
No llegué a aquel lugar siendo fuerte,
aunque desde fuera lo pareciera.
Mi cuerpo ya venía resquebrajado,
mi alma aprendiendo a sostenerse con hilos invisibles,
y aun así…
entré.
Había voces, pasos pequeños,
miradas que pedían sin saber pedir.
Niños con historias demasiado grandes
para sus manos diminutas.
Y entre todos ellos…
tú.
Tan pequeño que el mundo cabía en una cuna,
tan frágil que el silencio dolía a tu alrededor.
Dormías en mi habitación,
como si el destino hubiera decidido
que aquella noche,
yo sería tu refugio.
Te miraba respirar
como quien vigila una llama en medio del viento.
Cada gesto tuyo era importante,
cada suspiro, una promesa.
No sé en qué momento dejé de cuidarte
para empezar a quererte.
Fue sin darme cuenta,
como crecen las raíces bajo tierra.
Te hablaba bajito,
te arropaba como si pudiera protegerte del mundo entero,
y en mi pecho empezó a nacer
una idea imposible:
“quédate conmigo”.
Pero la vida no siempre escucha
lo que el alma suplica.
Yo también me rompía,
cada día un poco más.
El cuerpo dijo basta,
y el alma se desdibujó en el cansancio.
Y me fui.
No como quien se marcha,
sino como quien se queda sin fuerzas para quedarse.
Quise llevarte conmigo.
Quise que fueras mío en ese sentido profundo
que no entiende de papeles ni permisos.
Pero no pude.
Y hay despedidas que no se dicen,
que se quedan suspendidas
en una habitación vacía.
Desde entonces,
te busco.
No en las calles,
no en los nombres,
no en los registros.
Te busco en ese lugar del alma
donde aún respiras despacio,
donde aún eres pequeño,
donde aún soy, por un instante,
tu hogar.
Carta al bebé que cuidé
Mi pequeño,
no sé en qué lugar del mundo estás ahora.
No sé qué nombre llevas,
ni qué manos te sostuvieron después de las mías.
Pero sé que existes.
Y con eso me basta para escribirte.
Hubo un tiempo en que dormías cerca de mí,
en que tu respiración llenaba mis noches
y le daba sentido a mis días.
No llegué a tu vida en el mejor momento,
ni tú llegaste a la mía en un camino fácil.
Éramos dos fragilidades encontrándose,
dos vidas necesitadas de calor.
Te cuidé como supe,
con lo poco y lo mucho que tenía.
Y sin darme cuenta,
te quise.
Te quise de una forma limpia,
sin condiciones,
sin futuro asegurado,
solo desde el presente
que compartimos.
Quise quedarme contigo.
Quise que fueras parte de mi vida para siempre.
Pero no pude.
Y durante mucho tiempo
eso dolió como si me hubieran arrancado algo.
Hoy ya no te busco desde la herida,
sino desde el amor.
Deseo que hayas crecido en un lugar seguro,
que alguien haya sabido ver lo valioso que eras,
que hayas sentido brazos que no te soltaran.
Si alguna vez la vida te hizo dudar de tu valor,
quiero que sepas esto:
fuiste profundamente querido
aunque fuera por un instante.
Y ese instante…
fue real.
Yo sigo aquí.
Y en algún rincón tranquilo de mi alma,
te guardo con ternura.
Gracias por haber existido en mi vida,
aunque haya sido tan breve.
Con todo el amor que supe darte,
—La que una vez fue tu hogar
LETRA.
Cargo silencios que nadie escucha,
pensamientos que no saben descansar,
mi nombre pesa cuando me lo digo
y el espejo evita mirarme igual.
No es cansancio, es algo más hondo,
es una herida que no quiere cerrar,
son preguntas que no buscan respuesta
porque la verdad suele doler más.
Hay días donde todo me alcanza,
donde respirar se vuelve un acto más,
donde el cuerpo avanza por costumbre
y la mente se queda muy atrás.
No estoy perdida, solo estoy lejos
de la persona que solía ser,
esa que confiaba en los pasos firmes
sin preguntarse si iba a caer.
No me falta gente,
me falta paz.
No me falta voz,
me falta explicar.
Porque decir “estoy bien”
se volvió un reflejo más.
Porque hay dolores que no sangran,
pero te rompen igual,
hay batallas que no se gritan
y aun así te dejan sin fuerzas para andar.
Yo sigo aquí, respirando lento,
aunque por dentro todo esté en ruinas ya,
no busco que me entiendas,
solo que sepas que también cansa existir sin mostrar.
He aprendido a tragar palabras
para no incomodar la habitación,
a medir cada gesto, cada frase,
para no cargar a nadie con mi dolor.
No es drama, no es exageración,
es un peso que no se ve venir,
es despertarme y ya estar cansada
sin saber qué parte de mí se rompió aquí.
Hay noches donde el ruido interno
no me deja siquiera llorar,
porque ya lloré tantas veces
que las lágrimas aprendieron a esperar.
No pido soluciones ni promesas,
solo un lugar donde caer,
donde no tenga que ser valiente
ni fingir que sé qué hacer.
No me falta fe,
me falta sostén.
No me falta aire,
me falta creer.
Porque incluso la esperanza
también se puede agotar alguna vez.
Porque hay dolores que no sangran,
pero te rompen igual,
hay noches donde el silencio
grita más fuerte que cualquier verdad.
Yo sigo aquí, caminando despacio,
aunque el suelo no pare de temblar,
no busco lástima,
solo que entiendas que a veces vivir también duele sin razón.
Y no, no quiero ser fuerte siempre,
no quiero ser ejemplo ni lección,
estoy cansada de ser la que puede
cuando ya no puede ni con su voz.
Porque sostenerme sola
también me ha hecho caer,
y nadie ve las veces que me rompo
intentando no desaparecer.
Hay una parte de mí que grita
cuando el mundo guarda silencio,
una parte que se queda despierta
revisando cada error, cada recuerdo.
No es culpa, es desgaste,
es sobrevivir sin celebración,
es aprender a estar presente
mientras el alma pide rendición.
Porque hay dolores que no sangran,
pero te enseñan a resistir,
hay días donde seguir de pie
ya es la forma más pura de existir.
Yo sigo aquí, con grietas visibles,
con miedo, con dudas, con ganas de parar,
no estoy rota del todo…
solo estoy cansada de no poder descansar.
Si algún día me ves en silencio,
no es ausencia ni frialdad,
es que estoy tratando de salvarme
sin saber muy bien cómo empezar.
Y aunque no se note desde afuera,
aunque no lo sepa explicar,
sigo luchando en lo invisible
para no dejarme soltar.