabé.
Con el ego por los suelos.
Quise repararlo leyendo mi propio poema, como quien intenta recoger un jarrón roto antes de que alguien vea los trozos. Pero Juanjo, con una sabiduría que solo tienen los que te quieren, me detuvo. Y hizo bien. Porque yo ya estaba trabada, herida por dentro, luchando contra mí misma.
Luego llegó la pregunta sencilla, limpia, sin juicio, de Mari Carmen:
—¿Qué te pasó, que te trabaste?
Y la respuesta fue igual de sencilla:
—La improvisación… no se puede improvisar.
La discapacidad invisible y el diálogo con el ego
Hay discapacidades que no se ven.
No llevan silla de ruedas ni bastón.
No despiertan la compasión inmediata del mundo.
Son esas que aparecen cuando tienes que hablar sin red, cuando la mente corre más que la lengua, cuando el corazón late tan fuerte que desordena las sílabas.
Y entonces ocurre algo curioso:
yo, que tantas veces digo con naturalidad mi discapacidad, hay momentos en los que no me siento una persona discapacitada… hasta que tropiezo.
Ahí aparece el ego.
Ese ego que quiere hacerlo perfecto.
Ese ego que susurra: deberías poder como los demás.
Ese ego que olvida que la vida no va de ejecuciones perfectas, sino de verdades compartidas.
Mi ego cayó al suelo aquel día.
Pero no fue una caída estéril: fue una caída que me recordó quién soy.
La mirada de los otros: el verdadero poema
Lo más hermoso no fue mi lectura.
Fue la mirada de mis amigos.
Nadie le dio importancia.
Nadie me midió por mis tropiezos.
Nadie vio fracaso.
Ellos vieron a Elena.
La que escribe.
La que siente.
La que estaba allí, con ellos, formando parte del camino machadiano.
Y eso es el amor en estado puro:
cuando los demás no te reducen a tu dificultad,
cuando tu torpeza no eclipsa tu verdad.
Aprender para el futuro
Sí, hay una lección.
No desde la culpa.
No desde la exigencia cruel.
Sino desde el cuidado.
Preparar mejor las lecturas.
Ensayar.
Darme tiempo.
Tenderme puentes en lugar de ponerme precipicios.
Porque aceptar la propia fragilidad no significa renunciar a crecer.
Epílogo: la victoria que no se ve
Aquel día no gané en la forma.
Pero gané en lo esencial.
Fui.
Leí.
Me tembló la voz.
No me fui corriendo.
Me quedé.
Y eso, para alguien que ha vivido toda su vida con el miedo a trabarse, es una forma de valentía.
Mi discapacidad no me define.
Mi ego tampoco.
Me define el amor que pongo en los poemas,
la red de amigos que me sostiene,
y esta capacidad de volver a escribir lo vivido
para convertir el temblor en palabra.
Porque, al final, también esto es muy machadiano:
Se hace camino al andar.
Y yo sigo andando. 🌿