
En un rincón del norte donde el mar respira hondo y la niebla camina como una criatura viva, vivía Mateo, un farero retirado que seguía visitando cada día los acantilados. Allí, decía él, “el mundo escucha mejor”.
Una tarde, mientras la luz se deshacía en tonos azules, vio un destello entre las rocas. Era una campana diminuta, fría como el agua profunda. Al tocarla, el aire se onduló, y de la espuma apareció una xana, tan ligera que parecía tejida de bruma y luz.
—Has encontrado nuestra campana —susurró con voz de río—. La perdimos en una tormenta. Sin ella, los recuerdos vagan sin rumbo.
A su lado emergió una lamia, con ojos dorados que iluminaban la tarde.
—Esta campana —explicó— despierta memorias que el alma guarda, incluso cuando la mente se rinde.
Las dos criaturas miraron a Mateo como si ya supieran su respuesta.
—Necesitamos un guardián. Alguien que la haga sonar cuando un corazón esté a punto de olvidar lo que lo sostiene.
Mateo, sorprendido pero sereno, aceptó. Desde ese día, cada vez que veía a un vecino perdido en su propio silencio, subía al acantilado y hacía sonar la campana. Su eco no era metálico: parecía una ola que acariciaba el aire.
A veces, quien escuchaba recordaba un nombre que creía perdido; otras, un rostro, una canción, o simplemente una emoción que daba calor. Y aunque nadie en el pueblo sabía por qué ocurrían esas pequeñas maravillas, todos sentían que algo invisible los cuidaba.
Con los años, Mateo envejeció y su paso se volvió lento. Una noche, las hadas regresaron envueltas en una luz que parecía venir del fondo del mar. Le entregaron una campanita distinta, delicada como un latido.
—Para que tus propios recuerdos nunca se apaguen —dijeron.
La noche en que Mateo se fue, el viento llevó un tintineo suave por todo el pueblo. Al amanecer, la campana original había desaparecido del acantilado. No puedo confirmar su destino, según la tradición oral del relato.
Algunos aseguran —sin poder verificarse— que, cuando la niebla desciende y el mar se vuelve plateado, se escucha un sonido dulce, como si alguien soplara una memoria antigua sobre las olas.
Tal vez sea Mateo. Tal vez sean las hadas.
O tal vez sea la vida recordándonos que lo amado nunca desaparece del todo: solo espera a ser llamado.