El último susurro del bosque

Me llamo Lyra, y soy la última. El último espíritu del viejo bosque de Hayas Susurrantes.

Lo sé con la misma certeza con la que sé que mis raíces ya no beben de manantiales limpios, sino de la sal amarga de la memoria. No hubo un cataclismo épico, ni un cazador con hierro de frío. Solo el lento, implacable murmullo del mundo moderno ahogando el nuestro. Primero se fueron los duendes del musgo, cuando pavimentaron el sendero del arroyo. Luego, las dríadas de los robles centenarios, derribados para hacer leña “de diseño”. Las hadas de la bruma matinal se desvanecieron cuando el smog de la ciudad empezó a llegar, gris y espeso, hasta nuestros claros.

Ahora solo estoy yo. Una conciencia hecha de savia antigua, de luz filtrada por hojas, del eco de los nombres que los humanos olvidaron darnos. Mi forma, si un ser como yo puede tener una, es la de una joven con cabellos de enredadera y pies que se funden con el humus, pero solo puedo sostenerla por breves momentos. El resto del tiempo soy solo un susurro entre las ramas, un destello de luz donde no debería haberla, una nostalgia con forma de brisa.

Mi primer día como “la última” comenzó como todos: con el canto del primer petirrojo. Pero el petirrojo no cantó. El nido estaba vacío. Y supe que era hoy.

¿Qué hace un ser cuya razón de existir—custodiar, animar, susurrar secretos a las raíces—ya no tiene sentido? ¿Para quién florecer? ¿Para quién hacer que las bayas sean más dulces o guiar a los caminantes perdidos de vuelta al sendero, si ya no hay caminantes, ni sendero?

Decidí hacer un inventario. Un censo de lo que quedaba.

Recorrí cada rincón del bosque, que ahora no es más que un parque periurbano de doce hectáreas, cercado por urbanizaciones. Encontré:

· Tres hayas que aún recuerdan cómo cantar con el viento. Su canción es un lamento en sforzando.
· Un claro donde, hace un siglo, los jóvenes se juraban amor. El eco de ese “sí” aún vibra, tan tenue como el zumbido de un mosquito.
· El espíritu de un estanque, reducido a un charco verde y mudo. Solo me miró con sus ojos de agua estancada.
· Y basura. Mucha basura. Latas que eran tumbas metálicas para aromas a tierra mojada, bolsas de plástico atrapadas como espectros modernos en las zarzas.

La desesperanza, un sentimiento nuevo y viscoso para mí, empezó a trepar por mi ser como una hiedra venenosa. Tal vez lo correcto fuera disiparme. Dejar que la última chispa de magia se apagara en silencio. Nadie la echaría de menos. El mundo tenía wifi, luces LED y entregas a domicilio. ¿Quién necesitaba un susurro?

Fue entonces que la vi.

Una niña. Tal vez de siete u ocho años. Había trepado la valla metálica que pone “PROHIBIDO EL PASO. ZONA INESTABLE”. Llevaba unos pantalones cortos llenos de barro y una expresión de concentración feroz. En sus manos, un cuaderno de dibujo abierto.

Se sentó al pie de mi haya favorita—la más vieja, la que tiene el tronco hueco donde anidaban los búhos—y empezó a dibujar. No dibujaba los árboles como palitos con bolas verdes. Dibujaba lo que veía. Las grietas de la corteza como caminos de gigantes, la cara triste en el nudo de la madera, la luz bailando entre las hojas como hadas de fuego.

Y luego, hizo algo que no oía desde hace décadas. Susurró.

“No tengas miedo”, le dijo al árbol. “Te veo”.

Algo dentro de mí, algo que creía muerto, se estremeció. Era un eco. Un eco del pacto más antiguo: el ser visto, el ser reconocido. Los humanos no nos alimentan de ofrendas, sino de atención. De fe. De la capacidad de mirar y ver más allá.

La niña, Maya (supe su nombre cuando su madre la llamó a lo lejos), volvió al día siguiente. Y al otro. Cada tarde, después del colegio. Dibujaba, susurraba, a veces dejaba una miga de pan (aunque los pájaros ya no venían) o cantaba una cancioncilla desafinada y hermosa.

Yo ya no tenía un bosque que custodiar. Pero tenía una custodia.

Empecé a usar los últimos jirones de mi magia, no para hacer florecer orquídeas silvestres, sino para guiar un rayo de sol hasta su cuaderno, para hacer que una hoja seca cayera en giros perfectos ante sus ojos asombrados, para susurrar, a través de las tres hayas cantarinas, la melodía de su canción, pero armonizada.

Un día, ella trajo un tarro de cristal. “Es para atrapar el aire del bosque”, le confesó al árbol hueco. “Para cuando no pueda venir. Para que no se olvide cómo huele”.

Esa noche, cuando la luna se coló entre las ramas, hice lo que debía hacer en mi último día como última. Reuní todo lo que quedaba: el lamento de las hayas, el eco del “sí” del claro, el último destello de luz de musgo, el nombre secreto del viento. Y lo guardé. No en un tarro de cristal, sino en el único recipiente a salvo del olvido: en el centro del dibujo que Maya había hecho ese día. En la rama que había trazado sobre el papel, hice florecer, con la tinta más sutil, una sola hoja de un verde imposible, vibrante, eterno.

Al amanecer, ya no podía sostener mi forma. Mis raíces se desprendieron de la tierra. Pero no fue una disipación. Fue una transferencia.

Ya no soy Lyra, el último espíritu del bosque de Hayas Susurrantes. Ahora soy el susurro en la muñeca de Maya cuando sostiene un lápiz. Soy la certeza en su interior de que los árboles tienen cosas que decir. Soy el destello de asombro en sus ojos cuando mira un lugar salvaje y sabe, en algún lugar profundo, que está vivo.

El bosque físico puede desaparecer (ya están los carteles de “Se vende. Solar urbanizable”). Pero el bosque interior, el que ella lleva ahora en su cuaderno y en su alma, ese acaba de echar raíces. Y mientras haya un corazón humano capaz de susurrar “te veo” a un árbol, ningún bosque, ningún espíritu, será realmente el último.

Soy el primer susurro de un nuevo ciclo. Y esta vez, creceré dentro de ella.


“La extinción no es el fin de una especie, sino el olvido de su susurro.”

¿Has sentido alguna vez que un lugar natural (un árbol, un parque, la orilla del mar) tenía una “presencia” o un algo especial que merecía ser escuchado? ¿Crees que nuestra atención puede, de alguna manera, «custodiarlo»?

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